«Hay que hablar mucho de las ideas, poco de las cosas y nada de las personas», decía Perón. Claro que entonces había algo que nosotros ya no tenemos: había conducción. Estaba él.
Quizás por eso resulte tan fácil hoy hablar de personas. Quién conduce, quién debería conducir, quién traicionó a quién, quién ocupa una lista, quién se fue, quién volvió, quién se sacó una foto con quién. Mientras tanto, aquello sobre lo que deberíamos estar discutiendo parece haber quedado relegado: NACIÓN, FAMILIA, TRABAJO, PRODUCCIÓN, EDUCACIÓN, DEFENSA, SOBERANÍA Y JUSTICIA.
Y aparecen, como consecuencia, otros síntomas. Entre ellos, la adulación. Cuando la lealtad a una causa comienza a confundirse con la obediencia a una persona, cuando cuestionar a un dirigente parece significar cuestionar al movimiento y cuando alrededor de cada pequeña conducción se construye un pequeño círculo dispuesto a justificarlo todo, quizás el problema ya no sea el adulador. Quizás sea mucho más profundo.
Podemos seguir preguntándonos cómo es posible que después de haber gobernado, después de conocerlos, después de saber qué hacen y para quiénes, una parte importante del pueblo argentino continúe votando proyectos políticos que nosotros consideramos contrarios al interés nacional. Podemos seguir hablando de ellos. De Milei, de Macri, de sus funcionarios, de sus políticas, de sus intereses. Pero ya sabemos lo que son. El problema es lo que NO hacemos nosotros. Ahora el problema no son ellos. Somos nosotros. Y quizás para entenderlo haya que mirar un poco para atrás.
El radicalismo y FORJA
Cuando Hipólito Yrigoyen murió en 1933, el radicalismo no perdió solamente a un hombre. Perdió a quien había ejercido una conducción capaz de sintetizar un movimiento nacional. El radicalismo sobrevivió, naturalmente. Quedaron sus dirigentes, sus comités, sus afiliados, sus estructuras y sus aspiraciones electorales. Pero un pequeño grupo de radicales comenzó a preguntarse si conservar todo aquello significaba necesariamente conservar lo que le había dado origen al radicalismo. La respuesta fue No. Por eso en 1935 nació FORJA.
Y lo notable es la dureza con que aquellos hombres juzgaron a las conducciones de su propio partido. No renegaban entonces del radicalismo. Por el contrario, consideraban que eran sus dirigentes quienes estaban renegando de él. En Al pueblo de la República afirmaban que habían confiado en que las conducciones de la Unión Cívica Radical fueran el centro de la defensa de la soberanía nacional, pero concluían que «esas direcciones han abandonado sus deberes».
La crítica era todavía más profunda: denunciaban el «abandono de los ideales que le dieron origen» y acusaban a aquellas direcciones de haberse convertido en fomentadoras de «resignaciones y acomodamientos».¿Nos resulta absolutamente ajeno?
FORJA fue inicialmente tan radical que para pertenecer a ella había que estar afiliado a la Unión Cívica Radical. Por esa razón Raúl Scalabrini Ortiz, que no era radical, no pudo incorporarse orgánicamente en sus primeros tiempos, aunque mantuviera una estrechísima relación intelectual con sus integrantes, participara de sus actividades y sus investigaciones fueran fundamentales para aquel pensamiento. Años después esa exigencia desaparecería, cuando la propia evolución de FORJA la llevara a independizarse de la estructura partidaria.
No abandonaron de un día para otro aquello en lo que creían. Primero comenzaron a diferenciar la causa de quienes circunstancialmente conducían su estructura. Y hay algo todavía más importante. FORJA no sabía que venía Perón.
Nosotros conocemos el final de la película y por eso cometemos el error de mirar 1935 desde el 17 de Octubre de 1945. Ellos no podían hacerlo. No sabían que se produciría el 4 de junio de 1943. No sabían que aparecería un coronel llamado Juan Domingo Perón. Mucho menos podían saber que alrededor de aquel hombre terminaría conformándose el mayor movimiento nacional de la historia argentina. Y, sin embargo, trabajaron. No se dedicaron exclusivamente a encontrar un candidato. Estudiaron la Argentina.
Scalabrini estudió los ferrocarriles, el capital extranjero, el endeudamiento y los mecanismos concretos mediante los cuales entendía que se ejercía la dependencia. Pero no estaba solo. Gabriel del Mazo volvió sobre el pensamiento de Yrigoyen; Amable Gutiérrez Diez estudió la coordinación de los transportes; Scalabrini y Luis Dellepiane analizaron la relación entre petróleo e imperialismo; Jorge Del Río investigó la estructura del negocio eléctrico y luego el escándalo de las concesiones; el propio Scalabrini reconstruyó la historia del Ferrocarril Central Córdoba y del primer empréstito argentino; Dellepiane abordó la posición que debía asumir la Argentina frente a la crisis europea.
Ferrocarriles, transportes, petróleo, electricidad, deuda, capital extranjero, servicios públicos, política internacional. No hablaban de la dependencia solamente como una consigna: intentaban descubrir dónde estaba, cómo funcionaba y mediante qué mecanismos concretos condicionaba a la Nación.
FORJA publicó esas investigaciones en sus Cuadernos, organizó conferencias, formó militantes y trató de llevar esa discusión al pueblo. El propósito que declararon al iniciar aquella publicación era llevar a la inquietud popular el pensamiento de las nuevas generaciones sobre los problemas que agitaban la conciencia de la República.
