Hoy, el partido AfD (Alternative für Deutschland) parece ser la última oportunidad de Alemania para no repetir, una vez más, un camino que, en esta ocasión, seguramente la llevaría a su destrucción definitiva.
Desde la creación, en 1949, de la República Federal Alemana, el país estuvo gobernado por un sistema político bipartidista, que de facto se ha alternado en el poder a través de coaliciones lideradas por los democristianos de CDU y SDU (Unión Demócrata Cristiana y Unión Social Cristiana) y los socialdemócratas de SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania).
Entre los cancilleres alemanes pertenecientes a estas dos fuerzas políticas, podemos nombrar a algunos de ellos, como Konrad Adenauer, primer jefe de gobierno tras la fundación de la RFA hasta 1963, Willy Brandt, Helmut Kohl o Angela Merkel, quienes son recordados en occidente como grandes demócratas y estadistas, los cuales contribuyeron a forjar la nueva Alemania pujante, próspera y defensora de los valores occidentales, posterior al nazismo. Sin embargo, como suele ocurrir, la verdad es algo más turbia.
Lo cierto es que, al poco tiempo de la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, los esfuerzos por desnazificar la parte occidental del país fueron perdiendo impulso, debido a las intenciones de aquellos que aún eran aliados de la Unión Soviética, de usar a la futura República Federal Alemana como un ariete en contra de Moscú en una incipiente Guerra Fría.
Más allá de los Juicios de Núremberg, llevados adelante por las potencias aliadas, donde se condenó y ejecutó a gran parte de la cúpula militar y política del régimen nazi, en la práctica, se recicló la enorme mayoría del aparato administrativo, político, militar y de inteligencia que había servido a Adolf Hitler, con la anuencia y la complicidad de los líderes políticos de la “nueva Alemania”.
Esto se puede verificar fácilmente con datos concretos como el artículo 131 de la Constitución alemana de 1949, el cual rehabilitaba y reincorporaba en sus puestos de trabajo de la administración pública, a todos aquellos que habían cesado sus funciones al 8 de mayo de 1945, por razones ajenas a la normativa de la función pública. Este artículo de la Ley Fundamental alemana de 1949, de facto restauraba en sus puestos de trabajo a todos los funcionarios administrativos, policiales y militares que habían sido apartados debido a sus vínculos estrechos, participación y complicidad con el régimen nazi, llegando incluso a restaurar los derechos a recibir pensiones a los que estaban en edad de jubilarse.
De esta manera, todos los estamentos del “nuevo” Estado alemán se volvieron a llenar de los mismos funcionarios nazis que habían sido desplazados cuatro años antes como consecuencia de sus actos, en sectores tan sensibles como el Poder Judicial, la Policía y las Fuerzas Armadas.
Altos mandos de la Wehrmacht, cercanísimos colaboradores de Hitler, pasaron a ocupar la cúpula de la Bundeswehr y luego a formar partes de los mandos supremos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Muchos de ellos fueron asesores directos de Konrad Adenauer, durante cuyo gobierno operó la Organización Gehlen, dirigida por el militar nazi Reinhard Gehlen, quien fuera el jefe de contra-inteligencia de la Wehrmacht en el Frente Oriental, durante la Segunda Guerra Mundial, ejecutando todo tipo de crímenes de guerra contra la población soviética. El mismo Reinhard Gehlen sería el primer presidente del Bundesnachrichtendienst (BND), Servicio de Inteligencia de Alemania Occidental, creado en 1956, manteniéndose al mando hasta 1968. De hecho, el nacionalista ucraniano y criminal de guerra. Stepán Bandera, vivía en Múnich, a resguardo de la justicia soviética que lo reclamaba por sus fechorías, colaborando con la CIA y el BND en la organización de operaciones clandestinas de terrorismo y desestabilización en el territorio de la República Socialista Soviética de Ucrania, hasta que fue ejecutado por sus crímenes, en una operación del KGB, en la mencionada ciudad alemana, en octubre de 1959. Es muy claro que la desnazificación en la RFA fue poco más que una declamación.
Hoy es Alemania uno de los países que más apoya en dinero y armas al régimen nacionalista ucraniano de Volodímir Zelensky, situación que es cuestionada fuertemente y exige que cese de forma urgente el partido Alternative für Deutschland, caracterizado, especialmente en occidente, como una fuerza política de extrema derecha, incluso calificada como “neonazi”.
Esto es una verdadera paradoja, ya que mientras el “democrático” establishment político alemán habla de un “cordón sanitario” para contener a los “extremistas” de AfD, los socialdemócratas y los democristianos apoyan incondicionalmente al régimen de Kiev, destruyendo la economía alemana, al tiempo que argumentan que Ucrania está defendiendo la libertad europea y los valores del viejo continente, mientras Zelensky ordena la reinhumación, con honores de Estado en tierra ucraniana, de criminales nacionalistas y colaboracionistas nazis como Yevghén Konovalets o Andriy Melnyk, y le otorga a la unidad del ejército Centro de Operaciones Especiales del Norte, el nombre “Héroes del UPA”, en honor al Ejército Insurgente Ucraniano, grupo terrorista, paramilitar y colaborador del nazismo, que asesinó de forma brutal a cientos de miles de polacos, entre otros, durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Serán estos los valores europeos de los que tanto habla el canciller Merz?
Por otro lado, líderes de AfD, como Alice Weidel, exigen que se corte toda ayuda económica y armamentística al régimen de Zelensky, aboga por cesar la política hostil hacia Moscú, la reanudación de los vínculos energéticos con Rusia, los cuales habían permitido la competitividad de la industria teutona y la restauración de las buenas relaciones bilaterales que mantenían ambas naciones hasta el golpe de Estado de 2014, auspiciado por EEUU y la Unión Europea en Ucrania.
Ante esta situación y con un canciller como Friedrich Merz, que como un nostálgico del Káiser Guillermo II y de Adolf Hitler, reclama que Alemania debe volver a tener el ejército más poderoso de Europa; talvez sea el partido conservador, Alternative für Deutschland, la única esperanza para que Berlín no vuelva a poner a toda la humanidad en peligro, ya que, si esto ocurre, sin duda esta será la última vez para Alemania, antes de dejar de existir.
*Analista geopolítico, fotógrafo, escritor y conferencista. Autor del libro “La paternidad del mal – Los cómplices de Hitler”. Nominado al premio de la Sociedad Rusa «Znanie» (Российское общество «Знание») como «Educador extranjero del año” (2023). (Knowledge.Prize.). En febrero de 2025, laureado como “Educador extranjero del año”, por la Sociedad Rusa «Znanie» (Российское общество «Знание»), por su labor en favor de la verdad histórica y la lucha contra la propaganda antirrusa en el mundo hispanohablante, durante el año 2024. Embajador en la República Argentina de la Sociedad Rusa «Znanie» (Российское общество «Знание»).
Gentileza de Association “Sovereignty”
*Por Christian Lamesa