Irán: marco general del conflicto

*Por Carlos Raimundi 

 


El ataque a Irán no es un hecho aislado sino la expresión de una crisis más profunda: el agotamiento del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial y la deriva de un capitalismo financiero que ya no reconoce límites jurídicos ni éticos. En ese escenario, la guerra aparece como herramienta de reconfiguración geopolítica, mientras la disputa entre potencias redefine el mapa del poder global y deja a los pueblos frente a un dilema: la barbarie o la construcción de un nuevo orden más justo. Este artículo fue escrito con anterioridad a los últimos acontecimientos, pero ello no altera lo sustancial del enfoque vertido en él. 


 

Presentación

El ataque de Israel y los Estados Unidos a Irán, causante de la muerte no solo de su líder espiritual Alí Jameneí sino también de su población civil, es un nuevo eslabón (no sabemos de cuántos más) de la etapa de retroceso civilizatorio más profundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

El derecho internacional ha muerto. El derecho, al menos el derecho que conocimos, ha muerto. Es el paroxismo. El poder militar no se ciñe a ninguna ley, la fuerza oprime sin que el oprimido tenga ningún recurso donde ampararse. O, tal vez, el único recurso sea la resistencia comunitaria y organizada de la porción de la Humanidad para la cual la vida de las personas solo es sostenible en el marco de la solidaridad, el respeto, la dignidad. Y que esa porción de la Humanidad que cree en la igualdad como valor y reniega de la brutalidad, del racismo y del supremacismo, siga siendo mayoritaria y sea capaz de hacerse oír.

En este marco general internacional surge otro gran dilema: para algunos ya no sirve la palabra. El gobierno de los Estados Unidos había reconocido avances en su negociación con Irán sobre el enriquecimiento de uranio, y estaba prevista una nueva reunión en Viena, cuando irrumpieron los bombardeos a Teherán. ¿Qué previsibilidad se puede otorgar a una negociación pacífica y diplomática si al mismo tiempo la parte más poderosa inicia un ataque militar al más alto nivel? ¿Cómo se puede seguir viviendo en el mundo si ese es el ejemplo que instala la potencia que pretende erigirse en su líder absoluto? Reitero: solo si la porción de la Humanidad que procura la solución pacífica de las controversias es capaz de erigir un nuevo paradigma de civilización.

 

Mirada sistémica: multilateralismo y multipolaridad

Algunos argumentan que el gobierno de Israel obligó a los Estados Unidos, incluso se habló de que la inteligencia israelí contaba con material reservado que compromete a Trump debido a su relación con el megamillonario y delincuente sexual Jeffrey Epstein. Sea eso verdad o no, no se trata de la presión de un país sobre otro, sino de hasta dónde nos ha llevado el sistema neoliberal que gobierna al mundo desde hace más de cuatro décadas.

En la superficie, podría parecer que Trump y lo que él representa es la contracara del “orden liberal basado en reglas” que la humanidad de a pie conoció como “globalización”. Moldeado en un momento histórico en que los Estados Unidos —o mejor, los capitales con origen predominantemente en Estados Unidos— ejercían el liderazgo comercial y financiero, tecnológico, militar y cultural en todo el mundo (unipolaridad), aquel orden basado en reglas no era otra cosa que utilizar ciertos organismos multilaterales para guardar la apariencia de que los Estados miembros tenían un espacio donde expresarse con voz propia. Cuando, en realidad, la asimetría de poder era tan grande, que su papel se reducía a legitimar, en nombre del multilateralismo, la voluntad de la potencia hegemónica.

Por eso, hay que distinguir entre multilateralismo y multipolaridad. Si no hay multipolaridad, el multilateralismo es tan solo un formato bajo el cual se expresa la potencia hegemónica, no rompe la unipolaridad. Y Trump no es la contracara de eso, sino que ejerce la unipolaridad de otro modo, despojado de los buenos modales, con prepotencia, con desmesura, con histrionismo, sin ambigüedades.

Pero no es la contracara, es el corolario, la consecuencia. ¿Por qué? Porque el paradigma ordenador del sistema es el mismo, más allá de que lo lidere Trump o los demócratas. Desde luego que hay grietas al interior de las élites de poder, que se están manifestando a través de un inédito clima de inestabilidad, crispación y polarización al interior de la sociedad estadounidense. Pero no difieren en sustancia, y mucho menos en su pretensión de someter al Sur Global, donde se inscribe América Latina, y la Argentina en particular.

