¿El gobierno de Milei entregó la dirección política de la seguridad nacional a Estados Unidos?

Por Gustavo Ramírez

El curso de la historia. Una caja de resonancia que alimenta la fantasía de enemigos mundiales, que tiene como último fin apropiarse de la democracia liberal a nivel global. West-Hemcom, Comando del Hemisferio Occidental, que sirve como síntesis de la unificación del Comando Norte y del Comando Sur. Los nuevo viejos juegos de guerra que reemplazaron a las Escuela de las Américas. Desde hace tiempo, el Ejército de Estados Unidos asumió el control de la geopolítica norteña bajo un mando unificado que no necesariamente va a responder a la dirección política porque, en definitiva, éste es su propia dirección política.

El orden unipolar, del cual Estados Unidos fue su artífice una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial y que se fortaleció tras la caída del Muro de Berlín, en pleno apogeo neoliberal, está roto. Esta ruptura expresa la debilidad de la administración colonial estadounidense para imponerse en un mundo que, a priori, resulta algo menos verticalista. Atado a los vicios del poder financiero que Israel ostenta en Wall Street, demócratas y republicanos se encuentran encerrados en la parábola histórica que, a lo largo del tiempo, ellos mismos, con sus delirios supremacistas, crearon.

En este contexto, la guerra contra Irán sacude los cimientos internos de la Nación del Norte, que hace tiempo dejó de ser lo que era. Esto no quiere decir que haya perdido capacidad de impacto sobre las zonas de influencia que aun están bajo su guarda. La debilidad estadounidense es siempre peligrosa si se tiene en cuenta su poder militar, aunque, claro está, los resultados de sus incursiones bélicas, sobre todo después del trauma de Vietnam, no han sido del todo satisfactorios.

No obstante, no hay lugar para la subestimación. El entramado es complejo y no es lineal. La política oscilante de Donald Trump, que en varias ocasiones se puede traducir en improvisación, ha fagocitado la fragilidad de la OTAN y del G7, lo que, al mismo tiempo, representa una embestida contra sus aliados europeos, que no dejan de estar preocupados ante su propio desequilibrio interno y su escaso poder de decisión dentro de un cuadro de situación que ya no tiene al Viejo Continente como centro del enclave geopolítico. Mientras tanto, el republicano crea espacios para incidir de manera unilateral y directa en aquellos espacios de los cuales puede sacar provecho sin costo alguno.

América Latina se muestra como una oportunidad para que Estados Unidos no pierda del todo. Claro, esto no quiere decir que Trump salga indemne del proceso de degradación. Sin embargo, él no es todo el poder de Estados Unidos. Incluso está en duda que aún tenga capacidad para asumir alguna decisión sin depender de la correa que tensó sobre su cuello Israel. Así y todo, se las ingenió para crear el Escudo de las Américas, donde representantes de 12 países firmaron con el Secretario de Guerra, Pete Hegseth, un sugestivo acuerdo donde se comprometieron a combatir de manera conjunta al narcotráfico y potenciales terroristas. Un acta que legitima la recolonización territorial en torno a los recursos naturales y estratégicos.

Abramos paréntesis: Estados Unidos nunca se sintió ni fue parte de América Latina. Siempre se vio a sí mismo como su dueño. A lo largo de la historia, tras el desplazamiento británico, promovió la «integración vertical» en cada país donde tuvo injerencia. Ni hablar del sustento que le dio a las distintas dictaduras que devastaron a los países más importantes del hemisferio Sur. En todo este tiempo, su objetivo fue reasegurarse el apoyo de las oligarquías locales para proteger los intereses de su capital y reafirmar su poder regional en alianza con gobiernos decididos a subordinarse por un puñado de dólares. Cerremos paréntesis.

El 5 de marzo de este año, la declaración del Escudo de las Américas instruyó un ideario de buenas intenciones que naturaliza la ocupación estadounidense de territorios soberanos. De esta manera, los ministros de Defensa y Seguridad de Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, República Dominicana, Trinidad y Tobago establecieron, con dirección de Estados Unidos, «cooperar en las siguientes esferas: los esfuerzos a nivel de todo el Gobierno en materia de seguridad fronteriza, la lucha contra el narcoterrorismo y el narcotráfico, la protección de infraestructuras críticas y otras esferas que se determinen mutuamente».

