El 15 de agosto se cumplen cinco años de la victoria del Talibán sobre los Estados Unidos, después de una guerra que se extendió por veinte años y que se inscribe como una de las derrotas más humillantes a las que fue sometido Washington, donde se repiten imágenes casi calcadas a la fuga protagonizada por ellos mismos en abril de 1975, cuando hordas de colaboracionistas intentaban conseguir una plaza donde fuera que los sacase de Saigón, que acaba de rendirse al Viet Cong.
Aunque, en verdad, más allá de esa victoria militar, los mullah, además de confirmar la legendaria condición de Afganistán como vencedores de imperios, tienen poco o nada de lo que ufanarse en estos cinco años. Ya que el país sigue instalado sobre las mismas heridas que le han dejado el colonialismo británico, la corrupción de sus príncipes, políticos y señores de la guerra y la larga ocupación norteamericana.
Lo que nos lleva a preguntarnos qué hacer con un país de 45 millones de almas, que lo necesita todo y que comienza a dar señales de que la paciencia se está acabando. Entonces: ¿Podrá el gobierno casi colegiado entre Kabul, donde reside el poder político, y el de la ciudad de Khandahar, en el que los grandes mullah han decidido instalarse, seguir piloteando la turbulencia que esa tensión genera y no permitir modificar el contexto del país?
Mientras, el descontento ya es inocultable de su propio pueblo por la crítica situación económica, el desempleo crónico, al que el año pasado se les sumaron unos cuatro millones que llegaron tras ser repatriados de manera forzosa desde Irán y Pakistán. Según las Naciones Unidas, unos veinte millones de personas en el país necesitan asistencia humanitaria. A lo que se le suma el aislamiento internacional, la guerra por ahora latente con Pakistán, que desde febrero pasado se espera que de una vez por todas detone, ya que Kabul no puede controlar al grupo Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), que desde Afganistán golpea de manera constante intereses de Islamabad, y que se cree que bajo cuerda no solo cuenta con el evidente respaldo de India, sino también de los ultraortodoxos de Khandahar.
Sin contar la letal khatiba de la Willat Daesh Khorasan, que, si bien en los últimos meses no ha generado grandes operaciones, su silencio suele ser más perturbador que los estallidos de sus atentados. Al tiempo que la insurgencia estrictamente antitalibana, como el Frente de Libertad de Afganistán (FLA), cuyo líder es Yasin Zia, el exjefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas afganas, también Viceministro de Defensa y gobernador de la provincia de Tahar, que se ha activado en las remotas alturas de la región de Badakhshan, es otro dolor de cabeza para el gobierno del mullah Hibatullah Akhundzada, el Líder Supremo del Emirato Islámico de Afganistán. (Ver: Afganistán: los murmullos atronadores de la montaña).
Aunque es cierto que todavía no se ha llegado a un punto de no retorno, mientras esto queda encapsulado, hay que ser consciente de que cuantos más daños se sigan produciendo, más difícil será salir del atolladero, sin que tampoco quede claro saber hacia qué puerto se pretende llevar la barca afgana, que está siendo tironeada, más allá de las corrientes internas, por factores externos, que cuentan nada menos que a los Estados Unidos, China, India, Rusia, Pakistán e Irán, entre los principales, a los que hay que sumarles los estados de Asia Central, como Uzbekistán.
Si bien bajo la pudorosa visión occidental se considera una aberración que, desde la llegada al poder en agosto de 2021, el pueblo afgano haya “caído” una vez más bajo el grueso velo de sharia (ley coránica) y el rigorismo más absoluto, que no perdona a nadie. Y bien es cierto que las niñas y las mujeres sufren serias restricciones, particularmente en el desarrollo individual, con el acceso a la educación y al trabajo vedado, hay que recordar que Estados Unidos estuvo allí 20 años, y que aquella experiencia ha sido tan revulsiva que, entonces, el clamor, traducido en apoyo material al Talibán, para que la ocupación terminase, fue generalizado. Bueno sería, entonces, preguntarse qué tan mal hizo las cosas Washington para que una sociedad que, por lo menos en las áreas urbanas a partir de la década de los cincuenta, estuvo profundamente occidentalizada, los haya vuelto a llevar al fanatismo religioso.
Aunque es cierto que todavía no se ha llegado a un punto de no retorno, mientras esto queda encapsulado, hay que ser consciente de que cuantos más daños se sigan produciendo, más difícil será salir del atolladero, sin que tampoco quede claro saber hacia qué puerto se pretende llevar la barca afgana, que está siendo tironeada, más allá de las corrientes internas, por factores externos, que cuentan nada menos que a los Estados Unidos, China, India, Rusia, Pakistán e Irán, entre los principales, a los que hay que sumarles los estados de Asia Central, como Uzbekistán.