 

El ataque: una necesidad para el capitalismo financiero globalizado

El motor del capitalismo —hoy devenido financiero, otrora productivo y relativamente inclusivo— es la ganancia del capital. Dinero que hace más dinero para tener más y más dinero. No hay inteligencia natural capaz de imaginar el volumen físico del dinero que acapara solo un puñado de fortunas personales. Fondos de inversión y conglomerados de la industria de armamentos, del petróleo, naviera, farmacéutica y otras, que equivalen al presupuesto de varios Estados —sumados— del Sur Global. Y por lo tanto condicionan su supuesta soberanía política, le otorgan un carácter tan solo formal.

En esa puja no solo explota a los trabajadores apropiándose de la plusvalía, sino que las empresas mayores desplazan a las menores de la competencia, acentuando la supremacía del capital concentrado y proletarizando cada vez más a la sociedad. Además, esa acumulación de poder —que no solo es económico sino que necesita legitimarse culturalmente a través de los aparatos de prensa— va reduciendo la facultad regulatoria del Estado.

Desde sus inicios, ese desborde de ganancia se relacionó con el territorio. Ya sea en busca de materias primas, de trabajadores o de mercados, el capitalismo se fue expandiendo territorialmente. Primero fue la fábrica, de la fábrica a la ciudad, de allí a la región y de la región a la figura del Estado nación. De la mano del avance tecnológico, las economías nacionales construyeron colonias, ya sea a partir de la dominación política como en la región afroasiática, o esencialmente financiera como en América Latina, que ya a inicios del siglo XIX había logrado su emancipación política. Y desde allí, desde el colonialismo, al imperialismo y la transnacionalización del capital. Hasta que, hacia finales de los años 80, pasamos a la globalización y el mundo unipolar.

Ahora bien, ¿cómo sostener e incrementar aquel requisito imprescindible que es la ganancia del capital, una vez que se ha conquistado el planeta?

El capitalismo financiero implosiona, se agrieta la homogeneidad de sus élites, pero no se modifica su lógica depredadora. ¿Hacia cuáles nuevos territorios se direcciona? El primero de ellos, hacia las alturas, burbuja inmobiliaria. El del híper-consumo traducido en el turismo de alta gama, hoteles con dos dígitos de estrellas, turismo antártico y en el espacio celeste. El territorio simbólico a través de redes, plataformas e inteligencia artificial. Los usuarios de las mismas le brindan gratuitamente el principal insumo —los datos, la información— a los grandes servidores para que estos multipliquen sus negocios: transferencia inversa de recursos, mayor polarización social. Son los hombres, mujeres, jóvenes y niños de a pie los que financian la acumulación de ganancia (o renta, como prefiere Yanis Varoufakis en su Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo) de los capitales más concentrados.

El universo del poder orgiástico es un eslabón más de esta cadena de concentración de la ganancia financiera. Está guiado por el mismo trasfondo cultural teñido de racismo, en el cual hay una organización del mundo constituida por quienes pueden o aspiran acceder a todo, y los desplazados, los sometidos. Epstein es el símbolo o el síntoma de los primeros, sus víctimas de los segundos. Ese poder absoluto confiere, además, una profunda convicción de impunidad y de legitimidad. Todo está relacionado, porque deriva de una misma lógica.

Una legitimidad del desparpajo que se transfiere a las distintas capas sociales y de la que Trump es el mayor emergente político, y por lo tanto cultural. Antes de Trump también había policías con sed de cobrarse la sangre de los manifestantes, pero se percibían a sí mismos como portadores de un disvalor. Hoy, crece el número de personas que considera que aplicar la violencia extrema en las protestas sociales está bien. Antes de Trump (la primera elección de Obama en 2008 es una prueba), los latinos votaban como un conjunto homogéneo y solidario, le tendían la mano al rezagado para incorporarlo —aunque fuera en ligas menores— al “sueño americano”, lo veían como un hermano. Hoy, muchos latinos integrados al sistema le pisan la cabeza a su congénere para que no ingrese, porque lo ven como un competidor. Ese trasfondo cultural está en disputa en el mundo.

El territorio digital

La pandemia disparó el ritmo de crecimiento de los grandes servidores desde el momento en que se convirtieron en esenciales para hacer factibles la educación, el comercio, las relaciones laborales y familiares. A partir de ello, asumieron cada vez mayores funciones que son inherentes al Estado: liderazgo para el salto tecnológico, tareas académicas, proyectos de investigación, flotas de aviones y camiones, ocupación de grandes extensiones de tierras. La combinación de tres factores —la acumulación de ganancia, la dependencia que genera para la vida cotidiana de las personas y la creciente administración de bienes de utilidad pública en reemplazo del gobierno—, les concede un poder que desafía, necesariamente, a la autoridad estatal.

