No fue una despedida, fue un reencuentro. Los sentimientos a flor de piel dejaron al desnudo la espiritualidad del pueblo, un pueblo que no se resigna al padecimiento y que se apropia de la experiencia histórica para hacer propia. No se trató solamente del Indio Solari, de su música, de su poesía. Lo que afloró nuevamente, a lo largo del fin de semana, luego que se conociera la noticia del paso a la inmortalidad del líder de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, fue el subsuelo de la Patria sublevada. Ese rock descamisado que la industria del entretenimiento niega como identidad colectiva mientras desconoce la humanidad de la creación para darle preponderancia al consumo masivo.
La procesión no fue por dentro. Una lágrima inesperada y uno entiende todo. El abrazo es algo más que una manifestación amorosa. Entonces, la despedida se convirtió en cultura del encuentro. El pogo más grande del mundo, que en otros momentos, para quienes hacíamos un culto infantil del escepticismo, parecía el gesto insufrible de un rito sobreactuado, se convirtió en un gesto humano de integración que permitió derribar los muros que la culturalidad liberal levantó para denostar a la cultura popular, a la que vinculó como símbolo de lo bárbaro.
Definitivamente, los nombres se guardaron en el corazón, aun cuando los rostros parecieran anónimos. No solo se movilizaron los «ricoteros», los rotos a los que el Indio recompuso con sus canciones, estábamos todos los que teníamos que estar. Se trató, de alguna manera, de presentarle batalla al tiempo. Pero no hacía falta justificar nada. Nadie exigió certificados de pureza ideológica. No se cayó en la trampa del apuro, cada uno lloró a su tiempo y en su justa medida. Entonces todo se convirtió en una sucesión de imágenes sensibles a la que cada quien musicalizó con su gramática favorita. Las miradas se cruzaban sin filo, y el reconocimiento mutuo atesoró una familiaridad inquebrantable.
La espina dorsal de la propaganda antinacional, conformada por parásitos rastreros que juegan el juego del periodismo insufrible, destiló veneno por las cañerías oxidadas de la fragilidad y preanunciaron lo que jamás sucedió. Solo ellos son portadores del caos. Donde hay pueblo, lo sabe la historia, no hay caos. La cultura popular no es violenta, es misericordiosa y refleja amor. Eso no es problema para putear a Milei, a la yuta y al fétido macrismo. A los hijos de puta hay que llamarlos por su nombre y eso la gente lo sabe. Una buena y resonante puteada siempre es bienvenida, sobre todo cuando es acompañada por un «¡Viva Perón, carajo!». El enemigo se esfuerza por salar las heridas, aunque no comprenda que eso lo pone al borde del infierno creado por sus propios fantasmas.
El último domingo, la fila para dejarle el mensaje de amor al Indio estaba plagada de humanidad. Marcelo es grandote, los lentes oscuros le dan cierto aire de anonimato que se esfuerza por preservar, la barba tupida y desprolija le imprime a su rostro un carácter de mística roquera, algo que parecía estar desdibujado en el tiempo. Para él, la despedida y reencuentro se juntan: «se junta todo, en lo que vendría a ser la última misa. Algo simbólico». Asegura que, a partir de ahora, su música va a explotar, «creo que toda la gente escuchó a los Redondos esta semana» y agrega: «Para mí él representa muchos, así como muchos artistas, como Soriano, Roberto Arlt, está a ese nivel».
El pueblo está profundamente subestimado. El coloquio del descrédito subestima las capacidades populares para ubicarse en tiempo y espacio. La franquicia de la oligarquía espesa redunda en la ilustración civilizatoria para que el establishment cultural se desembarace de lo nacional. Si la traición duele hacia atrás, está claro que la perspectiva histórica demuestra que el Pueblo no es parte del acervo cultural civilizatorio diseñado por una academia que no logra captar la hidalguía de la existencia popular.
Es curioso, hasta este momento no me había percatado de que, a pesar de poseer un halo críptico, las letras de Solari están escritas con un lenguaje simple, su gramática es la gramática de la calle. No hay montaje. El eros del descamisado. La simpleza de la vida aun en la deriva. Por eso, muchas de las experiencias que se retrataron a lo largo de estos días cuentan cómo su música les salvó la vida.
Hace más de cuatro horas que Andrés está en la fila. Habla con calma, los sentimientos encontrados se reflejan a través de su voz, cuando está a punto de quebrarse se recompone para encaminarse. Son momentos donde las palabras, por más precisas que resulten, no alcanzan a describir el sentimiento profundo en su totalidad. Por eso expresa que no está ahí para decirle adiós al Indio, «es un hasta pronto, en todo caso es una despedida a su cuerpo, pero el legado va a quedar por años y la enseñanza queda por años. Las canciones, las frases, las imágenes y su memoria van a quedar en la cabeza de todos».
«Una canción para mí es filosofía», dice y refuerza: «yo a los Redondos los sigo desde el año ’91 y a mí, el Indio, me enseñó a abrir el diccionario. Me enseñó a leer, me enseñó filosofía. Quería saber quiénes eran sus mentores y me llevó hasta filósofos rusos. Esa información se la transmití a mis hijas y se la transmito a todo el mundo que me viene a hablar de él o de los Redondos». No hay una palabra que permita caracterizar lo que el músico representa, la síntesis se expande como un acorde que retumba en la cabeza y entra en circulación por todo el cuerpo.
Andrés afirma: «Hace tres años partió mi viejo y el Indio pasó a ser mi viejo. En estas horas lo sufrí así, de esa forma. Es muy difícil no tenerlo más presente». Las palabras flotan en el tiempo. Mientras desgravo las entrevistas recorro mi propio camino. El pedazo de tiempo se desprende de la existencia y en el ayer hay recuerdos borrosos que se hacen presentes a través de la desconfiada nitidez de la trampa que hace la memoria. El tiempo no es un tipo amateur, nos hace saber que ya no tenemos tan buena la vista y que, a veces, nos sangran las heridas celosas que se han resistido a dejarnos caminar con soltura. Y ahora, el miedo nos acosa con soberbia naturalidad. No es la hora, pero el reloj nunca ha dejado de latir.
La anatomía del presente se sacude con una noticia que nos advierte que nada volverá a ser igual. Sin embargo, el viernes que murió el Indio Solari se aleja. Desde muy temprano su música no dejó de sonar. Uno no es ricotero. Eso ya no importa. En realidad, quizá nunca importó demasiado. Es domingo, las almas marchan, dejan caer lágrimas que se mezclan con la lluvia, el corazón late con fuerza, el rock del descamisado retumba como un signo de resistencia existencial. Todo cambió muy rápido, asusta y justo que te vas, uno entiende que hay despedidas que son rencuentros.
*Por Gustavo Ramírez 
