Hace pocos días volvimos sobre Malvinas para preguntarnos cuánto de aquella causa nacional permanece todavía en ese subsuelo de la Patria que, aun después de tantos años, parece emerger cuando menos se lo espera. Pero aquella reflexión dejó abierta otra pregunta que quizás sea bastante más incómoda: si estamos convencidos de que las Malvinas son argentinas, ¿qué Nación estamos construyendo para ejercer efectivamente esa soberanía?
Porque reclamar un derecho y disponer del poder necesario para hacerlo valer no son exactamente la misma cosa. Podemos sostener diplomáticamente nuestra posición, recordar cada 2 de abril a quienes combatieron, afirmar que las islas son argentinas y comprobar que esa causa continúa profundamente arraigada en nuestro pueblo, pero si al mismo tiempo debilitamos la industria, el trabajo, la ciencia, la tecnología y las capacidades materiales sobre las cuales debería apoyarse una política seria de Defensa Nacional, tarde o temprano tendremos que preguntarnos qué significa realmente ejercer soberanía.
La pregunta tampoco es nueva. El 10 de junio de 1944, mucho antes del 17 de Octubre y cuando todavía no existía el peronismo tal como después lo conoceríamos, el entonces coronel Juan Domingo Perón inauguró en la Universidad Nacional de La Plata la Cátedra de Defensa Nacional con una conferencia que, ochenta y dos años después, conserva una actualidad difícil de ignorar. Pero antes de hablar de ejércitos, armamentos, industrias, economía o finanzas, Perón decidió comenzar con San Martín.
“En fin, a nombre de vuestros propios intereses, os ruego que aprendáis a distinguir los que trabajan por vuestra salud, de los que meditan vuestra ruina; no os expongáis a que los hombres de bien os abandonen al consejo de los ambiciosos; la firmeza de las almas virtuosas no llega hasta el extremo de sufrir que los malvados sean puestos a nivel con ellas; y desgraciado el pueblo donde se forma impunemente tan escandaloso paralelo”. [1]
“Palabras eternas las del Gran Capitán”, afirma Perón inmediatamente después de reproducirlas. Y quizás deberíamos detenernos un instante en esta elección, porque si para explicar la Defensa Nacional Perón entendió necesario comenzar recordándonos que debíamos aprender a distinguir entre quienes trabajan por la salud de la Patria y quienes meditan su ruina, reducir después aquella exposición a una simple discusión sobre presupuesto militar sería perder buena parte de su verdadero significado.
La defensa nacional no es solamente un problema milita
El título de aquella conferencia era “Significado de la Defensa Nacional desde el punto de vista militar”, pero una de las primeras cosas que hace Perón es advertir que las propias palabras “Defensa Nacional” podían inducir a pensar que se trataba de un problema cuya solución incumbía únicamente a las Fuerzas Armadas. Su respuesta fue exactamente la contraria.
“La realidad es bien distinta. En su solución entran en juego todos sus habitantes; todas las energías, todas las riquezas, todas las industrias y producciones más diversas; todos los medios de transporte y vías de comunicación, etc., siendo las fuerzas armadas únicamente […] el instrumento de lucha de ese gran conjunto que constituye ‘la Nación en armas’”. [2]
Perón utiliza después una imagen extraordinariamente sencilla para explicarlo: un país en lucha puede representarse mediante un arco con su flecha apuntando hacia un objetivo. Las Fuerzas Armadas constituyen la punta, mientras que la flecha, la cuerda y el arco representan a la Nación entera, “hasta la última expresión de su energía y poderío”.
La comparación resulta todavía más interesante cuando la trasladamos a Malvinas. Podemos discutir legítimamente cuántos aviones necesita nuestra Fuerza Aérea, qué capacidad naval debe recuperar la Armada o cuánto debe invertir el país en sistemas de armas modernos, pero detrás de cualquiera de esos instrumentos existe necesariamente una estructura económica, industrial, científica y humana capaz de sostenerlos.
Y es precisamente allí donde la conferencia de 1944 adquiere una actualidad que debería incomodarnos.
La industria como parte de la defensa
Perón no llega al problema industrial por casualidad ni porque estuviera desarrollando una teoría económica separada de la cuestión militar. Llega a la industria porque, al analizar concretamente las posibilidades argentinas de sostener una guerra moderna, concluye que nuestro aparato productivo constituía un punto crítico de la Defensa Nacional.
Observa entonces una economía que durante décadas había descansado fundamentalmente sobre productos agropecuarios con escasa elaboración, materias primas que salían del país para ser transformadas en el extranjero y regresar posteriormente como productos manufacturados, generando riqueza, industria y trabajo fuera de nuestras fronteras.
