Distraídos por el complejo contexto internacional que va desde la tensión instalada en Ormuz, el genocidio sionista de Gaza y Líbano; la indefinición de la Operación Especial rusa en Ucrania, el fallido minué de Trump en Beijing y la extensión de las guerras en África, que se extienden por el Sahel, Sudán, la República Democrática del Congo y amenazan con volver a incendiar Sudán del Sur. La crítica situación respecto a la seguridad en Somalia parece haber perdido preeminencia, solo en los titulares de los medios, pero sus guerras y crisis alimentarias y climáticas siguen allí, tan activas como desde hace ya treinta años.
Somalia, el epítome del Estado fallido, continúa profundizando su deterioro militar y político, mientras al-Shabbab, el grupo tributario de al-Qaeda para el Cuerno de África, con su extraordinaria capacidad de reinventarse constantemente, sigue activo en gran parte del país. Desafiando no solo las operaciones del ejército del presidente Hassan Sheikh Mohamud, quien, tal como lo hizo en su anterior periodo (2012-2017), llegó otra vez al poder en 2022, prometiendo exterminar a las milicias integristas, que siguen tan activas como siempre.
Al-Shabbab, además, resiste las espasmódicas operaciones aéreas de los Estados Unidos, que cada tanto recuerda que allí, a las puertas del estrecho de Bab el-Mandeb, el crucial paso del golfo de Adén al mar Rojo, tienen un problema de envergadura, quizás no tanto, por ahora, como en Ormuz, pero frente a cualquier escalada igual de vital para el comercio internacional.
Desde 1991, Somalia no consigue articularse como un verdadero Estado, que tenga control sobre todo su territorio, llegando en muchas oportunidades desde entonces a tener presencia apenas en torno a Mogadiscio, su capital, y así todo no dejan de ser frecuentes los ataques y atentados en el interior de la ciudad, contra blancos estatales y civiles, particularmente contra hoteles, donde se alojan funcionarios extranjeros. Operaciones que se convirtieron en el sello de agua de al-Shabbab.
La fragmentación constante del poder estatal que recae bajo el control de clanes, señores de la guerra, milicias regionales de autodefensa, sumado al desembarco de múltiples operaciones militares extranjeras, ordenadas por Naciones Unidas o la Unión Africana, que en muchos casos han operado autónomamente de Mogadiscio, cometiendo abusos contra la población civil, operando más como una fuerza de ocupación que como un ejército aliado.
El país además se ha convertido en un escenario permanente de disputas geopolíticas. La presencia estadounidense, turca y de los Emiratos Árabes Unidos, sumados a la acechante presión de Etiopía por el oeste y de Kenia por el sur, con la excusa de contener las khatibas terroristas, van parcelando el control y la autoridad en sus fronteras, a lo que se le suma la creación de estados pretendidamente independientes como los de Puntlandia y Somalilandia. Ninguno de estos enclaves norteños había sido reconocido por ningún otro país, ni por las Naciones Unidas, aunque en diciembre de 2025, con la intención de ganar presencia en la región tan disputada, Israel reconoció oficialmente a Somalilandia, por lo que acaban de anunciar el envío de embajadores y que Somalilandia abrirá su representación en la ciudad santa de al-Quds (Jerusalén), poniéndose prácticamente en contra de todas las naciones árabes que se acaban de expresar en comunicado. La Liga Árabe “condena la decisión de la región “somalí” de Somalilandia de abrir una embajada en Jerusalén”, reclamando esfuerzos para enfrentar el acercamiento entre el enclave sionista y la región rebelde de Somalilandia.
En este contexto revulsivo de la nación del Cuerno de África, al-Shabaab no solo sigue manteniendo el control de extensas áreas del centro y sur del país, sino que continúa con la infiltración de instituciones estatales regionales, redes comerciales y estructuras clánicas, cobrando impuestos, administrando justicia y controlando las rutas comerciales. Mientras sus “operaciones militares” continúan con su conocida capacidad para llegar a ejecutar ataques en el corazón de Mogadiscio, lo que lo convierte en una de las más activas milicias de al-Qaeda en el mundo, a diferencia de la franquicia del Daesh, que se ha instalado en el norte, hace un par de años no logra permear en la región, ni socavar la escasa presencia de poder estatal o en los núcleos urbanos, para ganar la voluntad de sus habitantes.
De hecho, la llamada guerra contra el terrorismo en Somalia ha terminado convirtiéndose en un laboratorio militar internacional, donde tanto los Estados Unidos, con sus operaciones aéreas, utilizando drones y fuerzas especiales, ensayan estrategias sin consolidar una verdadera solución. Se limitan a atacar algunos campamentos de los insurgentes, localizar columnas en pleno movimiento, sin mayores aciertos, sostener al ejército somalí y defender algunas estructuras portuarias.
