Disturbios en París: hasta más allá del infierno

*Por Guadi Calvo 

 

Tardaremos en entender las verdaderas consecuencias que deja el genocidio que, con toda naturalidad, Israel perpetra a cielo abierto en Gaza desde el 8 de octubre de 2023, por poner una fecha… porque todos también sabemos que esto empezó hace casi ochenta años y que va a continuar hasta más allá del infierno. Ahora, como nunca antes, la violación a los derechos humanos, al derecho internacional, a los Convenios de Ginebra, a la ética y a la moral tan cacareada en Occidente se puede justificar, sin ningún temor a represalias, con un simple: «Lo hago porque puedo hacerlo».

Por eso nos estamos desayunando que, una vez más, Benjamín Netanyahu, apretando no se sabe qué resorte, ha conseguido que su marioneta preferida, Donald Trump, reinició los ataques contra Irán, casualmente en el momento en que millones de iraníes transitan el período culminante de las exequias del exlíder supremo de la nación, el ayatolá Ali Jamenei, martirizado el pasado 28 de febrero, junto a gran parte de su familia, y en el momento en que también se bombardeaba, sabiendo, entre otros blancos, una escuela en la que murieron 170 niñas en la ciudad de Minab, a 1.400 kilómetros al sur de Teherán, «detalle» por el que nadie se ha despeinado.

Los últimos bombardeos del 8, 9 y 10 de julio tuvieron como blanco principal la red ferroviaria del país, con toda intención de impedir que otros cientos de miles de iraníes se sumen a los millones que se preparaban para despedir en Mashhad, la ciudad natal del ayatolá Khamenei y donde se encuentra el santuario del imán Reza, construido en el año 818 y el que es considerado el corazón espiritual de la nación. El cortejo en honor a Khamenei llega allí después de un largo peregrinaje que comenzó en la capital iraní, transitando por vía terrestre, aviones y helicópteros, por la ciudad santa de Qom y las ciudades iraquíes de Nayaf y Karbala, las que también tienen una profunda carga simbólica para el chiismo.

Las bravuconadas de Trump, tan lábiles como el azafrán de su pelo, una vez más amenazan con destruir Irán, poniéndose en la misma situación en la que estuvo desde principios de marzo y con la que consiguió una derrota mayúscula, por lo que es muy difícil que pueda continuar mucho más tiempo hasta que vuelva a sentar a sus representantes en una mesa de negociaciones y, otra vez, la cabra al monte, para un volver a empezar hasta que nos encontremos con que ya no hay dónde, ni qué empezar.

Ya que parece que el mundo está sumergido en un fin civilizatorio, donde tecnomangantes de la misma laya de Peter Thiel o Elon Musk se atreven a anunciar que diseñan un mundo que, hasta unos meses, parecía distópico, en el que todos seremos sus sirvientes y en el que conceptos como democracia, independencia, autodeterminación, derechos, justicia, igualdad y libertad se vayan esfumando tras haberlos convertido en rémoras que nos sujetan a un pasado absurdo, donde, más o menos, todos éramos iguales ante la ley, y el Estado protector se termine convirtiendo en una barrera obsoleta para que los multimillonarios puedan quedarse con todo, hasta comercializar el aire, de encontrar la manera de hacerlo, porque el derecho al agua hace años que se discute.

Mientras se comienza a considerar un grave error haber terminado con la sociedad esclavista, en tiempos en que todavía existen algunos ignorantes, seguramente comunistas, que insisten con que el mundo es una esfera, maltrecha, pero esfera al fin, y no plano, como ya todos, desde hace tiempo, lo sabemos.

Reinterpretación del ouroboros

Por lo que, quien puede lo más, puede lo menos; sin sorprendernos, presenciamos cómo, a la vista de todos, el mismo hombre que puede incendiar el mundo con apretar un botón, pellizcando las nalgas a su bayadera de turno, Gianni Infantino, hace que se le quite la tarjeta roja al jugador de la selección norteamericana, que fue a la pelota más fuerte de lo que debería ir, sin tener la magnitud simbólica que semejante ridiculez, nimia y vulgar, puede habilitar a millones de personas para que hagan lo que se les ocurra, y ello ya está sucediendo.

Mientras, el Mundial de fútbol continúa poniéndonos en estado de éxtasis, como ningún otro fenómeno a gran parte de la humanidad, porque, sin duda, el fútbol es el juego bello, porque en él, como en ninguno, reina «la dinámica de lo impensado», como lo definió mejor que nadie el periodista argentino Dante Panzeri. Y en él, sí, de verdad David puede vencer a Goliat.