Y utiliza como ejemplo algo directamente relacionado con la Defensa:
“Hemos gastado en el extranjero grandes sumas de dinero en la adquisición de material de guerra […] y todo ese dinero ha salido del país sin beneficio para su economía, sus industrias o la masa obrera que pudo alimentar”.
“Una política inteligente nos hubiera permitido montar las fábricas para hacerlos en el país, las que tendríamos en el presente, lo mismo que una considerable experiencia industrial; y las sumas invertidas habrían pasado de unas manos a otras: argentinas todas”. [3]
La cuestión excedía además al material estrictamente militar. Perón extendía el mismo razonamiento a las maquinarias agrícolas, al transporte terrestre, fluvial y marítimo y a prácticamente cualquier actividad económica que contribuyera al desarrollo de capacidades propias. No proponía una Argentina aislada del mundo ni pretendía que nuestro país fabricara inmediatamente aquello para lo cual todavía no poseía capacidad. Planteaba algo bastante más razonable: aprender, incorporar tecnología, formar técnicos, desarrollar trabajadores y construir progresivamente aquello que necesitábamos.
Por eso, inmediatamente después de hablar de las fábricas, habla de los argentinos que deberían hacerlas funcionar.
“Los técnicos argentinos se han mostrado tan capaces como los extranjeros. Y si alguien cree que no lo son, traigamos a éstos, que pronto asimilaremos todo lo que puedan enseñarnos”.
“El obrero argentino, cuando se le ha dado la oportunidad para aprender, se ha revelado tanto o más capaz que el extranjero”. [4]
Y finalmente llega a una conclusión que no admite demasiadas vueltas:
“La defensa nacional exige una poderosa industria propia, y no cualquiera, sino una industria pesada”. [5]
¿Qué significa entonces hablar hoy de Defensa Nacional si separamos artificialmente el poder militar de la estructura industrial que debe sostenerlo? Podemos comprar material moderno y seguramente en muchos casos debamos hacerlo, pero una Nación que depende completamente del extranjero para adquirir, mantener, reparar, modernizar y eventualmente reemplazar sus principales sistemas militares habrá recuperado una capacidad importante sin haber resuelto necesariamente el problema de su dependencia.
Perón no planteaba que debíamos esperar décadas hasta poder fabricar absolutamente todo para recién entonces equipar nuestras Fuerzas Armadas. Lo que advertía era que comprar afuera aquello que todavía no podíamos producir debía ser una necesidad circunstancial y no transformarse en una doctrina permanente.
El trabajador también defiende la Patria
Y acá aparece un aspecto que demasiadas veces queda afuera cuando hablamos de Defensa Nacional. Si detrás de un avión, un buque, un radar, un sistema de comunicaciones o una industria estratégica existen fábricas, también existen trabajadores, técnicos, ingenieros, científicos y universidades que permiten que esas fábricas funcionen. Por eso Perón no termina su razonamiento reclamando solamente capitales o máquinas, sino que inmediatamente plantea la necesidad de orientar la formación profesional de la juventud, multiplicar las escuelas industriales, los establecimientos de oficios y las facultades vinculadas con las actividades productivas. La industria, el trabajo y la Defensa Nacional forman entonces parte de un mismo problema.
Décadas después, y atravesado ya por la experiencia de Malvinas, Mohamed Alí Seineldín retomaría desde su propia concepción buena parte de este problema. El paso del tiempo obliga a volver sobre su pensamiento, estudiarlo y divulgarlo, especialmente cuando muchas de sus advertencias sobre la Defensa Nacional, el desmantelamiento industrial, la pérdida de capacidades militares y la consecuente debilidad estratégica de la Argentina adquieren una vigencia que difícilmente pueda seguir siendo ignorada.
Y no parece casual que una de sus reflexiones más contundentes sobre este problema haya sido pronunciada precisamente un 1.º de mayo, Día del Trabajador. Desde la prisión militar, en 2002, Seineldín no separaba el deterioro de las Fuerzas Armadas de la destrucción de la industria, las pequeñas y medianas empresas, los sindicatos y el trabajo argentino, porque entendía que todos ellos formaban parte de una misma capacidad nacional:
“¡Qué 1 de mayo vamos a festejar, en una Nación donde la Empresa Industrial Civil y Militar, fue desmantelada totalmente!”
“¡Qué vamos a conmemorar, donde prácticamente la Pequeña y Mediana Empresa, base de la economía, fue totalmente arrasada!”
“¡Qué vamos a decir sobre los Sindicatos y Gremios, donde se ejercía la real Justicia Social, ante la situación de miseria en que hoy se encuentran!”