No es lo mismo asumir funciones públicas desde la autoridad estatal en nombre del interés general, que hacerlo desde una firma privada que, justamente por tener su origen en la pura lógica del mercado, pondrá la administración de bienes universales al servicio de su interés particular. En el primer caso prevalecen los valores comunitarios, en el segundo el individualismo.

Se reproduce la dicotomía entre aquellos que se integran al sistema y aquellos que no. Y en este último caso, de acuerdo con la prédica mediática que es funcional a los capitales monopólicos, la responsabilidad de no estar integrado no recae en la esencia egoísta del sistema, sino en el sentimiento de mediocridad e ineptitud de quienes no logran asimilarse al mismo.

Esta polarización social, de múltiples orígenes, induce a la polarización política. Y, como vemos principalmente en América Latina, la polarización entre facciones irreconciliables paraliza la capacidad de la política para intervenir en los procesos económicos en términos de redistribución social de la riqueza. Un nuevo elemento de la concentración de poder en manos privadas en detrimento de la función social de la propiedad, en detrimento de los valores más profundamente humanos.

Supremacismo: la raza superior

Ya no hay lugar para todos en un planeta que ha construido su paradigma organizador desde esa perspectiva. Aunque financiera y tecnológicamente, si la guía para el desarrollo fuera más humana, el mundo estaría en condiciones de mitigar el hambre y garantizar la salud y la vivienda para toda su población. Cuando no hay lugar para todos, surge la “solución final”, el supremacismo racial que garantice la supervivencia de los más aptos, de los puros. Y la bestialidad hacia los inmigrantes (luego de aplicar políticas que los fuerzan a migrar), el armamentismo y el despliegue militar para lograrlo.

No es porque a mí se me ocurra, lo dijo Marco Rubio en Múnich el pasado 14 de febrero. “Debemos controlar nuestras fronteras nacionales, quiénes y cuántas personas entran en nuestros países es un acto de soberanía nacional, por ser una amenaza urgente a la supervivencia de nuestra civilización”. “La ONU fue incapaz de frenar el programa nuclear de los clérigos chiítas radicales de Teherán, lo hicieron las bombas lanzadas con precisión por bombarderos estadounidenses. Fue incapaz de enfrentar la amenaza a nuestra seguridad de un dictador narcoterrorista en Venezuela, fueron necesarias nuestras fuerzas especiales para llevarse a ese fugitivo”. “No podemos anteponer el llamado ‘orden mundial’ a los intereses vitales de nuestra nación”.

Sin sutilezas, sin metáforas, está todo dicho.

Aquel llamado orden mundial que controló al mundo durante las últimas cuatro décadas está agotado, y Trump está acelerando el proceso de su derrumbe definitivo. Es decir, “estamos en vísperas”. Pero, ¿en vísperas de qué?

¿Democracia versus autocracia?

En ocasión de presentar mi libro sobre mis años en la OEA, el maestro Atilio Borón me preguntó, no inocentemente, cuál creía que era la razón fundamental por la que los gobiernos latinoamericanos siguen los lineamientos de los Estados Unidos. Le respondí que tenía que ver con la dependencia económica y comercial, y con el hecho de que los Estados Unidos son el aportante principal al financiamiento de esa estructura burocrática. Camino a mi casa me di cuenta de que le había dado una respuesta equivocada. La razón profunda es que creen, y eso no escapa tampoco a muchos agentes de la política exterior argentina del campo popular, que de ese modo seguimos perteneciendo al universo de la libertad, la democracia, la paz y los derechos humanos. Como nos ha hecho creer la propaganda occidental.

No me refiero a la cultura occidental, que alberga enormes cultores de la filosofía, la literatura, la música, la ciencia, la arquitectura (en un grado similar a la excelencia que ofrecen todas las culturas, con la diferencia de que estas no tratan de imponerse como patrones universales). Me refiero a los grandes dispositivos de prensa que forman parte de los conglomerados financieros, fondos de inversión, calificadoras de riesgo, etc., y que por lo tanto deben defender sus intereses.