Si bien bajo la pudorosa visión occidental se considera una aberración que, desde la llegada al poder en agosto de 2021, el pueblo afgano haya “caído” una vez más bajo el grueso velo de sharia (ley coránica) y el rigorismo más absoluto, que no perdona a nadie. Y bien es cierto que las niñas y las mujeres sufren serias restricciones, particularmente en el desarrollo individual, con el acceso a la educación y al trabajo vedado, hay que recordar que Estados Unidos estuvo allí 20 años, y que aquella experiencia ha sido tan revulsiva que, entonces, el clamor, traducido en apoyo material al Talibán, para que la ocupación terminase, fue generalizado. Bueno sería, entonces, preguntarse qué tan mal hizo las cosas Washington para que una sociedad que, por lo menos en las áreas urbanas a partir de la década de los cincuenta, estuvo profundamente occidentalizada, los haya vuelto a llevar al fanatismo religioso.
El resquebrajamiento
El secreto de la victoria de hace cinco años ha sido, en gran parte, la condición monolítica del movimiento talibán, donde, si hubo brechas internas o traiciones, se han producido tan en el interior que nunca se han hecho públicas, y su vínculo con la población, que le ha dado abrigo, cobertura y, obviamente, a sus propios hijos.
Esas dos condiciones básicas, a cinco años de la victoria, se han quebrado; como ya lo hemos mencionado, son cada vez más evidentes los choques entre Kabul y Khandahar, mientras que está perdiendo el apoyo en la población. Quizás este fenómeno se haya iniciado con la fatwa de abril del 2022, emitida por el mullah Akhundzada, que prohibió la producción de opio, arruinando la economía de miles de pequeños productores que se vieron compelidos a suplir sus sembradíos con producciones para nada tan redituables como la adormidera, la que fue por muchos años la mayor fuente de ingresos del país, lo que lo convirtió en el mayor productor y exportador mundial y le sirvió en gran medida al talibán para financiar su guerra contra los Estados Unidos. Algunas versiones indican que, para descomprimir las tensiones entre los antiguos dehqān, en algunas zonas del sur del país se ha permitido, bajo cuerda, informalmente, volver a cultivar adormidera.
Este golpe a la economía de los campesinos generó protestas que llevaron a oleadas represivas que, además de la incautación de toneladas de producción y la destrucción de grandes plantíos, llevó a prisión a muchos e incluso algunos murieron en las refriegas. Otro de los sectores perseguidos por el gobierno ha sido la explotación ilegal del oro, lo que abrió uno de los frentes antitalibán más activos en la provincia Badakhshan, hoy literalmente en guerra con el gobierno central. En la que la incipiente insurgencia se sospecha que estaría recibiendo apoyo del gobierno de Pakistán.
Las fuerzas lideradas por Juma Khan Fateh, quien fue uno de los más poderosos comandantes del Talibán en el noreste del país, vicegobernador de la provincia sureña de Zabul, después de que en 2024 fuera nombrado responsable de la comisión provincial de lucha contra el cultivo de amapola en Badakhshan, donde se vinculó con cárteles de el oro para terminar traicionando a sus mandos, poniéndose a la cabeza de la insurgencia de esa provincia, hacia donde están convergiendo fuerzas del Talibán para aplacar la insubordinación desde la vecina provincia de Takhar, Khunduz, Balkh y Kabul.
Los enfrentamientos armados cada vez más intensos han obligado a muchos residentes locales a desplazarse lejos de los núcleos de batalla, mientras centenares han quedado atrapados en sus casas sin siquiera la posibilidad de salir a buscar agua o leña. Muchas rutas internas de la provincia de Badakhshan, vitales para la comunicación de muchas aldeas, se encuentran completamente bloqueadas debido a la intensidad de los combates, que comenzaron el martes once por la noche, después de que fuerzas talibanas atacaran posiciones controladas por los hombres de Juma Khan Fateh, quien en varios mensajes ha pedido a los locales que tomaran las armas para enfrentar a los talibanes.
Se ha confirmado que son numerosas las bajas producidas en ambos bandos, incluidos varios efectivos de la tropa élite del Talibán. Para algunos expertos, la guerra en Ucrania, las crisis en Oriente Medio, las guerras en África y la creciente guerra comercial entre Estados Unidos y China han complicado todavía más la situación afgana, ya que la han sacado del centro de atención tanto diplomático como mediático y fundamentalmente del de la asistencia humanitaria. Lo que ha contribuido a que en estos últimos cinco años Afganistán no tuviera ninguna primavera.
*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.
*Por Guadi Calvo 