“¡Qué vamos a expresar sobre el pleno trabajo que disfrutó nuestro País a lo largo de toda su vida, y que hoy encabezamos la lista de las naciones con mayor desocupación!” [6]
Seineldín estaba relacionando cuestiones que demasiadas veces analizamos por separado: industria civil y militar, pequeña y mediana empresa, sindicatos, trabajo, economía y capacidad nacional. El desmantelamiento industrial no significaba para él solamente pérdida de puestos de trabajo, así como el deterioro de las Fuerzas Armadas tampoco podía explicarse únicamente por la reducción de un presupuesto; ambos fenómenos formaban parte de una misma pérdida de poder nacional.
Y es precisamente aquí donde aquellas palabras pronunciadas en 2002 adquieren una incómoda actualidad frente al modelo económico de Javier Milei. No alcanza con anunciar adquisiciones de material militar y presentarlas anticipadamente como recuperación de capacidades que todavía deberán demostrarse efectivamente en términos operativos. La incorporación de una plataforma no constituye por sí sola una capacidad militar completa si no están garantizados su armamento, abastecimiento, mantenimiento, repuestos, entrenamiento, infraestructura y disponibilidad sostenida en el tiempo. Mucho menos puede confundirse esa adquisición con una política integral de Defensa Nacional si, mientras tanto, la producción industrial retrocede, el empleo registrado muestra dificultades y las capacidades científicas, tecnológicas y laborales que deberían sostenerla responden a una lógica completamente separada de aquella planificación estratégica que Perón planteaba en 1944.
En julio de 2026 la producción industrial manufacturera registró una caída interanual del 5%. En junio, la utilización de la capacidad instalada fue del 59,1% y los asalariados privados registrados sumaron 6,09 millones, con una variación mensual negativa del 0,1%. [7] [8]
Estos datos tampoco deberían confundirse con el crecimiento que muestran otros sectores de la economía argentina, particularmente aquellos vinculados con la explotación de nuestros recursos naturales. Vaca Muerta, los hidrocarburos y la minería pueden generar producción, exportaciones, inversiones y las divisas que el país necesita, pero su crecimiento no significa automáticamente el desarrollo de aquella estructura industrial a la que Perón se refería cuando hablaba de Defensa Nacional. La discusión que estamos planteando es otra: cuánto de esas enormes riquezas somos capaces de transformar dentro de nuestro territorio, cuánto conocimiento incorporamos, cuántos proveedores nacionales desarrollamos, cuántos trabajadores especializados formamos y qué capacidades industriales, científicas y tecnológicas quedan finalmente en manos argentinas.
Porque una Nación puede aumentar considerablemente la explotación de sus recursos y continuar dependiendo del extranjero para buena parte de la tecnología, las maquinarias y los bienes de capital necesarios para hacerlo. Y entonces volvemos al mismo problema que Perón planteaba en 1944: no alcanza con poseer la materia prima si después sale de nuestras fronteras para agregar valor, conocimiento y trabajo en otra parte. Si Vaca Muerta, la minería y nuestros recursos estratégicos van a constituir efectivamente una fuente de poder nacional, la pregunta no debería limitarse a cuánto extraemos o exportamos, sino cuánto desarrollo industrial argentino somos capaces de construir alrededor de ellos.
La industria tampoco puede encenderse y apagarse según las necesidades circunstanciales del Estado. Cuando una fábrica desaparece pueden perderse máquinas, proveedores, conocimiento acumulado y trabajadores especializados cuya formación llevó años; cuando un técnico, un ingeniero o un científico abandona su actividad o se marcha del país, la pérdida tampoco se limita a un puesto de trabajo, porque también se resigna una capacidad que la Nación deberá reconstruir cuando vuelva a necesitarla. Lo mismo ocurre cuando una pequeña o mediana empresa industrial que forma parte de una cadena productiva deja de existir: el daño puede extenderse mucho más allá de sus propietarios y trabajadores y alcanzar al entramado sobre el cual debería apoyarse una producción nacional para la Defensa.
Por eso resulta insuficiente presentar la compra de armamento como demostración de una recuperación integral de la Defensa Nacional sin preguntarnos simultáneamente qué sucede con la industria y el trabajo argentinos. Podemos adquirir aviones, buques, radares o sistemas de comunicaciones, pero una política soberana debería procurar también que esas incorporaciones permitan conservar, desarrollar o recuperar capacidades nacionales para mantenerlos, repararlos y, allí donde resulte posible, producir crecientemente sus componentes.