Ellos construyen toda una percepción del bien y del mal funcional a esos intereses, a los del mundo financiero y el armamentismo, al individualismo. Generan aliados y enemigos en esta guerra híbrida y fragmentada. Intoxican a la población por las redes, provocan el malestar, favorecen la tensión y el agravio, la inducen a los trastornos de la atención, de la alimentación, del sueño, para curarlos luego con las patentes de medicamentos sostenidos por los mismos fondos de inversión. Se reproduce la cadena de la alta concentración, la desigualdad social y el desencanto.

Eso no es democracia. El híper capitalismo financiero sin Estado, donde los intereses particulares toman el papel del Estado, produce megamillonarios, no democracia. Somete, no favorece la libertad. Excluye, desampara, empobrece, enoja, crispa, tensiona, agrede, no nos acerca a la libertad.

Con la pretensión de reproducir el escenario de la Guerra Fría, el Occidente geopolítico construye una lógica binaria para interpretar la realidad en términos del bien y el mal absolutos, donde el bien está representado por el eje noratlántico de base anglosajona pura como sinónimo de libertad, democracia y derechos humanos, y el mal está expresado por las potencias emergentes del campo asiático —Rusia, Irán, China—, que representan la opresión y la autocracia.

El objetivo de esta construcción de sentido sobre la que insiste la prensa hegemónica occidental, no es verdaderamente contraponerse a regímenes autoritarios, porque si así fuera no serían permisivos y no tendrían alianzas comerciales y militares con monarquías teocráticas como Qatar, Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudita. Su verdadera finalidad es provocar una lectura adversa de las sociedades occidentales sobre aquellas potencias emergentes que no se subordinan al sistema imperante. Y que, además, bajo el liderazgo de China, desafían la hegemonía del dólar y el liderazgo tecnológico ostentado por el capitalismo de origen estadounidense durante el último medio siglo.

Con poco que analicemos y comparemos la relación entre los sistemas políticos de los Estados Unidos y China, con su flexibilidad para asimilar cambios y transformaciones y con su capacidad para lograr el ascenso social de grandes masas de población, nos daremos cuenta de que aquella idea binaria de que en el primero impera la democracia y en el segundo la autocracia, es falsa. Bajo el bipartidismo, la regularidad electoral y la “alternancia” entre republicanos y demócratas, no ha cambiado en décadas —por no decir en siglos— la matriz oligárquica de poder en los Estados Unidos. Por el contrario, el poder se ha concentrado y el porcentaje de la población que se siente parte del “sueño americano” es cada vez menor. Y esto resiente la legitimidad social del modelo, lo cual se expresa con la polarización social y política, los niveles de agresión, la pobreza y el decrecimiento progresivo de la participación electoral. Objetivamente —aunque quien escribe estas líneas lo considere poco probable—, en la vida cotidiana de los Estados Unidos se habla cada vez más de una posible “guerra civil”.

En cambio, la orientación económica de China ha tenido cambios significativos a lo largo de los XV Planes Quinquenales aplicados bajo el gobierno del Partido Comunista chino desde 1949. En los últimos treinta años, fue precisamente su flexibilidad la que logró eliminar la pobreza estructural, suprimir la desocupación y asegurar vivienda, salud, educación y seguridad social a más de 800 millones de personas que no las tenían. No se trata de un logro únicamente económico, sino de un proceso social y cultural. La legitimidad del “socialismo con peculiaridades chinas” de carácter no dogmático, no es cuestionada por la población, porque el ascenso económico y social de las mayorías es plenamente palpable.

Salir de la pobreza (lo contrario a “entrar” en la pobreza como sucede en los Estados Unidos, Europa y América Latina) no es un fenómeno puramente económico. Una familia cuyo principal objetivo deja de ser obtener un plato de arroz para los niños y tiene garantizados sus derechos básicos, comienza a soñar con otros horizontes que amplían su calidad de vida,  mejoran y dignifican la condición humana.

Todo ello ha sido posible, al contrario de lo que pregona el presidente argentino, a partir de la planificación diseñada por el Estado y sus instituciones políticas y económicas.

¿Cuál es entonces el sistema más democrático?

Esta reflexión no posee la finalidad de idealizar ni de copiar el sistema, sino solo de romper el prejuicio. Las tradiciones, nuestras raíces culturales, los modos de organizar la relación entre la autoridad pública y la sociedad en América Latina —y en Argentina en particular— son muy diferentes. De lo que se trata es de salir del dogma de que Occidente es la libertad y la democracia, y por lo tanto debemos someternos al designio de sus grandes instituciones. Porque, solo como botón de muestra, el FMI es una de esas grandes instituciones y solo nos ha acercado a la esclavitud y al caos económico y social.

