Yemen: reto a la Meca

*Por Guadi Calvo 

 

El actual contexto que vive Arabia Saudita, con fuerzas houthies que ya se están movilizando por el interior de su territorio, podría disparar en cualquier momento lo que se conoce como el Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca, firmado el pasado 7 de agosto, un tratado de mutua asistencia militar entre Arabia Saudita, Turquía, miembro de la OTAN, e Islamabad, con capacidad nuclear; sin duda, estas dos últimas son las dos fuerzas militares más poderosas del mundo islámico.

Es en vista de esto que Islamabad acaba de advertir a Irán, que, según se cree, “controla” a la milicia revolucionaria yemení, para que desista de su ofensiva contra su socio, lo que está muy lejos de que eso pueda ser posible. Ya que los hutíes, como Hamás o Hezbollah, nunca han renunciado a su autodeterminación. Por años, Pakistán, que históricamente ha tratado de mantener relaciones equilibradas tanto con Arabia Saudita como con Irán, con quien tiene una frontera terrestre de cerca de mil kilómetros, comparte los territorios que reclama para sí la nación baluchi, por lo que un conflicto armado en esa frontera podría profundizar todavía más el conflicto separatista que vive Pakistán. Por lo que el mensaje pakistaní a Teherán, de frenar a los houthies, se estaría arriesgando a convertir a la región en un panaché de múltiples frentes donde cada beligerante, en el que podrían llegar a participar hasta India y Afganistán, defendería posiciones muy distintas.

Algunas fuentes occidentales insisten en que Teherán había ordenado a los hutíes, la semana anterior a poner en marcha la ofensiva contra los sauditas, prometiendo financiación y armamento adicionales, mientras que comandantes de la Guardia Revolucionaria Islámica persas viajaron a Yemen para colaborar en la ofensiva.

El primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, habría calificado a la operación de los houthies de “cobarde”, declarando su ¡inquebrantable solidaridad con el liderazgo y el pueblo de Arabia Saudita!, mientras que, desde Ankara, el Ministerio de Asuntos Exteriores emitió un comunicado de condena, donde reafirma el apoyo a la soberanía e integridad territorial del reino saudita. Aunque ni desde Pakistán ni desde Turquía se anunció la constitución de un comité de emergencia, y mucho menos el aumento de la preparación militar, que confirme que el Acuerdo de la Meca es algo más que una carta de buena voluntad.

El infierno tan temido

Lo que Occidente temía desde el comienzo de la agresión estadounidense-sionista contra Irán el pasado 28 de febrero ha comenzado a suceder: la guerra se ha extendido a la península arábiga. La vertiginosa ofensiva lanzada por los houthies, también conocidos como movimiento Ansarullah (seguidores de Dios), contra posiciones sauditas ha cambiado de raíz la ecuación y, a partir de ahora, todo se ha hecho más volátil, y eso de alguna forma todavía era posible.

Las acciones, que comenzaron el pasado martes ocho, con una oleada de drones y misiles balísticos, golpeando instalaciones petroleras de la Saudi Aramco en Abha, la de Jizan, con capacidad cercana a los 400 mil barriles diarios, siendo una de las más grandes del reino, que abastece esencialmente al mercado interno en el sur del reino, además de la base aérea Rey Khalid en Khamis Mushai, donde se produjeron cerca de un centenar de heridos, además de incendios y daños a diferentes servicios públicos; por lo que las operaciones de algunas empresas han sido suspendidas.

El jueves, los hutíes, tras días de intensos combates, demolieron la resistencia de los grupos operacionales yemeníes apoyados por Arabia Saudita, con quienes se mantienen en guerra desde 2014. Esto le ha permitido la conquista de Mokha, un puerto clave sobre el mar Rojo a un centenar de kilómetros al norte del Bab al-Mandeb, estratégico estrecho que vincula el golfo de Adén con el mar Rojo y por donde transita el treinta por ciento del comercio mundial de contenedores y el veinte de petróleo y gas.

