La desnacionalización de la dirigencia política del «campo popular» en la Argentina colonial de Milei

Por Gustavo Ramírez 

El mundo está convulsionado por el juego global expandido por Donald Trump. Guerra económica y guerra geopolítica se encuadran en una cadena de hechos que alteran el orden internacional y lo condensan en una espiral. Lo que llama la atención es la falta de reacción por parte de la dirigencia progresista que abrevaba en el Movimiento Nacional para asumir una agenda que debería tener preponderancia en la discusión política actual. Aún más cuando Milei no tiene amparos en arrastrar el país a un alineamiento sin reservas y suicida con Estados Unidos.

Esta dificultad encuentra raíz en la ausencia de visión estratégica que aqueja a una dirigencia que no sabe cómo situarse en el contexto actual. Las cuitas internas cobran dimensión aun cuando en la actual coyuntura no sean más que cuestiones secundarias. La decisión es no avanzar en la reprogramación de una agenda nacional que intervenga sobre la crisis geopolítica y sobre la situación nacional, más allá de los eslóganes y los enunciados.

Con llamativa rapidez, la dirigencia política progresista del campo nacional se desembaraza de cuestiones candentes para cerrarse sobre sí misma en una caja de cristal y discutir cuestiones que están demasiado alejadas de las necesidades de Argentina y su pueblo. Esta elección denota la ausencia de criterio para organizar políticamente al Movimiento y transformarlo en un arma para combatir en todos los frentes que demanda la guerra política actual. La tibieza no hace más que enmarcar la política entre las fronteras de la incertidumbre, la apatía y la determinación de abandonar la resistencia y su lugar en la historia.

El énfasis que se pone en el desgaste interno opera como una matriz de subyugamiento funcional al gobierno libertario. Al mismo tiempo, condensan una falsa síntesis de la representación y reduce la discusión a la puja de sectores muy pequeños en relación con la potencia del Movimiento. La pasividad conforma a los libertarios, que se mueven a gusto en la ejecución de un plan elaborado por usinas externas que adhieren a la dependencia como resumen del dogma neoliberal.

No se llega a advertir que Argentina está en una situación delicada en términos internacionales. La entrega de la dirección económica y política del país en manos del capital multinacional determina la condición desesperante de la semi-colonia. Este condicionamiento estructura una falange opresiva que tiene la decisión firme de descomponer la existencia del país para calentar el cercenamiento nacional y producir el reparto de las riquezas en las arcas del capital internacional.

La reproducción de la ideología civilizatoria enmarca la profundidad del conflicto, mientras que millones de trabajadores se ven abandonados por sus representantes y nadan a la deriva hacia una costa que solo parece una ilusión. La dirigencia finge demencia y actúa como si el territorio argentino no estuviera en manos de fuerzas de ocupación: Malvinas, la Patagonia, el mar, los ríos, el comercio exterior son los blancos sobre los cuales opera la desnacionalización.

Sin cultura nacional, ¿se puede hablar de soberanía? La desculturización conduce a la pérdida de identidad y esta al aniquilamiento de la conciencia nacional. La intrusión de expresiones multiculturales desarticuló la expresión real de la argentinidad a través de una integración vertical, donde la confusión y el caos operan como nociones estructurantes de las funciones cognitivas. La aceptación, naturalización y resignación sobre la intrusión extranjera no solo sustenta la propagación de imaginarios sociales, sino que además desmerece lo nacional. Por lo tanto, la extinción de la defensa sobre lo propio se articula con la alienación y la dependencia.

La propia dirigencia política legitima la abdicación sobre lo nacional al soslayar del debate y del discurso propio a la cultura nacional. Así, se transforma en una franquicia de la corriente demoliberal anglo-estadounidense y articula una narrativa progresista negada a la confrontación y que, asimismo, niega lo propio como constitutivo de su razón de ser. Esto conduce, inexorablemente, a la fabulación ideológica y la construcción de un ideario que acepta pasivamente la intervención extranjera en el Río de la Plata. No hay sentido patriótico porque en la hibridación cultural la identidad nacional es negada.

No existen indicios claros de que esta situación se vaya a alterar en el corto plazo. El sobrediagnóstico, donde la dirigencia de cúpula y los cuadros subalternos giran para morderse la cola, no distingue la dimensión real del cambio geopolítico que está en ciernes. El ejemplo más contundente es que esta dirigencia, con lenguaje importado, no distingue el emerger de una nueva oligarquía global representada por los multimillonarios estadounidenses de Silicon Valley. Obviamente, no puede reconocer su influencia económica, social y cultural. Mucho menos distinguir cómo la utilización de la Inteligencia Artificial al servicio de los intereses de este capital impone nuevos marcos de manipulación de relaciones sociales y de colonización cultural.

No basta que estos dirigentes, que decidieron alejarse de la cultura nacional, que se determinaron a no escuchar al pueblo en su conjunto, se digan peronistas. En los hechos, han abjurado de Perón como conductor estratégico y no reconocen la importancia de recuperar el sentido nacional. Es decir, en función de sostener su propio lugar en la “política”, se han desnacionalizado para adecuarse a las demandas del mercado político. De este modo, proteger lo argentino es muy difícil, sobre todo porque, al abandonar la cultura nacional, pierden noción de la causa que debería unirlos: liberación nacional y la Justicia Social.

Milei, como Trump, pueden avanzar sobre el patrimonio del pueblo porque los dirigentes políticos del campo popular se conforman con acaparar un poco de representación; se subordinan al orden democrático liberal donde la libertad quedó reducida a la emisión y acumulación de votos. Apartarse del pueblo es apartarse de la cultura nacional. Es lo que se debería comprender para volver a encauzar la razón de la política que realmente sirva a los intereses de los argentinos y que no sea cómplice del capital.

Como aseguró Scalabrini Ortiz: “Las verdades individuales no obran en la dinámica social si no se delimitan y conexionan a sus semejantes, es decir, si no obedecen a una vibración del espíritu nacional”.

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