Solari no es un simple hombre, es un personaje mitológico de la cultura nacional. Desató una inmensa fuerza movilizadora cargada de simbología y sentimiento que lo acompañó superando distancias, inclemencias del tiempo y límites sociales y económicos, al modo de las procesiones religiosas. Interpeló, profunda y misteriosamente, a un submundo humano que se hizo presente en sus recitales. Su criatura cultural y social de decenas y decenas de miles de seguidores fue de a ratos incontrolable para él mismo y su entorno. Sus impresionantemente masivas convocatorias eran de a momentos caóticas y siempre al mismo tiempo encuentros solidarios, míticos, mágicos y pasionales.
Artista de primer nivel, forjó una presencia magnética en el escenario que es propia de un personaje moldeado artesanalmente a lo largo del tiempo, único, que habló, se vistió y bailó al ritmo propio, adornando y delineando el mensaje poético de sus míticas bandas. Solari es rock, es guitarra eléctrica al frente con la fuerza de un riff que levanta y con solos con personalidad y entidad recordable, pegadiza y cantable. Un rockero autodidacta, original y profundamente argentino, protagonista de una importante obra de proyección universal dentro del género.
Su voz y postura marcaron un estilo en el rock e influenciaron a muchas generaciones. Su acento lúgubre, su tono musical a veces oscuro y melancólico, le dio a su mensaje poético, muchas veces encriptado, profundidad emocional. Para cientos de miles sus canciones son el recuerdo de un momento vivido, un tatuaje, una bandera, un muro garabateado con la tapa de un disco, un amor, una alegría o una pena. Su mensaje se siente, más que se entiende y su poética de frases, imágenes y momentos vividos, interpelan y conmueven. En sus letras conviven los puticlubs, los dráculas con tacones, los perros dinamita, la vieja cultura frita, los oktubres, luzbelitos, los ilusos y los vencedores vencidos. Cada cual interpreta y siente su mensaje que lejos estuvo de ser claro y lineal, sino más bien metafórico, fragmentado en estrofas y que cantó no pocas veces a la oscuridad, el abandono de dios, el dolor y las hipocresías.
Se propuso grabar y reproducir su música en los márgenes de las grandes empresas, eternizando sus orígenes rebeldes de los subsuelos rockeros. Eso no le impidió ser divulgado en los principales medios de difusión comercial y su música fue cortina y trasfondo de las reuniones culturales de las clases altas, medias y bajas, de los centros y de los suburbios geográficos, artísticos y sociales. Sus melodías se cantan entre los universitarios, en las barriadas pobres, las hinchadas de futbol, entre los pibes y los veteranos, entre los ricos y los pobres sin distinciones.
Construyó, con disciplina casi monacal, una vida privada introspectiva, generalmente apartada del periodismo y de los suplementos musicales. Evitó el escándalo, cuidó sus vínculos familiares, sorteó la crítica a sus pares y las opiniones polémicas. Ideó –consiente o inconscientemente- una especie de personaje de divinidad, al que todos sentían y del que hablaban, pero que nadie veía en la tierra exceptuando en los recitales que no por casualidad eran llamados “misas”.
De un lado de la grieta lo quieren convertir en un profeta anarco justicialista. Del otro, en mandamás del mal y de las oscuridades de la decadente Argentina. Es una pérdida de tiempo. Solari es un artista, es un mito, no es de nadie y es de todos. Me quedo con dos frases suyas “Yo sé que no puedo darte algo más que un par de promesas, no, tics de la revolución, implacable rocanrol, y un par de sienes ardientes que son todo el tesoro”. “En esa copa ya vacía brindemos por los rayos de la luz que me alumbra hoy”.
*Licenciado en Sociología, Doctor en Comunicación. Autor de varios libros entre los que se destacan: El pensamiento de John William Cooke en las cartas a Perón, 1956-1966 y Cultura, comunicación y lucha social en Argentina.
*Por Aritz Recalde