Por suerte, los procesos políticos son una película y no una foto, y en gran parte responden a la realidad concreta y objetiva y no tanto al humo de cualquiera abrumadora campaña de euforia exitista como la que el gobierno de Milei emprendió a través de sus amigos de la TV desde el 26 de octubre último.
Tan irreal es el éxtasis sobrevaluado post electoral de los libertarios como incomprensible el desánimo en buena parte de la militancia opositora.
El golpazo oficialista del último miércoles en la Cámara de Diputados, la gran movilización del Movimiento Obrero en la Plaza de Mayo y otras plazas, la imposibilidad del gobierno de avanzar prepotente en el Senado con la reforma laboral, expresan señales de que las cosas no son como las quieren contar desde Olivos.
La sociedad y el Congreso están polarizados e indica que la etapa política que se abrió a partir de la elección legislativa del 26 de octubre está en disputa. Proyección que pone a la oposición en un desafío mayúsculo que significa dar pasos claros y concretos hacia la reorganización del movimiento que ofrezca y explique un proyecto de país, un programa de gobierno y posiciones concretas en las coyunturas.
Como en otras circunstancias históricas, el movimiento obrero expone su fuerza organizada para encarar las batallas que se presentan y recuperar la necesidad del rol de sujeto principal del movimiento ocupando el centro de la discusión y la acción política.
Y lo debe hacer porque el corazón de un proyecto de país reconstruido a partir de la devastación a la que es sometida la Argentina es la agenda del trabajo, la producción, el desarrollo industrial y la educación como motor del ascenso social.
Por Daniel Capa