Ataques de Milei a la prensa: del discurso de odio a la violencia política

*Por Omar Zanari 

 

Cuidan por vos las puertas del nuevo cielo

El fotógrafo Pablo Grillo cubría una protesta de jubilados el 12 de marzo de 2025 cuando un cartucho de gas lacrimógeno disparado por un gendarme le impactó en la cabeza. No fue un accidente en el contexto del caos de una represión, sino la consecuencia lógica de un clima que se construye desde las más altas esferas del poder: un clima donde el periodismo fue convertido en blanco. Así, cuando el presidente de la Nación llama «basuras inmundas» a periodistas que investigan su gobierno o cuando los acusa de ocultar “la realidad”, no está enojado: está gobernando. Está construyendo el edificio cognitivo desde el cual sus seguidores — y en alguna medida, toda la sociedad — tenderán a mirar a los trabajadores de prensa, pero no como los garantes del derecho a la información sino como enemigos de la libertad a erradicar

Agustín Lecchi, secretario general del Sindicato de Prensa de Buenos Aires, calificó el ataque deliberado contra Pablo Grillo como un hecho «sin precedentes en la historia de Argentina». Pero para quienes venían siguiendo con atención el tenor del discurso presidencial, el episodio no fue exactamente una sorpresa, sino el resultado de una acción de gobierno y que responde al modo en que construye los escenarios para llevar adelante la batalla cultural. Un clima construido con paciencia, de un milieu[1], con método y la potencia de amplificadora de los medios de comunicación, las redes sociales y la voz oficial del aparato del Estado: $NOLSALP (no odiamos lo suficiente a los periodistas).

Cuando decir la verdad te convierte en enemigo

Existe una diferencia fundamental — y no es un detalle semántico sino una distinción política de primer orden — entre un conflicto entre el poder político y la prensa, y un programa sistemático de hostigamiento discursivo hacia quienes ejercen el periodismo. La primera es esperable y hasta necesaria en lo que se supone que es una democracia liberal. El gobierno espera que se reflejen las buenas noticias; a los periodistas les cabe la tarea contraria: investigar e informar, ejercer una parresía, narrar la verdad aunque incomode al establishment y al gobierno. Lo segundo, es la utilización deliberada del aparato del Estado para instalar la violencia política contra periodistas que realizan su tarea con dedicación, compromiso e idoneidad, a partir de narrativas que tienden a deshumanizarlos, criminalizarlos y silenciarlos — o, en el mejor de los casos para quienes la ejercen, lograr que se autocensuren. El objetivo final es que la sociedad pierda la confianza en el periodismo como fuente de conocimiento sobre la realidad.

El concepto de parresía — la obligación ética de decir la verdad aun a riesgo de la propia vida — fue recuperado por Michel Foucault en  una de sus tantas conferencias[2] y lo evocamos para pensar la ética profesional periodística. El parresiasta no habla para complacer sino para iluminar; no calcula las consecuencias de su franqueza sino que las acepta. En ese sentido, el periodista que investiga el patrimonio de un funcionario, que expone los vasos comunicantes entre el poder y los negocios, que sigue una punta hasta donde lo lleva aunque eso le genere enemigos poderosos, está ejerciendo esa función social que no tiene precio de reposición: la de narrar lo que ocurre aunque a otros les convenga que no se sepa.

Esa es, también, la razón por la que el periodismo molesta. La tensión gobierno-prensa no es un error del sistema democrático, es parte de ella: todo gobierno quiere controlar su narrativa; todo buen periodismo tiende a desafiarla. La diferencia reside en los instrumentos que el poder elige para procesar esa tensión. O habilita el convite aceptando que son parte de las reglas del juego de la democracia o la reprime en nombre de ella.

Construir al enemigo

Señalamos que entre quienes aceptan la crítica y quienes lo combaten en nombre de la batalla cultural, la diferencia no es de grado sino de naturaleza; es decir, se posiciona por fuera de los márgenes de la democracia y asume el antagonismo de quienes buscan delimitar un nosotros y un ellos; entre la “la gente de bien” y “la casta”, que este gobierno busca “eliminar”. En vez de ubicarse en una escala de más o menos democracia, el Presidente adopta un posicionamiento discursivo por fuera de ella; no es lo mismo un presidente que critica una nota periodística por inexacta — lo cual es legítimo y hasta pedagógico para el debate público — y un presidente que llama «pluma mugrosa» a quien

investigó el patrimonio de un funcionario, que llama «basuras inmundas» a periodistas en una plataforma con decenas de millones de seguidores, que publica que «la gente no odia lo suficiente a los periodistas». El emisor no está ejerciendo su derecho a réplica: está produciendo una categoría, una cognición, un marco. Está diciéndole a su audiencia cómo tiene que ver a los trabajadores de prensa y qué es lo que se espera de la sociedad hacia ellos. El modus operandi es el encuadre que el presidente hace de su discurso.

