“…Señores de mi Consejo, perdonen esta necesaria violencia, no pude contenerme al ver un hombre, sea quien sea, pisar la Sagrada Escritura. Ya empecé a sospechar que era falsa su ciencia, o por lo menos a mí no me servía de nada…”
(Leonardo Castellani, El nuevo Gobierno de Sancho)
Interrogarse hoy por la soberanía exige una gimnasia intelectual que trascienda la mera custodia de fronteras materiales. Existe una dimensión previa, fundante y trágicamente descuidada: la soberanía histórica. No es un ejercicio nostálgico de archivistas. Es la capacidad autárquica de un pueblo para definir el sentido de su propio pasado. Ese sentido de comunidad que poseen un destino que nos une y fortalece fue el elemento indispensable de la intelligentzia que se acomoda bajo el proyecto socialdemócrata que asume el poder a partir de 1983. Perder ese monopolio no se reduce a la claudicación partidaria, ni ideológica sino equivale a la rendición incondicional en la guerra cultural global. En la Argentina contemporánea, este frente fue entregado con meticulosidad quirúrgica a partir de un quiebre civilizatorio preciso: el año 1983.
A principios de año, Juan Rattenbach desarrolló con maestría en un artículo para Rumbo 180° aquel derrotero sobre cómo se construyó el proceso desmalvinizador, con un título y un mensaje esperanzador: “La posguerra de Malvinas se terminó. Nace una nueva Historia Argentina”. En el mismo, Juan especulaba sobre el impacto demoledor en torno a la construcción de sentido que lograba el espacio de Comunidad del Mapeo Argentino donde se difundía la extensión de la futura República Argentina: pese al lobby académico sosteniendo la inexistencia de la Nación.
El otro elemento que se sumaba al hito fue, sin dudas, el partido de la selección nacional frente a la Inglaterra, su victoria contundente y luego, desde luego, la exhibición del trapo malvinero. En ambas cuestiones, la Cuestión Malvinas estaba presente desestimando al proceso desmalvinizador que propugna la academia en su afán por deslegitimar a la Causa Malvinas.
Dicho esto, no es para nada casual que vuelvan al ruedo los discursos desmalvinizadores, tanto desde el mentado progresismo como del conservadurismo: resumido en sus dos referentes de la historiografía: Federico Lorenz y Roy Hora (detrás de ellos se pliegan otros referentes y asociaciones tributarias a los organismos defensores de esa perspectiva desnacional: el Ravignani, el Di Tella y la Asaih).
¿Por qué Malvinas? Porque constituye el principal elemento que resiste la avanzada contra la “zoncera madre que parió a todas” después del 83: “hay que acabar con la nación para eliminar al nacionalismo, responsable de todos los males contra la democracia (liberal)”. Es por ello, que los historiadores “profesionales” propugnan una reforma sobre el uso de la Historia de manera solapada. Aprovechan el «trabajo sucio» llevado a cabo por un modelo libertario en franco declive. No es casualidad que Marcela Ternavasio se empecine por identificar a Juan Manuel de Rosas como un antecedente de Javier Milei; asi como Infobae se proposiera realizar un homenaje descaifenado de José de San Martin, donde el Pueblo no existe y si es mencionado resulta de manera pasiva. No obstante, socavar a Malvinas les resulta más dificultoso por lo simbolico y aglutinador, demostrando una resistencia pese al “poder blando” y el cipayismo vernaculo.
Volviendo a los casos de Lorenz y Hora es sumamente ilustrativo por lo representativo de cada uno. Parafraseando a Arturo Jauretche, los intelectuales de hoy ya ni necesitan subirse al caballo por la izquierda y bajarse por la derecha. Ambas tendencias operan con el mismo propósito: acabar con toda idea de Nación, desmantelando el Estado en favor de abstractas «libertades». Ambos aprovechan toda intervención para fustigar contra la significancia del 2 de abril, y esconden (bueno, Hora no tiene mucho problema en reconocerlo) un vínculo con fundaciones y universidades británicas. Porque, para la academia, las ciencias sociales defienden “valores universales” algo que, claramente, las naciones dominantes no descuidan por diferenciarse de esos principios puertas adentro.
