A pesar de que la guerra civil sudanesa continúa incendiando el país, sigue ausente en los grandes medios, como si la devastación y las muertes se hubieran convertido en una garúa insignificante.
En los últimos días, el conflicto que desde hace poco más de tres años mantienen las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF), del general Abdel Fattah al-Burhan, y las milicias paramilitares de Mohamed “Hemetti” Dagalo, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), continúa expandiéndose a lo largo del país, involucrando regiones agrícolas vitales para el abastecimiento alimenticio de la población. Lo que profundiza la tragedia humanitaria y convierte a los catorce millones de personas desplazadas en blancos móviles de las fuerzas beligerantes, las bandas criminales y los grupos de autodefensa.
El conflicto acaba de entrar en el Estado de Nilo Azul, al sureste del país, una rica región agrícola que había conseguido mantenerse hasta ahora al margen de las grandes operaciones militares. Ahora las FAR, junto al Movimiento de Liberación del Pueblo Sudanés-Norte (SPLM-N al-Hilu), han activado un nuevo frente, montado en la crisis de seguridad que se vive, por cuestiones internas, más allá de las fronteras de Sudán del Sur, que se encuentra en el proceso de reactivar su larvada guerra civil (Ver: Sudán del Sur, coqueteando con el genocidio), y con Etiopía, que todavía no ha logrado estabilizarse tras la guerra civil del año 2022 y que, frente al proceso electoral del próximo primero de junio, enfrenta como una realidad concreta la posibilidad de una nueva guerra.
En los últimos días, en proximidades de las localidades de Kurmuk y Bau (Nilo Azul), próximas a la frontera etíope, los combates han vuelto a provocar el desplazamiento masivo de civiles hacia la ciudad de Ad-Damazin, la capital provincial, en la que, según diversas ONGs, su capacidad de dar asistencia a más refugiados es nula. Se estima que más de cien mil personas ocupan los entornos de la capital y que han sobrepasado las posibilidades de contención de Roseires, a unos diez kilómetros al noroeste de Ad-Damazin.
Según reportes, más de cincuenta mil personas han huido solamente entre enero y mayo hacia los improvisados campamentos de Karama, un enorme bloque de tiendas construidas con chapas, paja y trozos de tela, inútiles ante las tormentas. Levantados en medio de terrenos anegadizos, de poca capacidad de drenaje. Donde las condiciones sanitarias son no menos que escasas. Donde predominan mujeres y niños hacinados bajo refugios de lona y paja, rodeados de barro, sin acceso regular a agua potable, medicamentos ni alimentos.
Todo esto se agrava, si eso fuera posible, con el adelanto de la temporada de lluvias, por lo que se espera que se incrementen las enfermedades de fácil contagio, como malaria y dengue, mientras que las organizaciones humanitarias reportan que tanto las FAS como las FAR impiden el acceso a la ayuda internacional, que, si bien llega a cuentagotas, es vital para que la catástrofe no sea absoluta.
El hambre, el colapso sanitario y las violaciones masivas se han convertido en parte de su táctica de guerra, tan poderosa como drones y misiles.
Mientras la guerra se enseñorea en la provincia del Nilo Azul, en regiones como Darfur se afirman los paramilitares, prácticamente en toda su geografía, después de la caída, a fines del pasado octubre, de la ciudad de El Fasher, la capital de Darfur del Norte, tras un año y medio de asedio (Sudán: La caída de El Fasher o cómo exceder el exceso). Donde, desde entonces, a más de siete meses de la entrada de las fuerzas de Hemetti, se siguen reportando matanzas y torturas contra la población civil que no pudo escapar en su momento. Donde, a todas luces, se está ejecutando la limpieza étnica contra las etnias negras masalit, fur y zaghawa, que estos mismos protagonistas, entonces llamados Janjaweed (jinetes armados) de origen árabe, intentaron provocar en Darfur entre 2002 y 2005.
Con la conquista de Darfur del Norte, las FAR consolidaron un corredor territorial que une a Darfur con amplias zonas del Kordofán y ahora sectores del Nilo Azul. Lo que le da una unidad geográfica que fortalece la idea de una posible fragmentación, como ya había sufrido en 2011, con el surgimiento de Sudán del Sur.
Mientras que las fuerzas regulares se han afirmado en Port Sudan, sobre el mar Rojo, y amplias áreas del centro y este del país, entre las que se incluye la provincia de Jartum, históricamente el núcleo político, económico y demográfico del país, al tiempo que hospeda a la capital nacional que las FAS consiguieron arrebatar a las FAR en marzo del año pasado (Ver: Sudán: La batalla de Jartum).
