Destrucción del trabajo y precarización cultural

Por Gustavo Ramírez 

Para el liberalismo, el ser humano forma parte del capital. No hay persona, no hay ser. Hay cosa, materia. Un bien de uso que puede ser descartado cuando la necesidad del mercado y empresarial así lo demanden. El trabajador es una herramienta más y su vida es parte de la propiedad que ostenta el capital. La intervención pedagógica impide que se reconozca el sometimiento y la nueva esclavitud a la que está expuesta la clase trabajadora.

Es harto sabido que, bajo la figura del emprendedor, el trabajador pierde toda posibilidad de constituirse como un ser social y acepta la auto-explotación como condición infalible para asegurar el engrosamiento del capital y el decrecimiento de su salario y la precarización de las condiciones laborales. Al mismo tiempo, el trabajo dejó de ser un bien social y se transformó en un aparato transaccional del capital, que subordina las relaciones laborales al andamiaje condicionante del contrato social.

William Maloney, economista jefe para América Latina y el Caribe del Banco Mundial, sostiene que «el emprendedor es el actor clave del desarrollo: identifica oportunidades, innova y asume los riesgos necesarios para generar valor agregado y empleo». Acota que «crear economías más dinámicas en América Latina y el Caribe requerirá fortalecer nuestra reserva de talento emprendedor, al tiempo que se implementen las reformas sistémicas necesarias para su desarrollo».

El orden liberal global impone categorías que destituyen el entramado social y cultural que hace a la distinción del trabajo y la Justicia Social. Se trata del despliegue de un dispositivo socio-cultural que opera en favor de la supervivencia del capital, fortaleciendo el individualismo extremo para romper los lazos comunitarios que fortifican la solidaridad, la conciencia y la identidad de los trabajadores como tales. El dogma material es históricamente deshumanizante, hoy se potencia con la Cuarta Revolución Industrial; de este modo, se opera para neutralizar la identidad del trabajador y, al mismo tiempo, se lo precariza en términos absolutos.

El trabajador queda despojado de su identidad, pero como esto no es suficiente, el régimen actúa para despojarlo de sentido y de dignidad. No solo se precariza su condición laboral, sino también su existencia. El materialismo lo aprisiona, lo arrincona, le inculca la «auto-fobia» y lo convence, a través del aparato de propaganda (medios de comunicación, educación, establecimiento del sentido común y reproducción del pensamiento único), que su progreso puede ser establecido si acepta sus limitaciones sociales y naturaliza que la Justicia Social atenta contra su progreso y desarrollo como persona.

En realidad, está obligado a aceptar su necesidad y, por lo tanto, su incorporación al sistema de esclavitud que, aunque no es reconocido como tal, termina por subyugarlo, disciplinarlo y colonizarlo. Sin conciencia de sí no hay reconocimiento del otro, lo que se imparte es la estructura de la salvación personal, extremadamente individual y salvaje. La maquinaria social de dependencia establece los marcos referenciales de la guerra psicológica, donde el trabajador aturdido e insectificado, desconoce a la comunidad. La amenaza real para su supervivencia es otro trabajador que, en algunas ocasiones, puede cobrar un salario más elevado; en la mayoría de los casos, está en la misma situación de precariedad, pero en el Ley de la Selva lo que imperar es la adaptación darwinista, donde la evolución es reconocida en la destrucción del otro.

En esta trama estructural y condicionante, el sujeto del trabajo ya no es un sujeto histórico, sino la cosa que, distinguida como capital y recurso humano, se pone al servicio de la explotación sin ofrecer resistencia. Claro, es obvio que, absorbido por el flujo del biopoder, se siente parte del mismo; por lo tanto, no tiene la fuerza de su oposición, estará proyectada contra las organizaciones sociales, políticas, sindicales y culturales que percibe como una amenaza. Incluso, llega a legitimar la toma de endeudamiento a nivel personal y colectivo, como una facultad del contrato social, sin comprender que deberá hacerse cargo él solo de su pago. Por ende, su tiempo de vida social —que no le pertenece en lo más mínimo— estará abocado a transferir riquezas de manera vertical y unilateral.

En la Argentina de Milei, la pregunta  sobre el futuro del trabajo está aferrada a la estructuración de distinguir para quién trabaja el trabajador argentino y en qué consiste ese futuro. El gobierno libertario produjo un cisma en la apreciación material sobre el trabajo, alineado con las influencias sajonas y la cultura del poder global. De lo que se desprende que, en las condiciones actuales y ante la deshumanización de las relaciones sociales, se impone la naturalización de la precariedad.

El capitalismo financiero dirige sus dardos a neutralizar la conciencia y la identidad de los trabajadores, al mismo tiempo que impone por propiedad transitiva la precariedad social, material y espiritual del individuo. Por lo tanto, es dable afirmar que asistimos a la extensión del proceso de descomposición y desocialización, que en Argentina resurgió en 1955 con el golpe de Estado oligárquico de la mal llamada Revolución Libertadora.

Para el sociólogo Guillermo Pérez Sosto, «la actual acumulación se realiza por un lado, sobre la precarización de millones de trabajadores (pérdida de protección, de derechos, etc.) y, por el otro, por el desplazamiento de trabajadores hacia la desocupación de largo período o definitiva (acumulación sobre «trabajo muerto»). Cuantos más trabajadores quedan afuera del sistema, más se acumula o más se equilibra el sistema. La variable de ajuste no es sólo el salario, sino la existencia misma del asalariado». [1]

No obstante, la experiencia histórica de nuestro país demuestra que el liberalismo no es un fenómeno absoluto. Puede ser derrotado si se recupera el contenido ontológico del trabajo y los principios rectores de la doctrina de liberación nacional del Justicialismo. Obviamente, la discusión profunda está orientada a pensar qué modelo de país se necesita. No obstante, se hace imprescindible discutir la matriz productiva nacional, pero fuera de la lógica liberal. El desafío no es menor, porque, al mismo tiempo, hay que restablecer el dispositivo cultural que centralizó el rol estratégico del trabajo y de la clase trabajadora.

Resulta difícil creer que esto pueda repararse sin el protagonismo de las Organizaciones Libres del Pueblo y que sea la mano de la superestructura política la que se extienda para efectivizar un «salvataje», que se simplifique en políticas asistencialistas. No obstante, es necesario que estas organizaciones estén convencidas de su peso histórico y en que no pueden escapar del rol estratégico que cumplen en la política de liberación nacional. Argentina está en «guerra», aunque el término resulte incómodo. Por ende, no se puede seguir jugando al «demócrata obediente».

Como lo explicitó el último domingo, Milei defiende la supremacía del capital por sobre el trabajo. Eso quiere decir que está decidido a destruir la vida de millones de personas. Mientras se jactaba de la superioridad moral de la oligarquía, atacaba al pueblo trabajador al afirmar: «la justicia social es un robo, implica un trato desigual frente a la ley y está precedido de un robo, manga de ladrones». Es cierto, la solución es política, pero no está solo en manos de los políticos profesionales sino también en las del pueblo trabajador.

 

 

 

[1] – Sosto Pérez, Guillermo. (2018). ¿Cuál es el futuro del trabajo? Ciccus. Aulas y Andamios, Editores.

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