La contradicción no es entonces simplemente ideológica, sino estratégica: ¿puede reconstruirse de manera permanente el instrumento militar mientras las políticas sobre producción, industria, ciencia, tecnología y trabajo no responden a una misma concepción nacional de largo plazo?
Malvinas como medida de nuestro poder nacional
La pregunta adquiere otra dimensión cuando miramos hacia Malvinas y el Atlántico Sur. Tenemos una parte de nuestro territorio ocupada por una potencia extranjera, enormes recursos naturales, una proyección antártica cuya importancia difícilmente vaya a disminuir y una experiencia bélica que debería haber dejado suficientes enseñanzas acerca de lo que significa depender de decisiones, tecnologías y abastecimientos externos.
Perón había advertido casi cuatro décadas antes de 1982 que aquello que durante la paz parece un problema comercial puede transformarse rápidamente en un problema estratégico. Al analizar las guerras modernas señalaba precisamente la necesidad de preparar durante años el abastecimiento, la industria, el transporte, las comunicaciones y la producción que posteriormente necesitarían las Fuerzas Armadas. [9]
Malvinas debería obligarnos entonces a preguntarnos no solamente cuánto debemos gastar en Defensa, sino qué industria necesitamos, qué trabajadores debemos formar, qué capacidades científicas y tecnológicas consideramos estratégicas, qué infraestructura queremos desarrollar y qué grado de dependencia estamos dispuestos a aceptar respecto de aquellos países de los cuales obtenemos sistemas esenciales para nuestra propia defensa.
En ese sentido, comprar armamento puede ser necesario y, en determinadas circunstancias, impostergable. Pero comprar armamento no equivale por sí mismo a construir Defensa Nacional. Una Fuerza Armada equipada con sistemas cuya operación depende enteramente de capacidades ajenas podrá mejorar considerablemente su respuesta inmediata, pero seguirá condicionada en aquello que Perón consideraba decisivo: la capacidad integral de la Nación para sostener el esfuerzo.
Por eso quizás resulte tan actual volver a leer juntos a Perón y Seineldín. El primero explicaba en 1944 aquello que una Nación debía construir para estar en condiciones de defenderse; el segundo, atravesado por la experiencia de Malvinas, advertía décadas más tarde sobre las consecuencias de perder industria civil y militar, pequeñas y medianas empresas y trabajo argentino. Entre ambos pensamientos existe además una experiencia nacional que no podemos borrar y que debería impedirnos volver a considerar la Defensa como una cuestión aislada del resto del país.
¿Qué defensa nacional queremos?
No parece entonces suficiente discutir si el presupuesto militar debe aumentar o disminuir. La pregunta anterior debería ser qué entendemos por Defensa Nacional y, a partir de allí, cuáles son las capacidades que estamos dispuestos a construir y sostener durante décadas independientemente del gobierno que circunstancialmente administre el Estado.
Si consideramos que Malvinas, el Atlántico Sur, nuestros recursos naturales y nuestra proyección antártica forman parte de intereses permanentes de la Nación, la planificación de la Defensa no puede comenzar cuando aparece una crisis ni quedar sometida exclusivamente a las posibilidades presupuestarias de un ejercicio económico. Necesita continuidad, industria, formación profesional, investigación científica, desarrollo tecnológico, infraestructura y Fuerzas Armadas capaces de integrarse con todo ese potencial.
Incluso la discusión sobre cómo financiar esa construcción debería formar parte alguna vez de un debate nacional serio. Si una parte sustancial de aquello que necesitamos defender está constituida por recursos naturales estratégicos, no parece absurdo preguntarnos si parte de la riqueza generada por ellos debería contribuir de manera permanente al desarrollo de las capacidades necesarias para protegerlos. No para alimentar un gasto desvinculado de cualquier objetivo, sino para construir a lo largo de los años aquello que Perón entendía como una Defensa Nacional integral.
Al finalizar aquella conferencia de 1944, Perón resume esa concepción relacionando directamente la defensa con aquello que posteriormente constituiría una parte esencial de su pensamiento político:
“La defensa nacional es así un argumento más que debe incitarnos para asegurar la felicidad de nuestro pueblo”. [10]
La relación no es secundaria. La felicidad del pueblo y la Defensa Nacional no aparecen enfrentadas ni constituyen objetivos entre los cuales la Nación deba necesariamente optar. Un trabajador capacitado, una industria que produce, un técnico que desarrolla, un científico que investiga, una universidad que forma y unas Fuerzas Armadas capaces de apoyarse sobre esas capacidades constituyen expresiones diferentes de una misma Nación que acumula poder para decidir por sí misma.