Hace unos días, el historiador y profesor de las Universidades de Quilmes y San Andres, Roy Hora fue entrevistado para Revista Seúl. Entre otros temas recurrentes de sus intervenciones (pegarle al peronismo y cuestionar la memoria histórica sobre Malvinas) decía sobre esto último: “El feriado del 2 de abril es un horror: celebra una gesta de la dictadura. Me gustaría que desapareciera” y, trascartón, aseveraba “Hoy tenemos una mirada más herbívora de la herida que significa Malvinas para la sociedad argentina”. Como mencionábamos antes, la “desmalvinización” es hija directa de la “desnacionalización”, y hermana de la “desmilitarización” todas ellas criaturas furtivas del think tank que se acomoda en las palestras socialdemócratas a partir de 1983.
Encontraron en la tragedia que significó la ultima dictadura militar la mejor explicación para justificar el “nunca más” a una idea de nación. Su accionar representa el espíritu posestructuralista diseñado en los setenta para acompañar el cambio drástico de la matriz productiva que había desplegado el capitalismo hasta entonces. El retroceso de los modelos de Estado de bienestar era excusa suficiente para “deconstruir” el relato aglutinador que había sido el sostén de las identidades de los Pueblos desde el romanticismo.
Así las cosas, no fue necesario en nuestro país un debate intelectual y político como el que se desarrollaría en Alemania a partir de 1986. Conocida como la “querella de los historiadores” (Historikerstreit), la misma significó la derrota intelectual de una defensa de las identidades nacionales. Ernst Nolte buscó revisar la acción del nazismo y la significancia del Holocausto a los efectos de “normalizar” el pasado alemán para liberar a las nuevas generaciones del peso de la “culpa colectiva” crónica y poder reconstruir un orgullo e identidad nacional. Por otro lado, Jurgen Habermas (un faro intelectual para la renovación historiográfica argentina, representado claramente en los estudios de Hilda Sabato y Marcela Ternavasio) cual representante de la DAIA, acusaba a Nolte de “negacionista” mientras sostenía que la única forma “sana” de patriotismo para la Alemania de posguerra debía ser un “patriotismo constitucional”, es decir, un orgullo basado en los valores democráticos, los derechos humanos y la memoria crítica y permanente de sus propios errores del pasado. En definitiva, el “modus operandi” de nuestra corporación académica de 1983 hasta ahora.
Esa retorica de tinte progresista resulta más nociva, siendo más efectiva para el discurso desmalvinizador. Porque a diferencia de un Hora, un Novaro o un Romero no lo manifiestan desde un gorilismo explicito. Los tributarios de una retórica tributaria de la izquierda abstracta, acompañan los lineamientos del stablishment cultural desde una mirada “políticamente correcta” reivindicando la democracia y, si se quiere, lo popular pero vaciado de identidad nacional sino recreado como un potencial o un anhelo propio de una vanguardia intelectual.
El historiador y docente Federico Lorenz representa a esta corriente “desmalvinizadora”. Coincide con las afirmaciones de Hora aunque ancla su discurso desde una mirada más pluralista. En la reciente entrevista que realiza para el ciclo “Lo pasado, pensado”, Lorenz pidió diferenciar la “soberanía nacional” de la “popular”, ya que la primera le genera “urticaria” asociándola con el militarismo, y la acción trágica desplegada por la última dictadura que desembocaría en la Guerra de Malvinas. “Nos debemos reflexionar, qué tipo de sociedad queremos”, afirmaba, pidiendo intrínsecamente una revisión del “uso de la Historia” alejado del signo nacional, pidiendo la disociación con lo “popular”. Un viejo anhelo de la izquierda abstracta que se había visto frustrada luego de la emergencia del peronismo, vuelve de la mano de Lorenz como de la corporación de historiadores cobijados bajo la Asaih.