Un análisis del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), citado por el Comité para Proteger a Periodistas (el CPJ por sus siglas en inglés), que procesó 113.649 publicaciones de la cuenta de X de Javier Milei entre diciembre de 2023 y septiembre de 2025 encontró que el presidente se refería de forma recurrente a periodistas como «delincuentes», «ensobrados», «mandriles», «terroristas», enmarcándolos sistemáticamente como parte de la «casta» o como «kukas»[4].

Y para no irnos tan lejos, el pasado fin de semana largo de Pascuas, el diario Perfil dio cuenta que en un solo día publicó más de 80 tuits contra la prensa y retuiteó más de 870, llegando a repostear una publicación que pedía declarar al periodismo como “organización terrorista”[5]. En esta sistematización de ataques hacia la prensa dejan de ser insultos ocasionales: son la repetición constante de una categorización que, en el marco narrativo de «la lucha contra la casta», ubica al periodista crítico del lado de los enemigos de la libertad y del pueblo.

Al cierre de ésta nota, tras un reciente informe de Carlos Pagni en LN+ que daba cuenta de la caída del salario real desde que asumió Javier pseudoentornos cognitivos[6] desde donde interpretar esa parte de la realidad que se señala[7]. Cada vez que el presidente insulta, no solo agrede: convoca a la acción y activa marcos interpretativos ya sedimentados, tanto por las palabras que utiliza como por el contexto en que las enuncia.

En estrategia política, el encuadre permite definir un problema, diagnosticar sus causas, hacer sobre el problema un juicio moral y sugerir un “remedio”[8]: En esta ecuación, el encuadre del presidente oficia como parte de propaganda para sus relacionistas públicos que reproducirán el señalamiento de los enemigos pasibles de ser deshumanizados. Otrora, estuvieron en agenda los docentes universitarios, los médicos, los discapacitados y los jubilados (no es que hayan quedado excluidos del universo de enemigos del gobierno); hoy quienes ofician de “cabeza de turco”[9] son los periodistas que denunciando casos de corrupción, son objeto de este tipo de encuadres.

En todos estos casos, el discurso de odio se impone como antecedente a la violencia institucional: le otorga al sujeto o grupo consignado como indeseable categorías deleznables que lo hacen pasible de cualquier sanción punitiva por parte del Estado. Pero, cuando ese discurso proviene de un jefe de Estado deja de ser un mero insulto o una acción enunciativa que empuja al corrimiento de lo decible: en la voz del mandatario, se transforma en violencia política.

La lógica circular: ante cada denuncia de corrupción, un ataque presidencial

Estamos presenciando procesos de naturalización de la violencia política y la normalización de ciertos sentidos que se difunden y pasan a formar parte del repertorio social de lo decible y de lo hacible. Funciona como arquitectura cognitiva[10] que enmarcan los procesos de pensamiento. En ésta lógica, la violencia política que pregona el gobierno tiene su coherencia interna: cada caso de corrupción que denuncia la prensa se convierte en una «operación» que busca desestabilizar al gobierno y, percibido como una amenaza, el gobierno no hace más que «defenderse». El periodista que investiga y expone los casos de corrupción pasa a ser parte de los que entran en la categoría de «enemigo del gobierno y de la libertad» y por eso «hay que eliminar».  El hostigamiento, entonces, tiene sentido. Es autodefensa; entonces, se configura un circuito en el que denuncia → contraataque presidencial → señalamiento del enemigo → legitimación de la violencia.

Cuando el emisor es el Estado, la violencia es institucional. Cuando el que habla es el presidente, la violencia es política

El emisor, en este caso, no es un ciudadano común enojado con la prensa que replica o insulta por las redes. Es un actor institucional con acceso privilegiado al poder que se erige en el vértice de lo social y establece una voz de mando[11], es el presidente; y como tal, tiene acceso privilegiado a los medios de amplificación más potentes del sistema político: el aparato del Estado. Esa distinción es crucial. Cuando el mandatario de la república llama «basuras inmundas» o “delincuentes malparidos” a periodistas en una plataforma con millones de seguidores, no está produciendo un «discurso de odio» en el sentido de un comentario anónimo en las redes: está poniendo en acto la violencia institucional, con toda la capacidad movilizadora del aparato de comunicación del Estado, y en nuestro caso, grupos de tareas digitales para-estatales. La voz del presidente tiene una función pedagógica: cuando el presidente apunta con la palabra, enseña dónde otros pueden golpear.

En ese sentido, Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) señaló que la prédica de odio promovida por el gobierno y viralizada por redes sociales, puede habilitar la violencia física[12]. No es una especulación teórica: es lo que ocurrió con Grillo. Es lo que ocurre cada vez que un periodista recibe amenazas en sus redes inmediatamente después de ser mencionado por el presidente o su entorno[13].

Un último secuestro, no

El problema no es que el presidente insulte a periodistas. El problema es que esos insultos tienen consecuencias que van más allá del periodista insultado o del medio señalado. Lo que queda es el régimen de la narrativa única, de la versión oficial sin contrastación posible, del poder que habla y del ciudadano que escucha. Porque el poder en sí es un régimen de verdad que instala su mito de gobierno, sus épicas y sus “logros”, que en definitiva, es lo que le interesa. Y es sobre esa verdad que construyen que delimitan quienes son amigos y quienes encarnan al enemigo a vencer.

