Durante mucho tiempo, después de terminada la Segunda Guerra Mundial, las derechas públicamente se autopercibieron de centro, tratando de distanciarse, no por diferencias ideológicas, éticas o morales, sino por mero pragmatismo político, de lo que sus camaradas alemanes, italianos y japoneses habían hecho entre 1939 y 1945.
Al parecer, el mundo todavía no estaba preparado para digerir aquellos procesos que, con diferentes nombres, conducían al mismo lugar: la muerte. Con esa meticulosidad tan teutona, los nazis dispusieron estrategias para exterminar a todo lo “no ario”, como el Generalplan Ost, un plan estratégico con el que se pretendía la colonización de Europa oriental y, con el consecuente, el exterminio de millones de eslavos; el Aktion T4, que era un programa de muerte asistida para acabar con sus propios discapacitados físicos y mentales; el Pharrajimos, “devoración” en romani, que se concentraba en las tribus gitanas; y, por último, el más conocido, la Endlösung der Judenfrage (Solución final de la cuestión judía).
Aunque las persecuciones también cayeron en todos aquellos sectores sociales que se consideraban ética y estéticamente superiores, tal como se auto ve el actual presidente de Argentina, en las constantes redadas de la Gestapo o la Kriminalpolizei, popularmente Kripo (policía criminal), también cayeron testigos de Jehová, homosexuales, religiosos disidentes, comunistas, socialistas, englobados bajo el término Gemeinschaftsfremde, literalmente “extraños a la sociedad” o simplemente asociales.
Entrar en consideraciones si existe moderación en las derechas es una pérdida de tiempo; ya está demostrado a lo largo de la historia que las derechas son siempre moderadas, hasta el momento exacto en que necesitan dejar de serlo y entonces todos estamos en peligro, pasando a ser gemeinschaftsfremde.
Pensemos, si no, en las ejecuciones de la señora Renée Good, una peligrosa poeta y madre, o en la del señor Alex Pretti, otro asocial, que tuvo la osadía de interrumpir a los miembros del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos) cuando molían a golpes en el piso a una anciana durante las protestas de enero pasado en la ciudad de Minneapolis (Ver: El magnicidio de Minnesota). A estas dos víctimas hay que sumarlas a otros catorce que murieron esperando sus deportaciones, ya detenidos por la Kriminalpolizei de Trump.
La pregunta es cómo se permitió, desde la victoria del Ejército Rojo sobre el Tercer Reich, que, en estos ochenta y uno años, aquellos “pudorosos” centristas hoy recuperen sus discursos de odio, sus mismas iconografías y, sin la corrección que imponían los encuadres majestuosos de Leni Riefenstahl, se declaren descaradamente fascistas.
Es verdad, hicieron algunos retoques cosméticos a sus principios; ya el enemigo no son aquellos untermensch (subhumano) o judenschwein (cerdo judío). Ya que estos últimos por fin ingresaron al club de los genocidas después de haber asesinado millones de palestinos desde 1947, quizás todavía los seis, pero para esto solo es cuestión de tiempo.
Ya despojados los jude de su condición de subhumanos, ahora los enemigos chivos emisarios pasaron a ser moros, sudacas o simplemente negros. Término que, quizás, por su brevedad y su musicalidad, ha tomado una contundencia lingüística que le permite cubrir un gigantesco abanico de desangelados alrededor del mundo.
La sodomización de Europa
Europa no ha tomado conciencia todavía de que ya hace tiempo no solo se le ha diluido su poder colonial, sino que, poco a poco, desde 2010, se va convirtiendo en el patio trasero de los Estados Unidos y, según sea el mandante en la Casablanca, esa condición de simple amanuense puede transformarla, como en la actualidad con Trump, en objeto de constante sodomización, que pondría a temblar al mismísimo Jean Genet.
Víctima de su pasado colonial, particularmente Francia y el Reino Unido debieron hacerse cargo de millones de antiguos súbditos que las locuras armamentísticas del Departamento de Estado, en África, Medio Oriente y el continente asiático, a donde también tuvieron que acompañarlo los europeos, expulsaron a cerca de cuarenta millones de personas, tras convertir sus lugares en focos de conflictos permanentes.
Quizás los fenómenos más emblemáticos de estas operaciones terroristas de los Estados Unidos han sido las invasiones a Irak (2003), Afganistán (2001), Libia (2011) e, incluso, Ucrania, que desde 2022 debe afrontar la operación especial rusa para contener los avances contra su territorio de la OTAN, obviamente articulados por la Casablanca. Y que, desde hace cuatro años, manda a la cama a los 750 millones de europeos con el temor de despertar al otro día en medio de un holocausto nuclear.
Lo mismo se está replicando en muchos países de América Latina: Chile, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Paraguay, Costa Rica y Argentina, desde donde escribo y donde estos cambios se viven a diario con millones de hambreados, miles y miles de fábricas cerradas y los aparatos de represión cada día mejor preparados. Mientras la población en general se encuentra sumergida en la misma confusión mental de su presidente, se me ocurre parafrasear a Carlos Marx y suspirar profundo y en silencio para que mi vecino no me escuche: Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del fascismo.
*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.
*Por Guadi Calvo 