Por Redacción
En 1948, la administración estadounidense de Harry Truman intentó comprar la isla de Groenlandia; Dinamarca no aceptó. No obstante, durante el año 1951, ambos países llegaron a un acuerdo estratégico: Estados Unidos podía aumentar en número de bases y de militares en la isla. El objetivo estaba relacionado con el control de “aterrizajes, despegues, fondeaderos, amarres, movimientos y operaciones de barcos, aviones y embarcaciones”.
Con ese antecedente, Donald Trump vuelve a la carga para quedarse con un enclave geopolítico clave para la disputa global en los marcos de la guerra económica. Las intenciones estadounidenses dinamitan internamente a la OTAN. Para la administración republicana, la alianza conforma un escollo para los intereses de Estados Unidos y, más allá de que Trump está decidido a impulsar un nuevo proyecto civilizatorio para Occidente, su avanzada puso en alerta a viejos aliados.
No obstante, es necesario comprender que, más allá de los enunciados y las actitudes beligerantes de Trump, lo que subyace es el desplazamiento global de la guerra tecnológica con China. En esta partida, Silicon Valley y su oligarquía en ascenso juegan un papel determinante. La relación estrecha con el mandatario republicano le permite presionar al gobierno para avanzar con el programa “Freedom City” en Groenlandia.
Peter Thiel, Marc Andreessen, Bill Gates, Jeff Bezos y Sam Altman son algunos de los oligarcas tecnológicos que sostienen el multimillonario proyecto. La idea es instalar un enclave de punta, con alta tecnología, para desarrollar tanto inteligencia artificial como vehículos autónomos y plataformas de lanzamientos espaciales. Groenlandia es un territorio con vasta extensión de minería en tierras raras y níquel. Al mismo tiempo, abarca nuevas rutas marítimas descubiertas tras el deshielo.
Desde 2019, la empresa KoBold Metals, relacionada y sustentada por Bill Gates y Jeff Bezos, en conjunto con otros oligarcas, explora la isla a través de algoritmos de aprendizaje automático. El objetivo, extendido en el tiempo, es que la isla se convierta en proveedor estratégico de recursos tecnológicos y, al mismo tiempo, sea una plataforma de experimentación digital. Esto le permitiría a Estados Unidos desembarazarse de la dependencia con China, lo cual, del mismo modo, implica ponerle un freno a su expansión.
Si Trump avanza, Groenlandia se puede transformar en un experimento geopolítico donde la oligarquía tecno-capitalista expanda su poder a nivel global. De este modo, las empresas tecnológicas se convierten en agencias de seguridad nacional, al mismo tiempo que van a poder acceder de manera privilegiada a la explotación de recursos y de territorios. No obstante, la seguridad global y la soberanía productiva se redefinen por medio de un nuevo proyecto civilizatorio. No es casual, entonces, que Trump reedite su propia versión de la Doctrina Monroe.
La disputa por Groenlandia no responde a arrebatos emocionales de Trump. Su gestión, junto a sus socios oligarcas, tiene como misión que el Ártico sea el enclave territorial para una nueva Silicon Valley. Obviamente, este proyecto implica una disputa directa con China, pero también con una Unión Europea demasiado atada a los designios de Washington. La primera ofensiva de esta avanzada geopolítica y geoeconómica se vio en Venezuela. Ahora, la disputa se puede profundizar en la isla que, por el momento, le pertenece a Dinamarca.