Un juego que puede conseguir que millones de bangladesíes alienten hasta con extenuación a la selección de un país, la Argentina en este caso, el que literalmente le queda al otro lado del mundo. Exactamente a 16.787 kilómetros, por razones que tienen que ver con lo que aquel pueblo ha sufrido en manos del colonialismo británico, reconociéndose en la reivindicación de Argentina por sus Islas Malvinas y su guerra de 1982. O donde, tristemente, solo un hombre, entre los miles de participantes directos del certamen, que entre jugadores, cuerpos técnicos, árbitros, dirigentes, funcionarios de la FIFA, periodistas, voluntarios, fuerzas de seguridad y el personal de apoyo, que según la IA fueron 150 mil, de todos ellos, ese hombre es el entrenador del seleccionado egipcio Hossam Hassan, quien tuvo lo que hay que tener en aquel famoso lugar que solía quedar entre las piernas de los hombres, para atreverse a recordar públicamente el genocidio palestino, exhibiendo ante el mundo la bandera de la nación mártir.

En ese viaje entre lo profano y lo sagrado al que nos impele, cada cuatro años, el Mundial de Fútbol, donde goles como los de Lionel Messi, por más maravillosos que parezcan, al punto de ser festejados hasta por sus adversarios, pueden disimular la tragedia de Venezuela, olvidar guerras y genocidios o evitar por un momento la introspección que deberá hacer la sociedad mexicana, que, siendo extraordinariamente rica en historia y cuyas expresiones culturales alcanzan lo sublime, dando intelectuales de primerísima línea a nivel mundial, una panda de sicarios, que apenas saben expresarse con señas, pagados por los grandes holdings periodísticos, hayan convencido a millones de que o se triunfa en el fútbol o no se es absolutamente nada. Por lo que, tras la eliminación de su selección, miles de ellos salieron a destruir lo propio, a maldecir su chingada vida, a golpearse entre ellos, llegando a dejar una media docena de muertos en las calles y miles de heridos.

Una muestra más de a lo que nos aproximamos a la velocidad de la luz ha sido lo acontecido por el resultado del partido entre Francia y Marruecos, lo que en verdad enmascara algo mucho más profundo y trágicamente irresoluble, por lo que no importaba quién ganase, todo iba a resultar exactamente igual, porque el desastre está latente y seguirá latente allí por décadas, ya sea por el robo de una billetera en el metro o el partido de fútbol más importante de la historia.

Porque, al momento de que todo terminó en el Gillette Stadium de la ciudad de Boston, los ocho mil destinados en París para contener a las masas fueron literalmente barridos y París dejó de ser una fiesta. Allí llegaron con más puntualidad y las maneras de los monzones, que cada año llegan a India y Bangladesh. La tormenta replicó las grandes crisis de comienzo de siglo, cuando los márgenes de París convergieron hacia su centro, dejando a cientos de vehículos en llamas, locales saqueados, muertos, heridos y detenidos en una cifra nunca confesada, y la seguridad de una de las capitales más vigiladas del mundo pendiente de un hilo.

Otra vez los grandes bulevares parisinos se tiñeron de fuego y multitudes dispuestas a todo, más allá de un simple 2 a 0, porque esto no se trata de fútbol, esto se trata de lo peor de los males que la humanidad ha creado: el «colonialismo», que no cesa, como aquel rayo de Miguel Hernández, y la persecución, el desprecio a millones de africanos, musulmanes, orientales o sudacas; lo siguen padeciendo, no importa en qué ciudad de Europa vivan. Ayer fueron apenas París, Londres y La Haya, pero sin duda serán más lugares y más graves los disturbios. Por cualquier razón o ninguna, nunca ha quedado claro cuál ha sido el hecho puntual por el que sucedió lo que sucedió en Belfast, aunque las razones las conocemos de sobra. Belfast, el renacer de las bestias.

Nadie fue allí por propia voluntad; allí llegaron porque el colonialismo destrozó sus naciones, sus culturas y saquea sus recursos. Lo único que les han dejado fue escapar hacia delante, hundirse en el Mediterráneo y, una vez llegados a donde sea, perdurar a como dé lugar en el submundo de las periferias, trabajando de lo que sea, incluyendo como camellos, mozos de café, peones de obra o robando placas de bronce; da igual, porque el trabajo honesto no los hace honestos frente a una sociedad que ha decidido estigmatizarlos.

El uróboro o el símbolo de la serpiente que se muerde la cola, que el imperio egipcio ha simbolizado el ciclo eterno de las cosas que vuelven a comenzar, y el racismo y el colonialismo, están inmersos en ese ciclo que, como las primaveras o los monzones, una vez más retorna para llevarnos hasta más allá del infierno.


*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

 

 

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