El eufemismo se transforma en cinismo cuando aseguran «promover la Paz a través de la Fortaleza» para hacer frente a futuras amenazas a nuestros intereses mutuos y unirnos a una coalición para combatir el narcoterrorismo y otras amenazas compartidas que enfrenta el hemisferio occidental». El antecedente de este Escudo se puede encontrar en las Escuelas de las Américas, fundada en 1949, por donde pasaron cerca de 83.000 militares de Chile, Guatemala, Argentina, Perú, Uruguay, Nicaragua, El Salvador, México, Honduras, que fueron preparados para «combatir» a elementos subversivos bajo la doctrina de la CIA.

Al mismo tiempo, el Escudo de las Américas sienta sus bases en el Plan de Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, donde Trump básicamente admite que su país tiene derecho, el derecho natural, de activar la Doctrina Monroe. En tal sentido, promueve que Estados Unidos sea «preeminente en el hemisferio occidental como condición para nuestra seguridad y prosperidad… lo que nos permitirá imponernos con confianza donde y cuando sea necesario». Añade que podrá realizar en la región, cuando lo considere necesario: «despliegues selectivos para asegurar la frontera y derrotar a los cárteles».

Bajo esta premisa, cayó en desgracia el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela sin que ningún país de la región y del mundo moviera un pelo por su secuestro, más allá de las condenas formales. Se puede afirmar que, sin administraciones nacionales que defiendan el interés patriótico, Estados Unidos encuentra el terreno fértil para avanzar sobre espacios y recursos estratégicos. En el caso de Venezuela, como se comprobó, el petróleo. Ahora, el nuevo objetivo de la administración Trump es Cuba.

En este contexto, durante la semana de los 50 años del Golpe de Estado de 1976 que destituyó a la democracia social del Gobierno de Juan Domingo Perón y la de su continuidad, tras su muerte, de Isabel Perón, el Ministro de Defensa, el teniente general Carlos Alberto Presti, fue a Estados Unidos para reunirse con representantes del Pentágono. Según la versión oficial, la visita del militar argentino tenía como objetivo su participación en un seminario.

Presti terminó reuniéndose con el Subsecretario de Guerra, Joseph Humire, y el director del NSC, Michael Jensen. Como parte del plan de alianza estratégica que impulsa Milei, el gobierno, a instancias del Departamento de Guerra, decidió comprar equipamiento militar y ponerlo al servicio de la defensa de recursos energéticos de sumo interés para la administración de Donald Trump, en función de lo que implica la guerra económica que despliega, con el bloqueo del Estrecho de Ormuz, Irán.

De este modo, el Ministro de Defensa adquirió cuatro helicópteros Black Hawk que podrían llegar al país a finales de este año. Por otro lado, también se alzó con vehículos blindados Stryker que estarían destinados a la «protección» de zonas mineras y, sobre todo, de la infraestructura de Vaca Muerta. Por otro lado, Estados Unidos proveería insumos tecnológicos y capacitación para contrarrestar cualquier posible ataque informático que atente contra la estructura de energía que abastece al país.

Antes de regresar a la Argentina, Presti declaró: «bajo el liderazgo del Presidente y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, Javier Milei, tenemos claro que la Defensa es una función central del Estado. Y, por su posición estratégica en el continente, Argentina tiene un rol regional clave. Fortalecer nuestras Fuerzas Armadas, desarrollar el capital humano e incorporar tecnología es la forma de estar a la altura de las amenazas del siglo XXI y contribuir a la estabilidad del hemisferio».

Ni el funcionario ni el Gobierno, en general, explicaron por qué Argentina necesitaría este tipo de insumos bélicos, dado que la única hipótesis de conflicto que atañe al país es la ocupación de Malvinas en el Atlántico Sur, donde además Estados Unidos es socio militar de Gran Bretaña. La postura de Milei y de su Ministro de Defensa se encuadra en los lineamientos trazados por Estados Unidos en su Plan Estratégico de Seguridad y ubica al país en una posición global demasiado sensible y asimétrica.