¿Qué es la Asaih? Se trata de una asociación civil sin fines de lucro fundada en 2011 que reúne a historiadores, docentes y científicos que realizan trabajos de investigación histórica en toda la Argentina, sin importar la institución académica o universidad a la que pertenezcan. Sin embargo, el lego desprevenido no sabe que las verdaderas motivaciones de su gestación fueron como reacción ante la creación del Instituto Dorrego por la presidenta de entonces Cristina Fernandez, precisamente en 2011. En la actualidad, la asociación despliega sus redes bajo diversas estrategias de comunicación como el podcast “HistoriAR” o el emprendimiento de jóvenes historiadores llamado “Pinta la Historia”.
La desmalvinización no fue un accidente historiográfico. Fue una política de Estado implícita, un proceso de castración cultural diseñado para digerir la derrota militar mediante la extirpación del sentimiento patriótico. El término, acuñado originalmente por el politólogo francés Alain Rouquié y adoptado críticamente por intelectuales nacionales, describe el esfuerzo sistemático por vaciar la Gesta de Malvinas de su contenido histórico, geopolítico y popular. Su reacción actual es síntoma de una efervescencia malvinizadora surgida precisamente desde las organizaciones libres del Pueblo; a diferencia de la épica “nacional- popular” de los tiempos del kirchnerismo que había sido confeccionada (convengamos desde un enfoque confuso y sin planificación como proyecto a largo plazo) desde el Estado. El efecto “trapo malvinero” significó un llamado de atención para el academicismo que prefiere anticiparse a una inminente crisis como fue la del 2001 donde los agarró “papando moscas”, mientras la sociedad clamaba por respuesta por parte de la Historia ellos habían estado durante todo el menemato investigando cuestiones triviales que solo resultaban de interés para la corporación científica.
Frente a este avance de la mentada “colonización pedagógica” aceitada de manera integral desde 1983, el denominado Pensamiento Nacional y Latinoamericano articuló una resistencia intelectual precisa, acompañando la demanda popular. Esta matriz teórica demostró que el desarme cultural era la condición necesaria para el saqueo material de la Argentina de posguerra, estructurando su respuesta en tres ejes fundamentales:
Impugnación del aparato oficial: Recuperando las tesis de Jauretche, autores como Norberto Galasso, Jorge Abelardo Ramos y Fermín Chávez explicaron que la falsificación de la historia decimonónica tenía su correlato directo en la desmalvinización contemporánea. Dicha acción fue continuada, actualizada y visibilizada en la actualidad por historiadores como Juan Godoy, Facundo Di Vincenzo, Juan Rattenbach, David Pizarro Romero y Pablo Vázquez entre otros.
Malvinas como Causa Latinoamericana: El pensamiento nacional rescató el 2 de abril no como la aventura de una junta militar moribunda, sino como el afloramiento espontáneo de un sentimiento popular profundamente arraigado que reactivó la solidaridad continental (Perú, Venezuela) frente al bloque anglo-norteamericano.
El rescate del Héroe: Frente a la categoría de «víctima pasiva», se revalorizó la dignidad, el coraje y la conciencia de los combatientes. Ante el silencio oficial del Estado post-1983, la respuesta provino de los propios Centros de Veteranos de Guerra, quienes mantuvieron viva la memoria en los barrios, las fábricas y las escuelas. Recientemente la acción efectiva, de “combate en el mismo campo” pedagógico y académico, por parte de los Observatorios Malvinas (inaugurado por el de la Universidad Nacional de Lanús, actualmente dirigido por Cesar Trejo) significó un cross maldibular para aquella praxis desmalvinizadora.
Frente al vaciamiento libertario y la complicidad socialdemócrata, recuperar la soberanía histórica se vuelve la primera trinchera de resistencia. Discutir sentido en torno a Malvinas forma parte de la auténtica “batalla cultural” que trasciende a las propugnadas tanto por kirchneristas como por los libertarios; la defensa de la identidad histórica es el primer paso para la reconstrucción de la Nación.
*Profesor en Historia. Miembro Académico del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Publicó los libros «El joven Fermín Chávez» (Fabro, 2021), «Biografía musical de Leonardo Favio» (Fabro, 2022) y «Fermín Chávez durante la resistencia peronista» (Fabro, 2024).
*Por Julián Otal Landi 