La restitución colonial que propicia Javier Milei a través de la reafirmación de las políticas neoliberales no solo tiene un carácter material. La tergiversación histórica y el ocultamiento de hechos, se alinea con lo estructuración civilizatoria anglo-europea que niega a la clase trabajadora su protagonismo en acontecimientos que sirvieron para cambiar el rumbo de las relaciones de poder.
La historiografía liberal denostó la participación popular en las acciones sociales e hizo todo lo posible para borrar las huellas de sus acciones: el nihilismo construyó un relato derrotista que persistió en desfigurar la trascendencia de los hechos, al mismo tiempo que intentó subordinar la disputa de Poder a estructuras intelectuales prefabricadas por el aparato intelectual oligárquico. Se le negó al pueblo la capacidad de pensar y de pensarse.
Tal es así que, por ejemplo, en una cátedra de Historia Social de la Argentina que se dicta en una universidad nacional, la docente considera inapropiado dar a conocer a referentes del pensamiento nacional porque los considera «simples» y «reduccionistas». Los que le permite negar ya no solo la acción disruptiva de los trabajadores en la historia, sino también la injerencia geopolítica de Gran Bretaña y Estados Unidos en Hispanoamérica. El caso no hace a la generalidad pero ilustra como el positivismo liberal se imparte, incluso de manera sutil, en los espacios académicos.
La negación de la disputa de poder, desde una ´presunción aséptica, no solo excluye al conocimiento popular, categorizado como irracional, bárbaro, anti-cientificista y a sus artífices, sino que legitima el marco teórico con el que la oligarquía impone el dogma materialista como paradigma de la dominación y de la dependencia y neutraliza toda identidad nacional en nombre de una verdad universal.
El abogado y profesor adjunto de Derecho de la Seguridad Social en la UBA, José Luis Di Lorenzo, afirmó que «el imperium bajo el ropaje colonial y/o neocolonial ha negado y niega sistemáticamente la existencia de la otredad, la descalifica por bárbara, por incultas». Por otro lado, añadió que esta es una «lógica funcional a que el sistema integral de dominación completara el círculo del sometimiento, de nuestra dependencia, escolarizando y enseñando en las universidades el pensar y las ideologías eurocéntricas, negando la existencia de una cultura nacional, argentina, la nuestra». (Bolívar, Ríos, Di Lorenzo, 2014, p. 19)
Cuando Francis Fukuyama postuló el fin de la historia decretó la caída de los grandes narrativas nacionales del Siglo XX. Lo que formuló, en cierta medida, es la re-categorización del significante Poder al prestablecer que la democracia liberal se erigía como sistema victorioso ante la debacle del comunismo y de los nacionalismos. Dotaba así de marco teórico al sistema de recolonización y de dependencia que ostentaba el capital sobre una base material que presumía la culminación de un ciclo histórico, donde la clase trabajadora disputaba poder contra la oligarquía.
En términos civilizatorios se le niega a la clase trabajadora su propio pensamiento, no se lo reconoce y se establece un marco cultural que le es extraño, ajeno. Contra ella se ejerce ese poder que al mismo tiempo que coacciona difunde la pereza cognitiva, como arma de la «batalla cultural». Para que el trabajador no se reconozca como tal existe un andamiaje pedagógico que lo restringe como sujeto histórico y los desvincula de su cultura a través del individualismo extremo.
El filósofo Byung-Chul Han sostiene que «el poder está precisamente allí donde no es tematizado. Cuanto mayor es el poder, más silenciosamente actúa. El poder sucede sin que remita a sí mismo de forma ruidosa». En esta perspectiva, el Poder está siempre ubicado por fuera de las fuerzas populares. Por lo tanto cabe preguntarnos, incluso desde una perspectiva que aborde una actualización doctrinaria, si las Organizaciones Libres del Pueblo y sobre todo los sindicatos, solo deben ser sólo polea de transmisión de la Columna Vertebral o si a través de la misma, deben consolidar estructuras que le permitan apropiarse de su poder para construir la liberación nacional desde la conducción política.
