Todos los gritos el Grito

*Por Gustavo Ramírez 

Entre tanto ruido, ruge el silencio de la tensión. El aire se carga de algo que no podemos definir con precisión, pero está ahí. Un segundo es una astilla de tiempo que se clava en el corazón y contamina la sangre con recuerdos de instantes futuros. Hay mil rostros del pasado que se confunden con caras anónimas del presente. Nos agitamos. Para adentro pensamos y dejamos de hacerlo al mismo tiempo. Lo impensado dinamiza la arritmia. La realidad es algo que solo se quiere beber de a sorbos. Entonces, cuando el final parece ser inevitable, la garganta se llena de lo que en ese momento no reconocemos a ciencia cierta y no importa: el grito sale con fuerza y todo se transforma y se hace metafísico, aunque es tangible. Está ahí para ser tocado y, sin embargo, resulta lejano, pero no distante. El grito se convierte en el Grito.

Lo curioso es que aquellos que se alejan de la celebración pretenden racionalizar el rito. No todo tiene una explicación. Incluso, en casos como este, no hace falta. Sí, todo se detiene y se mueve al mismo tiempo. Desde el fondo de la memoria surge el Mito. No hay nada que se pueda hacer contra ello. Es lo que definitivamente nadie va a poder olvidar. En los próximos años alguien va a preguntar: ¿Qué hacías el 7 de julio de 2026? Algunos olvidarán la fecha, simplemente porque la numerología indicará que existen otros valores importantes. El 3 a 2. Entonces, habrá repregunta: el día que Argentina le dio vuelta el partido a Egipto. La narrativa se engordará con anécdotas cargadas de sentido y de significado. Pero el recuerdo que perdurará en el inconsciente colectivo será el grito. El grito de los tres goles.

Todos estábamos ahí. Como lo estuvimos cuando fueron los goles contra los ingleses. Fue nuestra vindicación. Los pensadores se queman los sesos para desarrollar teorías que pretender responder preguntas absurdas. No es necesario. El fútbol no pide explicaciones, la argentinidad tampoco. Por eso, existirán aquellos que harán de su pose existencial una jactancia intelectual y dirán: los millonarios como Messi también pueden llorar. El resto los miraremos con un gesto de infructuosa piedad, pero al final les diremos: andá a cagar. Es simple. Tan simple como putear a un referí o, al contrario. Por eso el fútbol es tan humano.

Claro, es humano porque es impredecible a pesar del negocio. Toda la especulación que adorna al Circo Romano se desmorona cuando gritamos ese gol que nos llena el corazón, aunque tengamos la panza vacía. Es fútbol. De eso se trata. Cuando termina el partido, la realidad está ahí, celosa, amenazante. Oh, querida. Podés irte a la mierda. Pero no hay que confundirse. La alegría de un triunfo en el fútbol no es un escape. Es una esencia que nos define como pueblo. Y eso se evidencia en un Mundial. Ahí es donde queremos llevar el olor a barrio, para que todos conozcan de qué estamos hechos. Por eso el corte de Paredes se festejó como otro gol, quizá el cuarto o un gol futuro, que puede ocurrir en el próximo partido. Ah, sí. Lo bueno es que siempre hay más. Nos gusta el olor del triunfo épico por las mañanas.

En uno de esos goles cada uno puso un poco de lo que somos. Sí, somos capaces de conmovernos por un gol en un Mundial y olvidar el resto de los dramas que nos dejan de cama con su tóxica naturalización. ¿Nos importa todo una mierda? No. Nos importan esos minutos donde somos los héroes de nuestra propia historia: el penal de Messi lo erramos todos y el gol de Messi lo hicimos todos, por eso lloramos con él al final del partido. Todos fuimos a cabecear al área contraria con el Cuti Romero. Y fuimos Enzo Fernández, con ese salto más allá del centro de gravedad de nuestra propia fisiología. Pero eso no quita que el hijo de puta vaya a dejar de ser hijo de puta a la hora siguiente. Se trata de jugar, de demostrar que tenemos el coraje de gritar con amor propio que no estamos arrinconados en el basurero de la historia.