Un día después de la conquista de Mokha, lo que obligó al desplazamiento de unas 50 mil personas, los houthies capturaron la isla de Mayyun, que divide el estrecho en dos canales, después de que barcos que transportaban combatientes houthies llegaran a ella, mientras las fuerzas pro-sauditas yemeníes la abandonaron sin defenderla. Los rebeldes también habían tomado la ciudad portuaria de Dhubab, frente a Mayyun, lo que ahora deja al antojo de los insurgentes yemeníes la posibilidad de un cierre total de Bab al-Mandeb, que, sumado a la crisis de Ormuz, demolería las expectativas de muchos sectores productivos de la economía occidental y fundamentalmente europea. Lo que está de más señalar el cambio en el equilibrio del poder no solo en Yemen, sino en toda la región.

La batalla por Mokha, la que hasta la semana se encontraba bajo el control de los grupos de las milicias yemeníes controladas por Riad, desde donde se contenía el avance de los rebeldes houthies, que ahora se afianzan en la costa oriental del mar Rojo, quedándoles a tiro de piedra de los puertos sauditas del sur, como el complejo portuario de Yanbu, por donde, desde la crisis de Ormuz, los Saud sacaban su producción petrolera.

A partir de esta posición de fuerza, los rebeldes intentarán conseguir que Arabia Saudita quite su apoyo al viejo ejército yemení, que, tras el paso en falso del expresidente Abd Rabbo Mansour Hadi, quien había renunciado el 6 de febrero de 2015 para exiliarse en Riad, desde donde fue obligado a regresar para reasumir el cargo el 21 de ese mismo mes, profundizó todavía más el caos interno de su país y abrió su frontera norte para la invasión saudita acompañada por los Emiratos Árabes Unidos en marzo de aquel año.

Esa agresión dio comienzo a una guerra que, aunque todavía se mantiene larvada, sigue abierta, acelerando una nueva fractura del país. A instancia de los Estados Unidos, Mansour Hadi debió renunciar en abril de 2022 para transferir el poder al Consejo de Liderazgo Presidencial, que, a pesar de seguir contando con el respaldo de Washington, Riad y Abu Dabi, como vemos, no está haciendo las cosas mejor que su predecesor. (Ver: Yemen, la guerra que perdió Occidente).

Este nuevo diseño de la campaña del movimiento Ansarullah apunta a explotar la crónica vulnerabilidad saudita, cuya clase dirigente se encuentra cada vez más alejada de comprender que las cosas han cambiado posiblemente para siempre en Medio Oriente, donde la República Islámica de Irán se ha convertido en un jugador activo y preponderante en la región, saliendo de ese estado de enclaustramiento al que la empujaron las sanciones y el bloqueo norteamericanos que se aplicaron a partir de 1979. Hoy, a pesar de los criminales ataques sionistas-norteamericanos, Teherán, que domina el paso por el estrecho de Ormuz, quizás la más poderosa de sus armas, no solo ha conseguido mantenerse firme en sus convicciones, sin retroceder un solo paso, sino que esa misma agresión parece haber solidificado la unidad de su pueblo, diluyendo las controversias internas, a las que los atacantes habían apostado para lograr el quiebre y caída del gobierno de los ayatollahs.

Irán, con sus aliados China y Rusia, y una clase dirigente obligada a renovarse tras el martirio del líder supremo, el ayatollah Alí Jamenei, junto a muchos de sus principales dirigentes, se vio obligada a reestructurarse desde la cabeza y hoy se encuentra al borde de una victoria definitiva sobre los Estados Unidos, el engendro sionista, mientras que los sauditas se ahogan en sus contradicciones, sin conseguir escapar de la dependencia occidental, perdiendo su primacía entre las monarquías del Golfo, cuando no solo deben enfrentar a los Houthies, que ya operan en el sur de su territorio, sino que se encuentran prácticamente en guerra con los Emiratos Árabes Unidos, el nuevo gran financiador del terrorismo mundial, y que, empujado por Tel Aviv, busca imponerse como regente en la península arábiga.

En este contexto es que Mohammed bin Salman, el príncipe heredero saudí, se comunicó en varias oportunidades con el presidente estadounidense Donald Trump, para que disponga ataques contra la fuerza Houthies, a lo que Trump se habría negado…, por lo menos hasta el momento.

 

 

 


*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

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