Consultado para esta nota, el general retirado César Milani aseguró que el encuentro de Presti con autoridades del Pentágono se encuadra, efectivamente, en lo dispuesto por la estructura del Escudo de las Américas. El ex jefe del Estado Mayor General del Ejército definió a esa organización como «una colación militar». Por otro lado, advirtió que «Estados Unidos va a tratar de influenciar en algunos países de la región de América Central y de América del Sur para involucrar a las Fuerzas Armadas en acciones militares en el marco interno, llámese narcotráfico, terrorismo o, como ellos denominan, la influencia de otras potencias, como puede ser China en el continente».

Afirmó que «esto es una torpeza de Milei y Presti, al desconocer que estas acciones están, taxativamente, prohibidas por la Ley de Defensa, la Ley de Seguridad Interior y la Ley de Inteligencia. Esto es aliarse con Estados Unidos y subordinar a las Fuerzas Armadas a las órdenes que imparte el Pentágono con tal fin. Un dislate total y otra muestra de la entrega absoluta de soberanía sin condiciones a los intereses geopolíticos de Estados Unidos en la región que, en muchos casos, colisiona con los propios intereses que debe tener nuestro país, su soberanía e independencia».

Presti no es un actor menor, representa fielmente la estampa de unas Fuerzas Armadas subordinadas al plan de colonización y al programa político anti-nacional libertario. Su posicionamiento tiene correlato histórico, dentro y fuera de la fuerza. Es hijo de Roque Carlos Presti, acusado por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura cívico-militar. Manejó el Regimiento de Infantería 7 de La Plata y, según detalla Abuelas de Plaza de Mayo, estuvo «a cargo de la represión del área 13, controlando los Centros Clandestinos de Detención La Cacha, Pozo de Arana y Comisaría 5ta, entre otros».

El establecimiento de relaciones no es capcioso, el gobierno de Milei esgrime e implementa un programa administrativo que se asemeja, incluso en los recursos narrativos, con el que se puso de manifiesto desde 1976. Su carácter es también represivo, como se observa en cada manifestación popular donde la represión está a la orden del día, a través de operativos bélicos que instruyen el disciplinamiento de la población mientras se ejecuta el plan de ajuste y de disolución nacional. Su alianza estratégica con Israel y Estados Unidos carece de una mirada profunda, es una mera configuración ideológica donde se plasma la vocación colonizada de la gestión libertaria.

Para el ex embajador argentino ante la Organización de los Estados Americanos, Carlos Raimundi, el acuerdo de Seguridad con Estados Unidos implica «un modelo de negocios, un modelo de saqueo, sin plan económico, recurriendo permanentemente a mecanismos de salvataje financiero, en ese contexto, se inscriben todas las políticas. Entonces hay una decisión estratégica criminal, catastrófica, que nos va a costar reparar que es la política de alineamiento con el capital financiero más concentrado, más vinculado a los negocios y que representa Donald Trump en los Estados Unidos, Benjamín Netanyahu en Israel y Javier Milei en Argentina».

En esta línea, acotó que «la política de defensa no escapa a esto. Hay que sumarle la política de alineación que ha hecho nuestro país ante el Reino Unido, resignándose a no mantener vivo el reclamo de Malvinas, a permitir sin chistar que se estén desplegando obras, como un puerto de aguas profundas, contratos pesqueros, contratos petroleros, sin decir una sola palabra del atentado de lo que significa eso para nuestra soberanía y la hipótesis de conflicto parece ser Irán y no el desarrollo».

El carácter anti-argentino define al gobierno de Milei. El proceso de disolución nacional, igual que en 1976, cuenta con la venia de Estados Unidos, que nunca abandonó su impronta imperial. Argentina está expuesta a los ataques económicos y geopolíticos del gobierno republicano, que no guarda ningún interés en proteger al pueblo argentino. La historia demuestra que la intervención del eje anglo-estadounidense en la política local solo sirvió para traccionar la traición y promover el desequilibrio entre capital y trabajo. La situación es muy grave, dado que con estos acuerdos Estados Unidos termina por tomar el control político de Argentina. La Libertad Avanza desnudó su verdadero objetivo de campaña: someter a las y los argentinos.

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