Por Redacción
El 9 de junio de 1956 dio origen a la experiencia histórica que más tarde sería conocida como Resistencia Peronista. El levantamiento popular encabezado por el general Juan José Valle buscó poner fin a la dictadura de la autodenominada «Revolución Libertadora», instaurada tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón. La dictadura que conducían, el almirante Rojas y el general Aramburo, respondió con fusilamientos, percusión y terror. Los hechos, que la historiografía liberal quiso borrar, se transformaron en un punto de referencia para la reorganización política, sindical y social del peronismo durante los años de proscripción.
En este contexto, la Confederación General del Trabajo, honró la memoria de quienes dejaron su vida por la causa nacional y aseguró que «los mártires de los basurales de José León Suárez quedaron grabados para siempre en la memoria colectiva como una de las expresiones más brutales que buscó disciplinar a quienes defendían la democracia, la soberanía popular y la justicia social. Sin embargo, no lograron silenciar la verdad ni borrar la organización del pueblo trabajador. A 70 años, la historia nos enseña que, frente al ataque a la justicia social, nuestra única respuesta es la unidad y la organización».
En tanto, el Partido Justicialista rememoró: «Hoy se cumplen 70 años del heroico levantamiento encabezado por el General Juan José Valle contra la dictadura que había derrocado a Perón y proscripto al peronismo. La respuesta fue la masacre: una feroz represión y 27 fusilamientos. Querían imponer el terror, pero el peronismo siempre resiste, lucha y vuelve».
Tras el golpe de estado, la dictadura liberal, reaccionaria y antinacional, proscribió al peronismo e inició la persecución contra los trabajadores y los dirigentes sindicales. Sin embargo, el levantamiento popular sorprendió al gobierno de usurpación y tuvo expresiones en distintos puntos del país, con epicentros en Campo de Mayo y La Pampa, y contó con la participación de sectores militares y civiles que rechazaban la violencia contra el gobierno elegido por el pueblo y la interrupción del orden constitucional. Tras la desarticulación del movimiento, el gobierno de facto ejecutó a más de una treintena de personas, entre ellas al propio Valle, quien se entregó para evitar nuevas muertes. Entre los episodios más recordados de aquella represión se encuentran los fusilamientos clandestinos de José León Suárez, donde un grupo de civiles fue ejecutado sin proceso judicial.
El 12 de junio de 1956, el general Juan José Valle fue fusilado por los esbirros de Aramburu. Antes de su asesinato, el soldado nacional dejó una misiva donde interpeló a sus asesinos. Allí, expresó: «Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y de militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido. Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta».
Valle resaltó que «así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanques de ustedes aun antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes, escarmentar al pueblo, cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez más su odio al pueblo. De aquí esta inconcebible y monstruosa ola de asesinatos».
Asimismo, manifestó que «entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones».
Acto seguido, agregó: «La palabra ‘monstruos’ brota incontenida de cada argentino a cada paso que da. Conservo toda mi serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. Dirán de nuestro movimiento que era totalitario o comunista y que programábamos matanzas en masa. Mienten. Nuestra proclama radial comenzó por exigir respeto a las instituciones y templos y personas. En las guarniciones tomadas no sacrificamos un solo hombre de ustedes. Y hubiéramos procedido con todo rigor contra quien atentara contra la vida de Rojas, de Bengoa, de quien fuera. Porque no tenemos alma de verdugos. Sólo buscábamos la justicia y la libertad del 95% de los argentinos, amordazados, sin prensa, sin partido político, sin garantías constitucionales, sin derecho obrero, sin nada. No defendemos la causa de ningún hombre ni de ningún partido».
Del mismo modo, aseveró: «Es asombroso que ustedes, los más beneficiados por el régimen depuesto, y sus más fervorosos aduladores, hagan gala ahora de una crueldad como no hay memoria. Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos la dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo. Como tienen ustedes los días contados, para librarse del propio terror, siembran terror. Pero inútilmente. Por este método sólo han logrado hacerse aborrecer aquí y en el extranjero. Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al servicio de ustedes».
«Como cristiano me presento ante Dios, que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y como argentino, derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde, por la justicia y la libertad de todos no sólo de minorías privilegiadas. Espero que el pueblo conozca un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable. Así nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de mentiras contradictorias y ridículas con que el gobierno trata de cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias en sangre. Ruego a Dios que mi sangre sirva para unir a los argentinos. Viva la patria», concluyó Valle.
El gobierno de Javier Milie vuelve a repetir la historia: ajusta y reprime al pueblo trabajador, persigue a las organizaciones sindicales y produce la entrega del patrimonio nacional en nombre de la supremacía del mercado. Las y los argentino de trabajo son fusilados a través de la violencia económica, cultural y política. Sin embargo, como quedó demostrado en los últimos días durante el velatorio del Indio Solari, la memoria colectiva se impone porque no olvida a sus mártires ni a aquellos que no lo traicionan.