El objetivo de esta reflexión es que reconozcamos que el mundo atraviesa una etapa de transición hegemónica. Que ya no se trata únicamente del dominio del capitalismo financiero globalizado, de carácter excluyente, sino que se están construyendo alternativas comerciales, nuevos mercados, nuevos horizontes, nuevas rutas, nuevas instituciones financieras basadas en otro tipo de principios. Y que eso nos sitúa ante el apasionante desafío de unir a América Latina y convertirla en uno de esos nuevos polos de decisión más autónoma, menos subordinada, que asoman en el mundo.

Algunas de las causas de la guerra

Todo el accionar de Trump gira en torno de alejar la amenaza y el peligro chino. En los años 60 y luego del triunfo de la Revolución Cubana, había que desterrar de nuestro continente la tentación de acercarse al sistema soviético y por eso se diseñó el etéreo e incumplido plan de inversiones que se llamó Alianza para el Progreso. Hoy Trump está prometiendo ayuda financiera a nuestros países a cambio de alejar a China del continente.

Falso. El capitalismo imperialista, al estar guiado por la propia lógica de acumulación que hemos descripto, jamás ayuda, solo depreda, solo succiona, solo concentra para sí.

Es en este marco que se ubican las últimas agresiones a Cuba,  Venezuela e  Irán. Es con el objetivo de impedir la expansión de China para que no desafíe el liderazgo ostentado por los Estados Unidos y que Trump parece no estar dispuesto a compartir. Es para cercarla, y de allí las guerras y los conflictos de aproximación.

En octubre pasado, cuando Trump aspiraba todavía al Premio Nobel de la Paz, esgrimía como argumento que había conjurado siete guerras, la mayoría de ellas provocadas por los mismos intereses que lo sostienen, precisamente para “circunvalar” a China y obstruir la extensión de su proyecto estratégico, polimodal y transcontinental llamado La Franja y la Ruta de la Seda y su creciente influencia en el mundo. Para ello, entraron en conflicto zonas sensibles para el comercio chino y para sus obras de infraestructura y conectividad, como caminos, vías férreas, puertos y oleoductos; Armenia y Azerbaiyán, Egipto y Etiopía (miembros de los BRICS); la India (miembro fundador de BRICS) y Pakistán; Camboya y Tailandia (países de la península de Indochina, área neurálgica de las rutas marítimas de China), y finalmente Irán, uno de sus principales proveedores de petróleo.

Las preguntas sobre el ataque a Irán

Por momentos tengo la sensación de que el lobby financiero que representan los presidentes de Israel y de los Estados Unidos al que incalificablemente adhiere el fantoche que gobierna a nuestro país puso a prueba con su intervención en Gaza la capacidad de reacción de la humanidad. Y al ver que una gran parte de sus dirigentes la consentía o guardaba silencio sobre la tragedia que allí sucedía, sintió que tenía el camino despejado para continuar extralimitándose en sus atrocidades.

Así devino la ocurrencia de ocupar Groenlandia para anexarla, de provocar el sufrimiento del pueblo cubano hasta el extremo, de secuestrar al presidente de Venezuela con la excusa de que las leyes estadounidenses pueden aplicarse en cualquier país. Y, finalmente, asesinar al mismo tiempo al líder espiritual y a decenas de niñas que estaban en la escuela, en un Estado con casi 100 millones de habitantes como Irán. Reitero: una atrocidad, pero a sabiendas de que la humanidad todavía no ha construido los caminos para impedirla.

Estas operaciones no suelen procurar un único objetivo sino varios, que pueden ser convergentes o alternativos. Y se desenvuelven simultáneamente en diversos planos. ¿Es solo perjudicar a China? ¿Es solo administrar el petróleo de Irán como lo tratan de hacer con Venezuela? ¿Es solo detener su desarrollo nuclear? ¿Es solo descabezar su sistema de gobierno político-religioso? ¿Es dividir su territorio? ¿Es solo consentir la voluntad de Benjamín Netanyahu, el primer ministro de Israel? No es ninguno de ellos por sí solo, y son todos a la vez, dependiendo de cómo vayan evolucionando las circunstancias. Me inclino a ponderar un objetivo más integral que es intervenir en la reconfiguración general del mapa geopolítico del llamado Medio Oriente y su incidencia sobre la economía del mundo. El curso de los acontecimientos nos dirá hasta dónde cada una de las partes logrará su propósito; no conozco ningún analista internacional que esté en condiciones de anticiparlo.

