Personas en situación de calle: «el deterioro social hoy es mucho peor que en 2003»

Por Redacción

El estudio «Trayectorias de situación de calle prolongada y consumos de sustancias», elaborado por Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina, reveló que las personas en situación de calle atraviesan trayectorias de vulnerabilidad que comienzan mucho antes de la pérdida del hogar y que se profundizan con violencia familiar, pobreza, interrupciones educativas, rupturas vinculares, institucionalizaciones reiteradas y consumos problemáticos.

l trabajo, desarrollado por las investigadoras Milagros Dolabjian, psicóloga y becaria doctoral del CONICET y Solange Rodríguez Espínola, , doctora en Psicología, docente e investigadora de la UCA y coordinadora del área de Capital Humano y Bienestar del ODSA, reconstruyó las experiencias de personas que viven hace años en la vía pública y mostró que la llegada a la calle no respondió a un único acontecimiento.

Las historias analizadas dieron cuenta de procesos prolongados de desafiliación en los que se fueron debilitando los soportes familiares, sociales e institucionales necesarios para sostener las condiciones de integración. Uno de los hallazgos centrales del estudio fue la denominada “puerta giratoria institucional”, un circuito en el que las personas alternan entre la calle, paradores, hospitales y cárceles sin lograr interrumpir las condiciones que sostienen su vulnerabilidad. Asimismo, La violencia intrafamiliar ocupó un lugar recurrente en las trayectorias estudiadas. Los relatos recogieron experiencias de agresiones físicas y psicológicas, violencia de género y, en algunos casos, abuso sexual.

Estas situaciones están relacionadas con posteriores procesos de sufrimiento psíquico, ruptura de vínculos, consumo de sustancias y alejamiento de los espacios familiares. La permanencia en la calle profundizó ese deterioro y generó nuevas formas de exclusión. Las personas entrevistadas describieron una vida atravesada por el miedo, la inseguridad, las pérdidas y la precariedad, pero la calle apareció en sus relatos con una dimensión contradictoria: fue un espacio de sufrimiento y amenaza, pero en determinados casos permitió construir vínculos, estrategias de supervivencia y formas de pertenencia.

Dolabjian, explicó que “las personas no solo ‘caen en la calle’, sino que reiteradamente van intercalando apariciones en paradores, centros hospitalarios y cárceles. Así se consolida un circuito de caídas y recaídas del que resulta muy difícil salir”. Asimimso, la especialista, señaló que «la gente suele pensar de manera recortada. Como si todas las personas que están en situación de calle llegaran a esta circunstancia por un consumo problemático, por la pobreza o porque simplemente se fueron de su casa. No se comprende que se trata de experiencias e historias de vida complejas».

El documento del ODSA-UCA definió estas trayectorias como procesos acumulativos de vulnerabilización, en los que confluyeron distintas formas de exclusión a lo largo del tiempo. La investigación registró consumos prolongados de pegamento, alcohol, marihuana, cocaína, pasta base, psicofármacos y otras sustancias, asociados a distintas formas de afrontamiento del sufrimiento, regulación emocional, pertenencia grupal y tolerancia de las condiciones de vida en la calle. La investigación señaló que el consumo de sustancias no puede ser entendido únicamente como la causa o la consecuencia de la situación de calle. En los relatos el uso de drogas emergió asociado a la necesidad de afrontar experiencias traumáticas, disminuir la angustia, la tristeza, la frustración y la desesperanza, adaptarse a condiciones extremas de vida y sostener determinados vínculos.

Las historias analizadas mostraron que el sufrimiento psicosocial atravesó las distintas etapas de estas trayectorias. La soledad, la angustia, la culpa y la desesperanza aparecieron relacionadas con pérdidas acumuladas, rupturas familiares y dificultades persistentes para acceder a condiciones estables de vida. El trabajo del ODSA-UCA identificó, sin embargo, procesos de recuperación y reconstrucción subjetiva. Esos recorridos estuvieron relacionados con la aparición de vínculos significativos, el acompañamiento comunitario e institucional, experiencias de reconocimiento y la posibilidad de recuperar proyectos de vida. Las investigadoras señalaron que esos procesos no siguieron una trayectoria lineal y estuvieron atravesados por avances, retrocesos y riesgos de recaída.

Al mismo tiempo, Dolabjian explicó que “las mujeres demuestran vulnerabilidades, cercanía y apoyo entre ellas al momento de relacionarse en la calle. En los hombres, en cambio, se descubre una identidad más callejera que les impide la cooperación. Mientras los varones tuvieron experiencias en el circuito carcelario, las mujeres manifestaron que habían sido víctimas de situaciones de abuso, violencias y maternidad no deseada”. Agregó que «estar en situación de calle es participar de un ámbito de exclusión extrema, probablemente la situación de mayor vulnerabilidad que existe en la civilización. A pesar de todo, es posible detectar ciertas miradas positivas y de optimismo por revertir el presente».

Según los datos citados en el trabajo, 5176 personas en situación de calle en la Ciudad de Buenos Aires y 9421 entre 19 provincias, de acuerdo con relevamientos oficiales mencionados en el documento. Estas cifras muestran la dimensión cuantitativa del fenómeno, aunque las entrevistas buscaron reconstruir las experiencias concretas que quedan ocultas detrás de los registros estadísticos.

Rodríguez Espóndola, remarcó que «hay toda una cuestión política en torno a qué y cómo revertir esta situación, y una mirada social muy crítica. Están los que piensan que ‘cada quien tiene lo que se buscó’, y una perspectiva, quizás más proteccionista, que ve en el Estado al actor que debe encargarse de contribuir a resolver el problema. Para poder hacer un cambio real, es necesario hacer un diagnóstico de la situación. Comprender es lo que más nos acerca a poder intervenir de manera más precisa».

Por otro lado, aclaró que el trabajo es «una mirada de lo que sucede en nuestro territorio, con todas las particularidades del caso. Queremos entender qué es lo que pasa, por qué esas personas padecen lo que padecen. Se ha observado que las políticas públicas implementadas no funcionan si se piensa en la problemática de manera descontextualizada».

El trabajo comparó, a partir de una investigación previa de Dolabjian, las condiciones observadas en 2003 con las registradas en 2025 y encontró una percepción de menores posibilidades de movilidad social ascendente entre las personas que atravesaban la situación de calle en el período más reciente. En ese recorrido histórico, la investigadora sostuvo: “Pese a que Argentina venía de la crisis del 2001, el deterioro social hoy es mucho peor que en 2003”.

La investigadora concluyó: «las políticas públicas en este ámbito deben ser integrales y no quedarse solamente en lo sanitario y lo habitacional. Es fundamental que se trabaje sobre la capacidad de recrear vínculos, los espacios terapéuticos, el apoyo comunitario, las posibilidades de trabajo. Desde el Observatorio, nos parece muy importante visibilizar las necesidades de toda la población, y más aún de los grupos más excluidos y vulnerados».

El aporte central de la investigación consistió en mostrar que la situación de calle de larga permanencia no comenzó cuando una persona quedó sin vivienda, sino que fue el resultado de una historia previa de vulnerabilización y exclusión que se profundizó con el paso del tiempo. Los consumos problemáticos formaron parte de ese proceso, pero las trayectorias analizadas mostraron que no podían explicar por sí solos la permanencia en la calle.

 

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