Siria: el emirato discreto

*Por Guadi Calvo 

Todos sabemos que en la larga guerra contra el gobierno del presidente Bashar al-Assad, que comenzó en 2011 y terminó en 2024, se impusieron los fundamentalistas wahabitas del Hayat Tahrir al-Sham (HTS) (Comité de Liberación del Levante), un grupo armado que emergió de las cloacas del fundamentalismo islámico con el estallido de la Primavera Árabe y que se conoció en un primer momento como el Frente al-Nusra. Tras coquetear por años con al-Qaeda, terminó prácticamente absorbido por uno de sus desprendimientos: el Daesh.

Financiado por las monarquías del Golfo y con una sólida relación con inteligencias occidentales, entre otras, la CIA y el Mossad, una vez cumplida la misión asignada, su emir, Abu Mohamed al-Golani, que tenía una particular tendencia a arrancar el corazón de sus víctimas y masticarlos frente a cámaras, después de entrar victorioso a Damasco el 8 de diciembre de 2024, sufrió una llamativa metamorfosis, en la que, en vez de convertirse en un “monstruoso insecto” kafkiano, pasó a transformarse en un peligroso pomerania de pelo corto y barba emprolijada. Al que le cambiaron su Kaláshnikov por la Montblanc Meisterstück 149, para volver a llamarse Ahmed al-Sharaa y asumir la presidencia del país, que acababa de destruir y ahora se disputan Turquía e Israel. Siria o cómo evitar el síndrome de Irak).

Más allá de la tragedia que toda esta aventura ha provocado al pueblo sirio, nada terminó en diciembre de 2024, sino que, si fuera posible, todo ha empeorado para las minorías étnicas y religiosas del país. (Ver: Siria, la revolución de las barbas recortadas).

Cargados del lavado de cabeza al que fueron sometidos los muyahidines y al-Golani/al-Sharaa, sus ataques contra las comunidades vulnerables, una vez conquistada Siria, siguen fuera de control, con una vocación absoluta por la venganza, con ataques de grupos paramilitares y turbas organizadas en diferentes regiones del país. Libres de cualquier tipo de represalia judicial. Ya que todo eso ha desaparecido, al igual que cualquier otro derecho ciudadano. Mientras la policía y las fuerzas de seguridad que deberían impedir esos pogromos son los mismos que los organizan.

Desde comienzo de junio, un atisbo de resistencia ciudadana comenzó a expresarse con algunas manifestaciones y protestas, que suelen ser atacadas por francotiradores y reprimidas luego por las fuerzas de seguridad, como en la ciudad oriental de Deir ez-Zor, que más tarde se extendió a otras como Alepo, Idlib, Raqqa, Hama e incluso Damasco, y las siempre fogosas áreas rurales de los alrededores de Homs, cuna de muchas rebeliones a lo largo de la historia siria. En la aldea al-Jaid, en cercanías de la ciudad de Hama, miembros de la comunidad murshidi, una rama minoritaria alauita, denuncian recibir ataques constantes de personeros vestidos de paisano que presumiblemente serían enviados por el gobierno.

En algunas de estas manifestaciones se produjeron reacciones violentas tras la represión de la policía. Según las autoridades, estas manifestaciones habrían sido provocadas por miembros de la minoría alauita, la misma a la que pertenece la familia al-Assad y que se ha convertido en el blanco preferido de los nuevos amos de Siria.

En Damasco, se han multiplicado las operaciones represivas en los barrios como los de Ish al-Warwar y Mezzeh 86, de mayoría alauita. Tanto sus viviendas como comercios son saqueados e incendiados por enmascarados pagos por el régimen al-Golani, los que, además de golpear, violar mujeres en algunos casos puntuales, también asesinan civiles solo por la sospecha de haber colaborado con el antiguo gobierno de los al-Assad. Entre los perseguidos también aparecen miembros de la propia comunidad sunita, que no han adherido ciegamente al nuevo régimen.

