Como el Titanic o la ciudad de Pompeya

*Por Pablo López Fiorito 

 

“Los habitantes de Pompeya

creían que cada explosión era la última”

Manuel Ugarte

 

La normalidad como percepción, en un contexto anormal

De alguna manera, el Gobierno lo manifiesta sistemáticamente: no vinieron para dejar las cosas como estaban. Lo dicen a viva voz; los del PRO y el ingeniero Macri eran blanditos, ante cualquier arremetida social se apichonaban. Lo manifiestan y lo hacen: nada los para. Contra los jubilados (“se jubilaron sin trabajar”), contra los discapacitados (“¿por qué toda la sociedad los tiene que sostener?”), contra los universitarios (“adoctrinan”), contra los estatales (“vagos”), contra la industria nacional (“pescan en una pecera”), contra las organizaciones sociales y comedores (“lucran con la pobreza”) y la lista puede ser eterna. Van más allá de las leyes establecidas, no respetan las negativas a los vetos, no respetan las decisiones judiciales.

No respetan a la sociedad en general. Solo respetan a los que se benefician con el modelo actual; el resto que se curta. La democracia, para este Gobierno, se vincula solo con el sufragio; el resto de los mecanismos, el respeto de la división de poderes y demás, no son a considerar. Pero es cierto que este Gobierno, que no entendía cómo funcionaba el Estado, nunca manifestó su apreciación por las formas de este ni por cómo funciona la democracia. Porque justamente este Gobierno ganó las elecciones porque la democracia no funcionaba para resolver los problemas diarios por los que atraviesa la ciudadanía argentina. ¿Es un problema solo de la Argentina? No, pero mal de muchos, consuelo de zonzos. La democracia debe cambiar; si se transforma solo en electoralismo, el Gobierno tiene serias oportunidades de reelegirse en el 2027.

La democracia solo como electoralismo 

Cuando la democracia solo es electoralismo, solo se define con dos o tres semanas de elección. Luego no se resuelven las demandas que llevaron al candidato al poder o, en este caso, se lleva adelante el programa que se prometió: ajuste y sacrificio necesarios para salir de la crisis estructural a donde nos llevó “la política”. Donde dice “política” podría decir democracia; también podría decir entidades intermedias (sindicatos, universidades, organizaciones sociales) que prometen algo que no cumplen. O que, mejor dicho, lo cumplen en forma relativa.

Es decir, eso podría habilitar para decir que no funcionan, porque, de acuerdo con cómo se los mire y de acuerdo con la experiencia vital de cada individuo, para algunos sirve, para otros no. Y lo que fue pasando es que, cada día más, dejó de “funcionar” —podría utilizar también la palabra “contener”— a una parte significativa de la población. Dicha parte acompañó a Javier Milei en esta aventura que habla de democracia, de instituciones, de facilitarle la vida a los individuos, pero no hace nada de ello. Como dijo el presidente: “Amo ser el topo dentro del Estado; yo soy el que destruye el Estado desde adentro”. Sacando la palabra Estado, uno podría decir democracia y/o república. ¿Dónde están los demócratas y/o republicanos de bien para defender las instituciones frente a tal terrible andanada? ¿Qué herramientas les quedan si este Gobierno no respeta las leyes ni la justicia? ¿Qué herramientas les quedan si el Gobierno no escucha las demandas de los que no comparten su programa?

Gobierno expropiador 

El Gobierno libertarista adjudica el carácter expropiador solo a los gobiernos populistas y/o socialistas; todos, en su léxico, son comunistas. Pero, como ya venimos indicando en otros artículos, la riqueza social que se produce en la Argentina se distribuye de alguna manera. El Estado funciona como canalizador de esa riqueza y la distribuye para algún lado en detrimento de otro. Esa distribución quita recursos a algunos sectores y los envía a otros. Este Gobierno funciona, ya que le gusta pensar en herramientas de tareas domésticas, como una aspiradora: retira de los sueldos de la mayoría de los argentinos (70 % mínimo) para poner en los bolsillos de una minoría, que son los únicos que se benefician con este modelo económico.

Quita impuestos a las grandes riquezas, pero no quita el IVA ni el impuesto a “las ganancias” a los trabajadores; pero sí les quita impuesto a los consumos suntuarios y/o genera exenciones de impuestos. O sea, ideologiza la distribución de la riqueza: considera que es mejor que los que tienen más, tengan más para generar riqueza y eso les llegará a los que menos tienen. O, mejor dicho, solo hay que hacer que los que tienen, tengan más; el resto no importa. ¿Pero entonces cómo es que esas mayorías no encuentran una forma de manifestar el descontento y condicionar las medidas de Gobierno? ¿Será que las mayorías se convencieron de que ellos tienen que hacer el sacrificio? ¿O será que el Gobierno ganó la batalla cultural?

Lo nuevo que no acaba de nacer, lo viejo que no muere

Hay una experiencia individual que atraviesa a todos los sectores sociales, y es que todo lo que existía antes de Milei va a seguir existiendo. Que, de alguna manera, todo lo que generó la sociedad argentina el siglo pasado y principios de este va a perdurar frente a todo. Que, a lo sumo, hay que esperar que pase este Gobierno. Pero lo que no se percibe es que, mientras se espera, las condiciones de todos los sectores que están aguantando empeoran y llegan a situaciones críticas. El endeudamiento puede describir claramente la situación: la forma de resolver nuestras necesidades es a través de bancos, billeteras virtuales y/o prestamistas.

La forma de resolver el desempleo es a través de alguna aplicación de delivery y/o de remis. No hay entidad colectiva y/o comunitaria que pueda demandar, que pueda defender las condiciones de vida de todos; solo sobrevivimos en términos individuales. Entre la mirada de que todo va a seguir igual, va a sobrevivir a la catástrofe liberalista, y el intento de resolución de los problemas sociales y económicos por los que atravesamos en términos individuales, son la explicación “lógica” de por qué este Gobierno aún goza de una tranquilidad político-social increíble para el modelo de país que aplica.

Gobierno de excepción 

Como lo remarcamos en otra nota, el Gobierno actual es un gobierno de excepción, porque lo que estamos viviendo es una transición: la sociedad que fue ya no será, pero seguimos manejándonos como si fuera. Javier Milei y su séquito fueron buena representación de ese momento. Buena representación para ese momento para los sectores concentrados de la economía, pero todos descubren que su bestialidad deja afuera “más gente” de la que debería. Y es que, como está planteado el capitalismo actual, el modelo de Milei es el modelo que va: las medias tintas fracasan (Macri dixit).

Quien pretenda gobernar para las mayorías (que nunca implica no gobernar también para las minorías) tendrá que saber que, como Javier Milei, no es posible revertir lo realizado por el Gobierno actual; o sea, mejorar las condiciones de las mayorías populares respetando el orden establecido. Esa es la triste verdad para aquellos que añoran volver atrás. Solo hay que imaginar qué implican las ideas de democracia y república en estas nuevas condiciones y transformar el sistema como hoy lo conocemos. Si no, como en el Titanic y/o como los habitantes de Pompeya, vamos a ser observadores de la tragedia argentina.

 

 

A mi gran amigo Fabián Schivo

 


* Docente en la UNDAV y en la UBA, miembro de la Mutual Manuel Baldomero Ugarte

 

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