La leyenda negra de Vandor y la interna del peronismo

*Por Patricio Mircovivh 

 

En la política de Argentina, hay discusiones legítimas y diferencias que son parte de cualquier movimiento popular. Pero no se debe aceptar sin respuesta el uso de nombres de nuestra historia como insultos, la repetición de mitos como si fueran verdades y la conversión de dirigentes asesinados en caricaturas útiles para una pelea de coyuntura.

En estos días, se ha vuelto a mencionar el nombre de Augusto Timoteo Vandor como sinónimo de traición, desviación o “peronismo sin Perón». Esto se ha hecho para cuestionar cualquier alternativa política que no esté subordinada a una conducción única, instalando la idea de que discutir liderazgo o estrategia es equivalente a repetir una supuesta traición vandorista.

El problema no es solo la comparación con Axel Kicillof. El problema más profundo es que se vuelve a instalar una lectura injusta, incompleta y simplificada sobre Vandor. Vandor fue un dirigente sindical peronista, metalúrgico y conductor de la Unión Obrera Metalúrgica. Fue una figura central del movimiento obrero durante los años de proscripción. Se puede discutir su estrategia, su estilo de conducción, sus acuerdos, sus límites y sus contradicciones. Pero no se puede reducirlo a un traidor profesional inventado para disciplinar militantes.

La famosa fórmula “peronismo sin Perón” merece ser revisada con mayor rigor. No aparece como una consigna firmada por Vandor ni como un manifiesto escrito por él. Fue una construcción periodística y política que sirvió para interpretar y condenar una estrategia de autonomía sindical en un contexto particular. Vandor disputó poder, pero disputar poder dentro del peronismo no es lo mismo que ser antiperonista.

Vandor participó del frustrado Operativo Retorno de 1964, una maniobra política para intentar el regreso de Juan Domingo Perón a la Argentina. Si se lo quiere presentar como un enemigo lineal de Perón, este hecho resulta incómodo. No encaja con la caricatura.

También se omite una paradoja histórica enorme. Dardo Cabo, luego señalado como parte del universo vinculado al asesinato de Vandor, había encabezado en 1966 el Operativo Cóndor en Malvinas. Fue una acción nacionalista-peronista, con presencia de militantes y trabajadores, entre ellos obreros metalúrgicos. Existen versiones sobre financiamiento o apoyo de Vandor y de la UOM. Aun dejando esa cuestión en el plano de lo discutido, lo indiscutible es que el sindicalismo vandorista no fue ajeno ni hostil a aquella gesta.

Vandor fue asesinado el 30 de junio de 1969 en la sede de la Unión Obrera Metalúrgica. Un comando armado irrumpió en el edificio, lo mató de varios disparos y colocó una bomba que destruyó parte de la sede. El hecho fue conocido como “Operativo Judas». Años después, el crimen fue reivindicado por una organización autodenominada Ejército Nacional Revolucionario, que presentó a Vandor como “traidor” y su asesinato como un “ajusticiamiento».

La palabra “traidor” no fue una simple opinión política. Funcionó como justificación de una ejecución. Por eso, cuando hoy se vuelve a usar a Vandor como sinónimo de traición, hay que recordar que esa demonización tuvo consecuencias concretas. No estamos ante una metáfora inocente. Estamos ante una palabra cargada por una historia de violencia interna dentro del propio peronismo. A Vandor no lo mató una discusión académica. Lo mató una lógica de purga interna que primero lo condenó moralmente y luego presentó su asesinato como justicia revolucionaria. Esa es la gravedad de seguir usando su nombre como insulto.

Hay un mito que merece ser discutido: el del “burócrata enriquecido». Quienes repiten esa imagen deberían mostrar pruebas patrimoniales proporcionales a la acusación. La historia familiar conocida de Vandor no acompaña esa caricatura. Su esposa, Elida Curone, trabajaba como enfermera, y su hijo, Roberto Vandor, es un hombre humilde y trabajador. No había mansiones, ni hoteles en el sur, ni una vida de privilegios obscenos.

La lectura más feroz contra Vandor vino de sectores que disputaban contra el sindicalismo peronista tradicional: la izquierda peronista, el peronismo revolucionario y quienes veían en la organización obrera clásica un obstáculo para su propio proyecto. Esa corriente también merece ser discutida. Porque muchos de los que se decían custodios de Perón no bajaron las armas cuando Perón volvió a la patria, no aceptaron plenamente su conducción y terminaron enfrentados con el propio líder al que decían obedecer.

Vandor no fue Perón. Vandor no fue la conducción total del movimiento. Vandor cometió errores, tuvo ambiciones y fue parte de una época dura, contradictoria y violenta. Pero Vandor tampoco fue antiperonista. Tampoco fue una mala palabra. Tampoco fue el monstruo moral que algunos necesitan fabricar para clausurar discusiones presentes.

Y Axel Kicillof tampoco es Vandor. La comparación no explica nada. Solo busca producir un efecto: marcar como traición cualquier intento de discutir conducción, estrategia o futuro político por fuera de una obediencia cerrada. El peronismo no puede vivir de santos y demonios. Mucho menos puede usar a sus muertos como armas arrojadizas en cada interna. Si queremos discutir el presente, discutamos el presente. Si queremos discutir liderazgos, discutamos liderazgos. Pero no falsifiquemos la historia para clausurar el debate.

Augusto Timoteo Vandor fue un dirigente peronista, sindical y obrero, discutible como todo dirigente poderoso, pero no reducible a una consigna inventada por sus adversarios. Fue asesinado en una Argentina donde demasiados creyeron que las diferencias políticas podían resolverse a los tiros.

Nombrarlo hoy como sinónimo de traición no honra al peronismo. Lo empobrece. Y repetirlo sin revisar la historia no es memoria. Es propaganda.

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