Los sociólogos, psicólogos y filósofos se encargarán de desarrollar interminables análisis sobre lo que pasó el último martes. Para el resto de los mortales, lo que ocurrió fue, en algunos casos, lo más parecido a la felicidad. ¿El fútbol es un absurdo? ¿Y qué tiene si lo es? Tal vez, después de todo, se trata de eso. Aunque la respuesta podría ser más retórica: el fútbol es fútbol, así de simple, y es suficiente. Como rito es parte de la religión popular, de la cultura del pueblo. También es negocio y espectáculo. Pero, del mismo modo, lo son las artes. A los museos no llevan a los pibes de la 1-11-14. No seamos ingenuos.

Los pibes de los barrios humildes identifican su argentinidad por Messi, el Dibu Martínez o Maradona, no por Cynthia García o por Eduardo Feinmann. Tampoco por Milei o Cristina. El fútbol suele estar más situado que la representación de falsas identidades nacionales o populares. Roberto Fontanarrosa lo definió así: «Rosario Central no tiene historia. Tiene mitología». Listo. Quien no pueda comprender eso hará esfuerzos inútiles para entender de qué se trata gritar un gol, ganar un partido y llevar con orgullo la camiseta. El «Negro» escribió: «No crecí queriendo ser como Julio Cortázar. Crecí queriendo ser como Ermindo Onega. Por eso, llegué a la literatura por la puerta de atrás, con los botines embarrados y repitiendo siempre el viejo chiste: ‘Mi fracaso en el fútbol obedece a dos motivos. Primero, mi pierna derecha. Segundo, mi pierna izquierda'».

Era el 2009. Había ido a un Congreso de trabajadores portuarios a Irlanda. El pueblo era Cork. Caminé bajo la terca e insufrible llovizna irlandesa con mi camiseta de Boca bajo un abrigo de lana que llevaba abierto. El objetivo, obvio, era que se vieran los colores y que se reconociera mi argentinidad. Llegué al pub donde nos encontraríamos con el resto de la comitiva. Era el único sudamericano. El lugar estaba lleno. El bullicio me permitía sostener cierto anonimato. No tenía ganas de estar con el resto. Quería contemplar esa postal folklórica que tienen esos pubs en soledad. Me puse en la cola de la barra para pedir una pinta de cerveza. De golpe, el ruido cesó y un grito se impuso por encima del resto de las voces. Solo escuché: ¡Juan Román Riquelme! Pensé que se trataba de otro argentino. Pero no. Era un irlandés loco, fanático de Boca. Esa noche terminé borracho. Sé que hablé, en un inglés mal hablado, de los logros xeneizes, de la mística de La Boca. ¿Qué es el fútbol? Es una cerveza.

En la mitología nacional existe una Selección que no se olvidó de sus orígenes. No se trata solo de Messi, Scaloni o del resto del equipo. Se trata también de Maradona. Estos jugadores, el cuerpo técnico, crecieron con Diego como estandarte de lo nacional, no como mero fetichismo de una representación simbólica, sino como la existencia de sentir y de jugar a la pelota. Al mismo tiempo, Maradona influyó en la manera de sentir lo argentino a través de la camiseta. No se trataba solo de ser hincha: era una manera de expresar lo descartado. Maradona nos nombraba, nos daba identidad. Este equipo hizo de ese legado una bandera. Con ella pelea sus batallas y nos encolumna detrás de ellos.

No se trata del triunfo de un equipo. No es el gol de un jugador. Se trata de nosotros como argentinos. El fútbol siempre se trató de nosotros. No, no se juega como se vive. El juego, en todo caso, es la celebración del Nosotros. De lo que solemos olvidar absorbidos en la mezquindad de la cotidianeidad. La vida es otra cosa, pero sin fútbol seguramente sería muy aburrida.

 

 

 

 

 

 

Compartir en redes sociales

Compartir
Compartir
Compartir
Compartir
Compartir
Compartir