Como Pablo Grillo y tantos otros periodistas perseguidos y reprimidos por el régimen de Milei. Por eso importa llamar a las cosas por su nombre: asistimos a la puesta en escena de un programa sistemático de hostigamiento institucional que utiliza el aparato del Estado para instalar en el sentido común la figura del periodista-enemigo. Violencia política que en voz del presidente degrada a la democracia y la convierte en un mero simulacro electoral.

La utilización deliberada del aparato estatal para instalar la violencia política trasciende la mera enunciación discursiva y se configura como parte de un dispositivo de guerra cognitiva orientado contra la democracia.  En los ataques contra los trabajadores de prensa, se constituye como mecanismo que parece tener un doble objetivo, por un lado la autocensura del periodismo; y por el otro, tomar por asalto a la ciudadanía: sustituir el valor democrático que deriva del libre ejercicio de la libertad de expresión por una verdad construida que niega las investigaciones periodísticas deshumanizando a los periodistas que denuncian hechos de corrupción vinculados al entorno del presidente (LIBRA, Spagnuolo, el 3%, Adorni). En un claro intento de invertir la carga de la prueba, se desestiman las denuncias de corrupción y se instala la idea de que quienes realmente amenazan a la democracia no son quienes la erosionan desde el gobierno, sino quienes se atreven a denunciarlos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


*Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Docente de la UBA y de la UNDAV, donde se desempeña como profesor de Políticas Internacionales de la Comunicación, co-titular del seminario de Comunicación, Geopolítica y Guerra Psicológica y titular del Seminario TIF de Comunicación Política y Fake News (UBA). Autor y compilador del libro Infodemia (CICCUS). Integrante de la Mutual Manuel Baldomero Ugarte.

 

[1] Michael Foucault define el “milieu” como un medio ambiente construido de forma artificial que le permite al poder manejar las variables que afectan las condiciones de vida de una sociedad; aquí lo utilizamos entendiendo que los discursos de gobierno son parte de esa tecnología de poder que actúa sobre esas condiciones de vida en tanto buscan establecer el entorno cognitivo que hace a la interpretación de la seguridad de la población. Si en Foucault el milieu remite al entorno material producido y gestionado por el poder para modular las condiciones de vida, aquí trasladamos esa lógica al plano discursivo: el gobierno construye un entorno cognitivo que organiza las condiciones de percepción e interpretación social del periodismo.  Foucault, M. (2006). Seguridad, territorio, población: Curso en el Collège de France (1977-1978). Fondo de Cultura Económica. (Especialmente la clase del 11 de enero de 1978, donde desarrolla el concepto de milieu en el urbanismo y la fisiocracia).

[2] Foucault, M. (2017). Discurso y verdad: Conferencias sobre el coraje de decirlo todo (Grenoble, 1982 / Berkeley, 1983) (E. Castro, Ed. lit.; H. Pons, Trad.). Siglo XXI Editores.

[3] Según un informe de FOPEA del 2025, Milei estaba relacionado con el 43% de los ataques en forma de discursos estigmatizantes, ofensas e insultos a periodistas. https://cpj.org/es/2026/01/los-ataques-publicos-del-presidente-milei-y-la-represion-del-gobierno-sofocan-al-periodismo-argentino/.

[5] https://www.perfil.com/noticias/politica/el-fin-de-semana-salvaje-de-javier-milei-en-x-mas-de-900-ataques-al-periodismo-insultos-y-teorias-de-asociacion-ilicita.phtml

[6] Lippmann, W. (2003 -1922-). La opinión pública. Madrid: Langre. Lo que se entiende por pseudo-entorno son las representaciones que el indiviuo construye en función de lo que percibe del entorno, no es la realidad real sino el modo en que es interpretado.

[7] Entman, R. (1993). Framing: toward clarification of a fractured paradigm. Journal of Communication 43, pp. 51-58

[3] Ibid.

[9] Jean m. Domenach. La propaganda política. Eudeba, 3ra edición 1993.

[10] Utilizamos ‘arquitectura cognitiva para nombrar el entramado de marcos, categorías y afectos que organizan la percepción pública del periodismo, cuando estos son diseñados y activados desde el discurso presidencial, en el marco de un milieu construido discursivamente.

[11] Ibid.

[12] https://adepa.org.ar/wp-content/uploads/2025/09/Informe-Asamblea-Pto-Madryn-Libertad-de-Prensa.docx.pdf?utm_source=perfit&utm_medium=email

[13] En el informe citado de FOPEA, se le suman los de Reporteros Sin Fronteras, que en el 2025 ubicó a Argentina en el puesto 87 de 180 países en su Índice Mundial de Libertad de Prensa, y pone a los ataques del presidente como  factor central.

 

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