Y es ahí donde la discusión económica deja de ser solamente económica. Cuando se pierde una capacidad industrial estratégica, el problema deja de ser exclusivamente industrial; cuando se pierde un trabajador altamente especializado, deja de ser solamente laboral, y cuando se abandona una capacidad científica o tecnológica que después necesitaremos reconstruir desde cero, la cuestión deja de pertenecer exclusivamente a científicos y universidades.
Todo comienza a formar parte de aquello que Perón llamó Defensa Nacional.
La soberanía necesita poder
Que las Malvinas sean argentinas constituye para nosotros una certeza histórica, jurídica y política, pero ninguna certeza reemplaza la necesidad de construir los instrumentos capaces de sostenerla. El derecho es indispensable, la diplomacia también, como lo son la memoria y la perseverancia de nuestro reclamo, pero una Nación que pretende ejercer soberanía necesita además poder nacional.
Perón comprendió que ese poder no estaba contenido solamente en las Fuerzas Armadas y por eso, cuando le pidieron hablar de Defensa Nacional, terminó hablando de industria, producción, transportes, comunicaciones, economía, educación, trabajadores y bienestar social. Seineldín, muchos años después y atravesado por Malvinas, observó qué ocurría cuando comenzaban a deteriorarse precisamente algunas de esas capacidades.
Ochenta y dos años después de aquella conferencia, mientras volvemos a discutir la recuperación de capacidades militares y observamos simultáneamente las dificultades que atraviesan sectores de nuestra producción y del trabajo argentino, quizás corresponda recuperar aquella concepción integral antes de volver a confundir Defensa Nacional con la simple compra de armamento.
Porque el problema nunca fue solamente tener una flecha. Perón nos había advertido que detrás de ella debía existir todo un arco capaz de impulsarla y, si algún día pretendemos ejercer plenamente nuestra soberanía sobre Malvinas, el Atlántico Sur y los recursos que pertenecen también a las generaciones que todavía no han nacido, quizás deberíamos comenzar por preguntarnos cuánto de aquel arco estamos construyendo y cuánto estamos permitiendo que se debilite.
La pregunta, entonces, no es solamente cuánto estamos dispuestos a gastar para defender la Patria, sino algo bastante más profundo: ¿qué Nación estamos dispuestos a construir para poder defenderla?
- José de San Martín. Proclama a los habitantes de las Provincias del Río de la Plata, Cuartel General de Valparaíso, 22 de julio de 1820. Citada por Juan Domingo Perón al comenzar su conferencia de Defensa Nacional en la Universidad Nacional de La Plata, 10 de junio de 1944. ↑ volver a la cita
- Juan Domingo Perón. Significado de la Defensa Nacional desde el punto de vista militar, Universidad Nacional de La Plata, 10 de junio de 1944. Apartado I, “El tema”. ↑ volver a la cita
- Juan Domingo Perón. Conferencia sobre Defensa Nacional, 10 de junio de 1944. Desarrollo referido a las compras de material en el extranjero y a la creación de capacidad fabril nacional. ↑ volver a la cita
- Juan Domingo Perón. Conferencia sobre Defensa Nacional, 10 de junio de 1944. Desarrollo referido a técnicos y obreros argentinos y a la formación de capacidades industriales. ↑ volver a la cita
- Juan Domingo Perón. Conferencia sobre Defensa Nacional, Universidad Nacional de La Plata, 10 de junio de 1944. Apartado dedicado a la acción industrial. ↑ volver a la cita
- Mohamed Alí Seineldín. Discurso del 1.º de mayo de 2002, desde la prisión militar. Reflexiones sobre industria civil y militar, pequeña y mediana empresa, sindicatos y trabajo argentino. ↑ volver a la cita
- Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Índice de producción industrial manufacturero, julio de 2026: variación interanual de -5,0%. Utilización de la capacidad instalada en la industria, junio de 2026: 59,1%, frente a 58,9% en junio de 2025.
- Secretaría de Trabajo, Empleo y Seguridad Social. Situación y evolución del trabajo registrado (SIPA), junio de 2026: 6,09 millones de trabajadores asalariados privados registrados, con una variación mensual de -0,1%.
- Juan Domingo Perón. Conferencia sobre Defensa Nacional, Universidad Nacional de La Plata, 10 de junio de 1944. Apartado V, “Defensa Nacional”, sobre preparación durante la paz, movilización, abastecimientos, producción, transportes y comunicaciones.
- Juan Domingo Perón. Conferencia sobre Defensa Nacional, Universidad Nacional de La Plata, 10 de junio de 1944. Reflexión sobre la obra social y la Defensa Nacional. ↑ volver a la cita
Patricio Mircovich 