Se ha dicho también que la guerra tal como se planteó no era lo que buscaba Trump, sino que se sintió extorsionado por Netanyahu ya que el Mossad conoce archivos del caso Epstein que lo comprometen. Puede ser, personalmente no conozco evidencias que lo certifiquen. Además, es muy difícil estar seguros de qué es lo que busca Donald Trump, porque su estilo consiste en desorientar a su auditorio, cambiando todos los días de tono y de contenido, de modo que cualquier cosa que haga haya sido anunciada alguna vez.

Lo que sí es seguro es que el mundo no puede continuar mucho tiempo más bajo el acecho de personalidades como estas. Tiene que reaccionar, tenemos que reaccionar.

Lo que sí es seguro es que las guerras tienen un costo económico. Que el despliegue de misiles, flotas marítimas, portaaviones, bombarderos, reaprovisionadores, etc,. implica un desvío del presupuesto que corrientemente debería utilizarse para el desarrollo de los pueblos.

La obstrucción del estrecho de Ormuz, por donde no solo pasa un 25 % del petróleo del planeta, sino que es una ruta decisiva del comercio marítimo, dispara los precios internacionales y genera inflación a nivel mundial. El encarecimiento del comercio mundial alimenta el déficit estructural de la economía estadounidense, ya que es el primer importador. Es decir, dispara la inflación interna en una economía que —como la del propio Israel— no atraviesa un buen momento. Si la inflación recalienta la economía, esto exige subir la tasa de interés y causa recesión, alimentando el círculo vicioso. Por su parte, nada menos que el Wall Street Journal acaba de titular que “debido al control de Ormuz, Irán está exportando más petróleo que antes de la guerra”. En términos económicos, la guerra es un gran negocio solo para las fábricas de armamento y sus industrias derivadas, así como para los fondos de inversión, pero no para los pueblos del mundo.

La desmesura de Trump encuentra otro límite: la población de los Estados Unidos guarda un recuerdo muy amargo de los momentos en que ha tenido que repatriar los cuerpos de sus soldados muertos en guerras que el común de las personas entiende como ajenas.

En fin, dije más arriba que tal vez estemos en vísperas, pero en vísperas ¿de qué?

Estamos en vísperas porque el llamado orden liberal basado en reglas, que gobernó a su antojo el mundo durante el último medio siglo, está definitivamente agotado. Contrariamente a lo anunciado, el mundo no fue más feliz ni más solidario ni más igualitario bajo ese sistema. Por el contrario, acopió injusticia, violencia, desamparo, individualismo, indiferencia, malestar. Los avances tecnológicos han generado tensión, insatisfacción, ruptura de lazos sociales, en lugar de fortalecerlos. El modo en que aquel orden se propuso resolver los diferentes conflictos —crimen organizado, terrorismo internacional, consumo de drogas, migración forzada, pobreza, desigualdad—, no dio resultado y sus patrones de conducta están éticamente deslegitimados.

Ahora bien, ¿cuál es el horizonte ante la caducidad del modelo anterior? Bien podría ser, de triunfar la lógica inescrupulosa que guía los comportamientos del imperialismo en Cuba, Venezuela o Irán, la conquista del mundo y su sometimiento a manos de un puñado de líderes e intereses sin moral.

O bien podría ser que la Humanidad reaccione. Que la oposición a Trump en los propios Estados Unidos sea capaz de torcerle el brazo, pero no para retornar al régimen anterior, que fue justamente su caldo de cultivo. Sino para edificar un orden alternativo. Que los líderes de las potencias emergentes le pongan límites. Y que el resto de los mortales abdiquemos de creer que el dinero, y solo el dinero, debe ser el motor de nuestras vidas, y se pueda delinear una dimensión ética de la vida y la persona humana de la cual el capitalismo actual carece.

Y frente a la muerte del derecho que conocimos, en parte debido a su propia ineficacia, modelar un nuevo sistema de derechos. Que no esté basado en la propiedad privada individual, tampoco en la propiedad exclusiva del Estado, sino en la propiedad soberana de los pueblos, de las mayorías silenciosas, de las personas de a pie, de los que Eduardo Galeano llamaba “nadies”, pero que somos todos. De los trabajadores, de las familias, para que tengan techo y tierra para trabajarla, pan, un mantel en la mesa tendida, aulas, libros. Un derecho más humano. Un derecho humano. De todos los humanos, cualquiera sea su color de piel, su porte físico, su tradición, su credo.

 

 

 


*Exembajador argentino ante la OEA. Nota publicada originalmente en el portal de Frente al Futuro. Gentileza del autor.

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