San Martín no cabe en un billete sin valor ni en un bronce escolar
La historiografía liberal inaugurada por Bartolomé Mitre prefirió siempre disolver la pólvora de los Andes en el barniz de la caridad patricia. Nos vendieron al «Padre de la Patria» impecable, frío, despojado de proyecto político, casi como si hubiese cruzado la cordillera por puro deber administrativo. Pero cuando raspás el bronce, emerge el verdadero José de San Martín: el militante de la Logia Lautaro, el artífice del Estado interventor e industrializador en Cuyo, el comandante del Ejército de los Andes que entendía perfectamente que sin soberanía económica e integración continental no hay libertad posible. Norberto Galasso desmontó con paciencia de orfebre esa impostura de la historiografía oficial que intentó despolitizar al Libertador para convertirlo en un militar técnico, obediente al puerto y ajeno a las pasiones populares:
«Mitre inventa un San Martín a la medida de la oligarquía porteña: un militar profesional, neutral, sin ideología, sacrificado y silencioso, que combate por la patria abstracta, pero se subordina al poder mercantil de Buenos Aires. Ese mito mitrista oculta al revolucionario apasionado, al organizador del Estado popular en Cuyo y al conspirador continental». — Norberto Galasso, Seamos libres y lo demás no importa nada (2000)
Por su parte, el gran historiador revisionista José María «Pepe» Rosa desnudó la grieta estructural entre el proyecto de emancipación popular de las provincias y los intereses cosmopolitas del puerto de Buenos Aires:
«San Martín no pertenecía a la oligarquía porteña ni respondía a sus intereses mercantiles. Buenos Aires quería el libre comercio para enriquecer a su puerto y reemplazar al amo español por el inglés; San Martín quería la independencia absoluta y la unidad americana. Por eso la oligarquía le negó auxilios, lo desobedeció y prefirió la guerra civil antes que financiar la campaña emancipadora del Perú». — José María Rosa, Historia Argentina, Tomo III
El hilo de Guayaquil y la verdad inconclusa
Esa tensión continental nos retrotrae inevitablemente a aquel planteo tan potente que recuperaba Las huellas del secretario (aquella miniserie de 2013 de la TV Pública): la continuidad histórica entre la llama radical de Mariano Moreno, expresada en su denostado e incautado, Plan Revolucionario de Operaciones— y la praxis militar y política de San Martín y Simón Bolívar.
No hay ruptura entre la pluma jacobina de Mayo y el sable andino. El encuentro de Guayaquil entre San Martín y Bolívar jamás fue la disputa egoísta que la oligarquía porteña sugirió para dividir a la Patria Grande; fue la convergencia táctica de dos gigantes que comprendieron una premisa fundamental: la revolución es americana o no es nada. Si la causa popular y emancipadora se fragmentaba en pequeños feudos dominados por las burguesías comerciales de los puertos, la independencia formal no sería más que el cambio de amo, pasando de la Corona española a los empréstitos de la Baring Brothers y al dominio británico.
Como señala acertadamente Galasso al analizar la entrevista histórica:
«En Guayaquil no hubo un choque de egos ni una renuncia cobarde. Hubo un acto supremo de patriotismo americano. San Martín comprendió que Bolívar disponía de los recursos económicos y militares que a él le negaba sistemáticamente el gobierno porteño de Rivadavia. Para San Martín, lo primero era la liberación de América; la gloria personal no figuraba en su escala de valores».
La falacia de la «libertad» abstracta
Hoy resuena con fuerza un discurso que pretende apropiarse del concepto de «libertad», reduciéndolo a la mera desregulación de mercados, el repliegue del Estado y una soberanía individual atomizada sin noción de comunidad. Pero la libertad que piensa el liberalismo de corte anarcocapitalista o de libre mercado no tiene absolutamente nada que ver con la libertad por la que sangró el Ejército de los Andes.
Para construir el Ejército de los Andes, San Martín no confió en la «mano invisible del mercado» ni en la desregulación financiera. Estatizó la fábrica de pólvora de Fray Luis Beltrán, impuso contribuciones extraordinarias a los sectores terratenientes más adinerados de Cuyo, planificó la producción textil local para uniformar a las tropas y estructuró un Estado provincial hiperinterventor enfocado en el esfuerzo de guerra y la soberanía popular.
«La empresa sanmartiniana en Cuyo fue una verdadera hazaña de economía dirigida y planificación estatal. San Martín creó talleres, estatizó recursos, gravó a las riquezas acumuladas y movilizó a todo el pueblo. Demostró que la patria no se construye dejando actuar a las fuerzas del mercado, sino subordinando la economía al objetivo supremo de la liberación nacional» — José María Rosa, Historia Argentina, Tomo III
San Martín comprendía con claridad meridiana que la libertad individual es una abstracción vacía si la patria no cuenta con autodeterminación política y soberanía económica frente a los poderes extranjeros. Como bien sentenció el propio Libertador en su célebre proclama de 1819:
«Compañeros del Ejército de los Andes: La guerra la tenemos que hacer con lo que podamos; si no tenemos dinero, con cueros; si no tenemos ropa, en pelota como nuestros paisanos los indios. Seamos libres, que lo demás no importa nada». — José de San Martín, Proclama a los pueblos del Perú (1819)
Esa célebre máxima —«seamos libres, que lo demás no importa nada»— no era un canto al egoísmo individual ni a la desregulación económica. Era la firme convicción de que la patria no debía arrodillarse ante las potencias imperiales de la época ni ante el chantaje financiero de Rivadavia y los prestamistas del puerto. San Martín prefirió marcharse al exilio en Boulogne Sur Mer antes que prestar su espada para aplastar el proyecto popular en las guerras civiles fratricidas. Supo que la verdadera libertad exige no subordinar el destino colectivo de la nación al cálculo de la elite cipaya y exportadora.
*Profesor en Historia y Ciencia Sociales
*Por Damián A. Cinquemani