Todo aquello podía resumirse brutalmente en una consigna:
«Somos una Argentina Colonial: queremos ser una Argentina Libre»
No tenían todavía la solución política. Estaban tratando de comprender el problema nacional.
¿Y si es por ahí?
Porque empiezan a aparecer, dispersos, compañeros que vuelven a hacerse preguntas que se parecen demasiado. Algunos escriben, otros investigan, otros enseñan, publican, se reúnen o utilizan las nuevas herramientas de comunicación para discutir aquello que hace demasiado tiempo parece haber desaparecido de nuestras discusiones.
¿Dónde está el proyecto nacional? ¿Dónde discutimos producción? ¿Dónde discutimos defensa? ¿Dónde discutimos soberanía? ¿Dónde discutimos trabajo, familia, industria, recursos naturales, ciencia y tecnología? ¿Dónde está nuestra interpretación del mundo que viene?
Porque quizás hoy no haya una FORJA. Quizás haya centenares.
Eduardo Toniolli, por ejemplo, viene trabajando desde el Observatorio Social del Transporte sobre el deterioro de los servicios ferroviarios del interior. Frente a la reducción de servicios y pasajeros habla de una «degradación planificada» y lo explica de una manera sencilla: «No se lo cierra de un día para otro, se lo boicotea». Ochenta años después de Scalabrini, un argentino vuelve a sentarse frente a los números del ferrocarril para preguntarse qué proyecto de país existe detrás de su funcionamiento o de su destrucción.
Juan Augusto Rattenbach estudia Malvinas, la Antártida, la Cuenca del Plata y los espacios marítimos del Atlántico Sur. No solamente Malvinas como conmemoración o sentimiento, sino como problema de soberanía efectiva: territorio, recursos naturales, vías navegables, defensa y posición geopolítica argentina.
Y seguramente existen muchos otros. Compañeros estudiando energía. Compañeros pensando la producción. Compañeros estudiando nuestros recursos naturales. Otros pensando la deuda, el comercio exterior, las Fuerzas Armadas, la tecnología, el trabajo, la familia, la demografía o la integración continental.
Tal vez no nos conocemos. Tal vez ni siquiera sabemos que estamos haciéndonos preguntas parecidas. Y quizás ahí esté una de las diferencias entre esperar una conducción y construir las condiciones para que alguna vez vuelva a existir una. Porque llevamos demasiado tiempo preguntándonos quién será el próximo conductor y demasiado poco preguntándonos qué encontrará para conducir cuando llegue.
No se trata de buscar nuevos Scalabrini ni nuevos Jauretche, mucho menos de bautizar apresuradamente una nueva FORJA.
Estoy preguntando otra cosa. ¿Y si la nueva FORJA ya está naciendo dispersa y todavía no lo sabe? ¿Y si aquello que vemos como pequeños grupos, publicaciones, nuevas formas de comunicación, charlas, investigaciones, encuentros y conversaciones no fuera solamente dispersión, sino una búsqueda todavía incapaz de reconocerse a sí misma? ¿Y si antes de discutir quién conduce pudiéramos empezar simplemente por encontrarnos? No para construir otra interna. No para repartir cargos. No para acordar absolutamente en todo. Para discutir la Argentina.
Para que el que estudia los ferrocarriles conozca al que estudia el Atlántico Sur; para que quien piensa la producción discuta con quien piensa la defensa; para que quienes trabajan sobre el mundo del trabajo conozcan a quienes estudian nuestros recursos; para que el militante vuelva a encontrarse con el intelectual, el trabajador, el empresario nacional, el científico, el militar, el docente. Para volver a pensar una Nación entre argentinos. Quizás ahí también podamos empezar a curarnos de la adulación. Porque un adulador necesita estar siempre de acuerdo. Un amigo, no.
Un amigo puede advertirnos que estamos equivocados. Puede discutirnos. Puede enfrentarnos en una idea y acompañarnos en la siguiente. Puede decirnos aquello que no queremos escuchar y seguir estando a nuestro lado porque lo que los une está por encima de la conveniencia circunstancial. Y quizás sea esa una de las cosas que tengamos que recuperar de nuestra propia doctrina:
«La amistad es la gran fuerza aglutinante en toda lucha y nada puede desarrollar la solidaridad indispensable como la existencia de una verdadera amistad».
Tal vez la utopía no sea que todos terminemos dentro de la misma agrupación, debajo del mismo dirigente o formando parte de una nueva estructura que mañana vuelva a cometer exactamente los mismos errores que hoy criticamos. Tal vez sea mucho más sencillo. Y mucho más difícil. Encontrarnos. Conocernos. Estudiar. Discutir. Formarnos. Contradecirnos. Investigar la Argentina real. Recuperar una doctrina que no nació para administrar candidaturas sino para construir una Nación.
FORJA no sabía que venía Perón. No sabía cómo se llamaría aquello que vendría después. No sabía siquiera si alguna vez vería realizado aquello por lo que estaba trabajando. Pero trabajó.
Quizás nosotros tampoco necesitemos saber quién viene. Quizás primero tengamos que volver a saber quiénes somos, qué queremos para la Argentina y encontrarnos con todos aquellos que, desde lugares distintos, todavía estén dispuestos a preguntárselo. Y si en ese camino podemos terminar siendo amigos, quizás hayamos encontrado algo bastante más importante que una nueva agrupación.
¿Y si es por ahí?
Por Patricio Mircovich