Otra oportunidad para los piratas
La falta de resultados prometidos por el gobierno de Sheikh Mohamud ha profundizado su dependencia de actores externos. Ni mucho menos acertó con modificar el equilibrio estratégico. Por lo que la presencia de aliados extranjeros junto a las Fuerzas Armadas de Somalia concentra sus mayores esfuerzos, con poco éxito en mantener a la capital fuera del alcance de los muyahidines y garantizar al menos formalmente cierta institucionalidad.
Lo que Occidente tiene en cuenta es que Somalia, por su posición geográfica, se ha convertido en una pieza estratégica fundamental en el control del mar Rojo y el océano Índico, amenazado por los misiles y drones houthíes yemeníes, que cuentan con la posibilidad de cerrar Bab el-Mandeb, del que están a tiro de piedra.
En este descontrol en el que ni Somalia ni sus aliados logran poner en caja a al-Shabbab, reduciendo un conflicto histórico, social y geopolítico a una simple lucha contra “terroristas” que no prospera solo por fanatismo, sino también por el fracaso sistemático de las élites corruptas nacionales y la utilización para su ventaja de las potencias extranjeras, que han intervenido desde hace décadas sin la intención verdadera de colaborar para la construcción de un Estado fuerte con instituciones legítimas, que puedan de una vez resolver las causas estructurales de su colapso.
Y es en ese colapso que, debido a la falta de vigilancia, también sus costas se han convertido en una oportunidad para la piratería, que bien opera desde hace años, pese al control directo establecido por la Unión Europea, con la fuerza naval de la Operación Atalanta, pesimamente estructurada, ya que una sola nave militar de origen española tiene a cargo el control de más de los tres mil kilómetros de costa somalí.
Desde comienzo de año, e intensificada por la crisis de Ormuz, la piratería ha resurgido en proximidades de la costa somalí, bañada por el océano Índico y en el golfo de Adén; se han registrado catorce ataques desde comienzo de año, ocho de ellos desde mediados de abril. Si bien todavía están lejos de las marcas alcanzadas entre 2008 y 2012, en que se registraron más de 600 ataques, que significaron la pérdida de 400 millones de dólares. En este rebote de la piratería es que algunas agencias de seguridad marítima europeas han elevado los niveles de alerta a grave, recomendando a los buques navegar con precaución frente a las costas somalíes y reportar cualquier anormalidad.
Desde abril, dos buques se encuentran bajo el control de los piratas. El día 21 de abril, fue secuestrado el petrolero Honour-25, con casi una veintena de tripulantes, con bandera del archipiélago de Palaos del Pacífico sur, que transportaba 18.500 barriles de petróleo. Cinco días más tarde fue capturado el carguero Sward, con bandera de San Cristóbal y Nieves del mar Caribe, que transportaba cemento desde Suez (Egipto) al puerto de Mombasa (Kenia).
Ambas embarcaciones se localizan en un “santuario” pirata, en cercanías de la costa somalí, por lo que se están negociando con los armadores la liberación de las tripulaciones y el rescate de las naves. La última captura importante se había ejecutado contra el Abdullah en 2024, un granelero que navegaba con bandera bangladesí, cuya liberación costó cinco millones de dólares.
La captura del Honour-25 ha disparado nuevamente la actividad de la piratería, único recurso que les ha quedado a los antiguos pescadores, cuya actividad ha entrado en crisis por la extinción de los bancos de pesca, debido al incremento del tráfico marítimo, pero sobre todo a la sobreexplotación de estos caladeros de embarcaciones provenientes de Asia y Oriente Medio, que pescan infringiendo las normas internacionales, aprovechando la incapacidad del “Estado” somalí para ejercer la autoridad sobre sus zonas exclusivas.
Según las autoridades europeas, los piratas están divididos en tres organizaciones diferentes que cuentan, cada una, con especialistas en la captura, la negociación del rescate y la vigilancia del barco y su tripulación detenida.
Combatir la piratería es extremadamente oneroso para las navieras, las que han debido contratar antiguos mercenarios, proveer de armamento, lo que, sumado al aumento de los combustibles, previo al cierre de Ormuz, según cálculos realizados en 2024, elevó el costo para el control de la piratería marítima mundial en aquel año a 6.600 millones de dólares. Cifra que mantendrá por muchos años más la presencia de muyahidines y piratas en Somalia.
* Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.
*Por Guadi Calvo 