La represalia violenta contra el resto de las comunidades (drusos, cristianos, kurdos, ismaelitas, una rama de chiíes), además de los alauitas, desde la caída de Bashar al-Assad, ha adoptado formas diversas que van desde las ejecuciones sumarias hasta el vandalismo organizado. Esto ha obligado al desplazamiento forzoso de miles de personas, lo que incide también en el retorno de los miles de autoexiliados que desde comienzo de la guerra viven en campamentos de Turquía, Jordania e incluso algunos que pretendían regresar desde Europa.

Estas matanzas, teñidas de deudas pendientes surgidas durante los años de la guerra, están vinculadas a intenciones de realizar una profunda limpieza étnico-religiosa, donde no solo la minoría alauita corre el peligro de ser desaparecida, sino que también apuntan a las otras minorías, de las que no escapan sunitas moderados, como los sufíes y otras escuelas del sunismo.

Barrios y aldeas, etnias y sectas, en el blanco

La desmesura de la guerra que algunos denominan civil, más allá de que en ella operaron desde el principio, igual que en Libia, mercenarios traídos de muchas naciones del mundo islámico, particularmente llevados desde el sur de Rusia y algunas naciones de Asia Central, generó, como todas las guerras, odios irrefrenables, ya no solo entre las milicias en conflicto, sino entre las poblaciones civiles, que ahora los triunfadores utilizan aquellos odios en beneficio de sus planes de perpetuarse en el gobierno de Siria, para articular como un ariete en combinación con el régimen genocida de Benjamín Netanyahu y sus socios de Washington.

En este contexto, si bien la violencia de represalia posterior a la caída del gobierno de al-Assad, las divisiones intercomunitarias se han trastocado de manera irreconciliable por lo menos a mediano plazo.

El nuevo orden establecido y sus políticas de seguridad, si fuera posible llamar de esa manera a ese sistema delincuencial basado en vendettas y saqueos, que hace sentir a millones de sirios viviendo en un invariable estado de vulnerabilidad, por lo que muchos ya no se avizoran ni siquiera de manera remota un futuro mínimamente previsible. Las minorías saben perfectamente que carecen de cualquier tipo de protección, repitiendo las experiencias que otros ya vivieron en Kabul, Mosul, Raqqa, Sirte o Derna y otras tantas ciudades que tuvieron la tragedia de caer bajo el control de algún intento de establecer un emirato de connotaciones takfiristas.

Las reiteradas masacres de alauitas, que se realizaron en algunas ciudades de la costa mediterránea como Latakia o Tartus a partir de marzo de 2025, y los enfrentamientos entre beduinos del régimen con grupos armados de la comunidad drusa, autodenominados el Movimiento de Hombres Dignos, en Sweida, el enclave druso en julio del año (Ver: La descomposición de Siria).

Por lo que, en este contexto, quedan totalmente desacreditadas las recientes condenas a muerte dictadas el pasado día diez contra el presidente, Bashar al-Assad, por un tribunal penal de Damasco, junto a una serie de funcionarios de su gobierno y uno de sus primos, Wassim al-Assad. La sentencia, sin ningún viso de legalidad, dictada en ausencia, provocó que el debate acerca de la conveniencia o no de estos tipos de juicio, que tienen mucho de farsescos, carentes de respetabilidad y que, en un contexto de normalidad, jamás podrían haber tenido lugar. Recordando procesos igual de ilegítimos que sufrieron otras personalidades globales enfrentadas a los intereses sionistas-norteamericanos, como los del actual presidente de Brasil, Ignacio “Lula” da Silva, la presidenta argentina, hoy detenida, Cristina Fernández de Kirchner, el primer ministro pakistaní, hoy detenido, Imran Khan, la primera ministra bangladesí Sheik Hasina, hoy exiliada en India, y el presidente ecuatoriano Rafael Correa, exiliado en Bélgica.

Todavía es muy temprano para evaluar la profundidad de las heridas que ha dejado en la sociedad siria los casi quince años de guerra, que a vista de las minorías todavía no ha terminado, y continúa bajo un emirato que se articula discreto, que intenta no llamar la atención del mundo, pero que sí somete a su población a una constante cadena de represalias y ataques de turbas tanto espontáneas como articuladas por los vencedores. Aunque quizás mucho antes de que se pueda descubrir la profundidad de esos daños, el pueblo sirio se puede enfrentar a una balcanización articulada entre Ankara y Tel Aviv.

 

 

 


*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

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