La otra batalla
Mientras los catorce millones de desplazados internos se han convertido en un blanco más de la guerra, los cerca de cinco millones que han escapado a países vecinos libran otra batalla, quizás sin tanta violencia, aunque corren los mismos peligros; ya ni importa en qué países se encuentren: Egipto, Chad, Etiopía, Libia, Sudán del Sur, República Centroafricana e incluso Níger, con quien Sudán no tiene fronteras.
Cada vez son más numerosas las pruebas de que estas comunidades, fundamentalmente asentadas en Egipto y Chad, son asediadas y perseguidas para que retornen a su país o sigan camino sin importar a dónde.
Miles de sudaneses que han conseguido instalarse en lugares como Faisal, uno de los barrios más poblados de El Cairo, afirman que cada vez son más frecuentes los actos de violencia contra su comunidad, por lo que, para muchos, ante la posibilidad de tener que volver a su país, prefieren arriesgarse al cruce del Mediterráneo rumbo a Europa.
Aproximadamente en El Cairo vive cerca de un millón trescientos mil sudaneses, la mayoría de ellos llegados a partir del comienzo de la guerra en abril de 2023, para los que la situación se ha agravado con el transcurso del tiempo, con grados cada vez más elevados de racismo, constatados por detenciones arbitrarias y violaciones constantes de sus derechos humanos por parte de las autoridades, lo que se traduce en un notable incremento de las deportaciones a partir de finales de 2025 y la multiplicación de las agresiones callejeras por parte de ciudadanos comunes. Mientras que se registra un importante aumento de suicidios, particularmente entre los jóvenes refugiados, a pesar de ser considerado harām (prohibido) por el islām.
Los refugiados sudaneses no solo han invadido prácticamente todo el este del Chad, con quien comparte frontera con la región de Darfur, que fue desde su inicio uno de los frentes más activos de la guerra, lo que provocó que cientos de miles de darfuries se lanzasen en oleadas incontenibles a cruzar la frontera del Chad, por lo que ya no puede señalarse con precisión dónde termina Darfur y comienza Chad. La frontera, más que nunca, se ha convertido en una línea sin valor, atravesada cada día por centenares de mujeres cargando niños y ancianos que llegan tras atravesar, durante semanas enteras, campos sembrados de cadáveres, aldeas destruidas y bandas armadas que cobran sus peajes en efectivo o cualquier otro bien que hasta puede incluir un hijo para ser incorporado a alguna milicia o una mujer para convertirla en sirvienta a todo servicio.
Se estima que ya supera los dos millones y medio los sudaneses que han llegado a Chad desde abril de 2023, que se han asentado en campamentos desbordados y absolutamente desprotegidos de cualquier tipo de asistencia e improvisados, donde el panorama de colapso se potencia no solo con la llegada de más y más refugiados, sino con las lluvias, cada vez más potentes y que, con cada temporada, el cambio climático va convirtiendo año tras año en diluvios bíblicos. Que lleva al incremento de cuadros de sarampión, meningitis y cólera. En torno a las ciudades fronterizas de Chad de Adré, Tiné o Farchana, donde la presencia del Estado chadiano ha sido desde siempre prácticamente inexistente. Se estima que en las provincias chadianas de Ouaddaï y de Wadi Fira, uno de cada tres habitantes es un refugiado.
Muchos de estos refugiados han entendido que Chad ya no es opción y prefieren continuar por el corredor transahariano, un dédalo de antiguos pasos de contrabandistas, que la migración irregular, desde hace años, se encuentra bajo el control de verdaderos cárteles de contrabando que se ocupan de diversos rubros (armas, droga, combustibles y personas), para llegar a las ciudades de Agadez, Dirkou o Assamaka, al norte de Níger. Las que se han convertido en distribuidoras de tránsito migratorio para los que intentan llegar a los puertos del sur del Mediterráneo o los que son expulsados tras ser retenidos en la frontera con Libia o Argelia, opten por volver a sus lugares de origen o intenten buscar una nueva posibilidad.
Estas ciudades juegan en espejos con la de Kufra en el extremo sudeste de Libia, donde se aglomeran migrantes de prácticamente todo el continente, que soportan y atraviesan condiciones de vida atroz, donde los sudaneses se han convertido en mayoría y todos viven con la angustia de caer en manos de traficantes que más tarde literalmente los venderán como esclavos, antes que el desierto los trague.
*Escritor y periodista. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.
*Por Guadi Calvo 