El Nosotros y el Poder
No es casual que Milei insista en resaltar su alineamiento con las políticas de Donald Trump y ahora, con las del Primer Ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, dado que lo que algunos «analistas» avisaron como un trazado ideológico no es más que una manera de comprender al Poder y a quien tiene la autoridad para ejercerlo. No es nuevo, los paralelismos históricos abundan. La presentación de estas concepciones hacen que, precisamente, se diluya la concepción política que subyace detrás de esta matriz de «acuerdo».
En la Universidad Bar-Ilan, junto al premier israelí, el libertario explicó: «Vivimos un momento en que los valores que nos dieron civilización, la libertad, la democracia, el estado de derecho, enfrentan desafíos crecientes; frente a esto, las naciones que comparten esos valores tienen una responsabilidad: organizarse, cooperar y actuar juntas».
Lo expresado por Milei en Israel, en medio de una guerra que conduce al mundo a un callejón sin salida, no responde a un rapto emocional, es la resignificación política de la falsa antinomia liberal entre «civilización o barbarie» donde el poder solo puede ser ejercido por aquellos países que son considerados por el propio régimen oligárquico como «civilizados».
El Secretario General del Sindicato del Personal del Dragado y Balizamiento, Hugo Godoy reflexionó sobre las caracterizaciones que se inscriben al Poder y puntualizó: «El poder no afecta solo las relaciones personales, moldea dinámicas más amplias como los grupos sociales, las organizaciones profesionales y los gobiernos. Se despliega en redes de relaciones sociales mediante el biopoder y la vigilancia. Donde hay poder, siempre hay resistencia».
El dirigente sindical, recordó que «para Juan Domingo Perón, el poder es esencialmente “organización popular”. Se basa en la premisa “organización es poder” y se construye a través de las organizaciones libres del pueblo, buscando la justicia social, la independencia económica y la soberanía política. El poder se ejerce para el bien común, no se delega, y se manifiesta cuando el gobierno hace lo que el pueblo quiere».
Lo que se define es un rasgo epistemológico que parte de un saber situado y reconoce los rasgos distintivos de la cultura nacional. Por ende, mientras Milei desconoce y pretende neutralizar la identidad argentina en una representación absoluta, como la que postula el distintivo «civilizatorio», el dirigente sindical contrapone una identidad que se abraza al nosotros desde la autenticidad del reconocimiento histórico.
Para Godoy, Milei es consciente del poder que ejerce: «El poder de infundir miedo, apaleando a nuestros viejos jubilados; el de eliminar la educación pública, la salud y provocar el despido de trabajadores del Estado; el cierre de miles de pymes, ocasionando un daño irreparable y un enfriamiento de la economía interna. El “poder” de manejar la justicia a voluntad, para sentirse “impune” ante actos de corrupción como LIBRA, ANDIS, actividades vinculadas al narcotráfico, el caso Adorni entre otros».
En ese sentido agregó: «Poder para entregar nuestros recursos naturales a las potencias extranjeras que siempre estuvieron al acecho y hoy, con tanta facilidad, se hacen de nuestros recursos, negando a nuestro pueblo la posibilidad de aprovechar nuestras riquezas para su propio bienestar».
Por lo tanto, si tomamos estas afirmaciones, no hay neutralidad posible frente al ejercicio del Poder. No hay posicionamientos inocentes. Milei, como agente de la oligarquía tiene en claro lo que expresa. En este sentido, Godoy reafirmó: «Por esto pienso que el poder es subjetivo: depende de quién lo ejerce y para que lo aplica. “Donde hay poder, siempre hay resistencia” decía Michel Foucault. Todos tenemos nuestra cuota de poder, es hora de ejercerlo, cada uno desde su lugar, con un solo fin: “recuperar la felicidad del pueblo”».
Arturo Jauretche sentenció: «La política de la historia falsificada tendió precisamente a cegarnos la visión de los fines históricos que son los nacionales por fines ideológicos e institucionales. Así ha podido incorporarse a nuestra educación -y esto es mucho más increíble-, a las academias militares, el dogma de que la finalidad de la emancipación argentina fue construir determinado régimen político, determinada forma institucional y no ser una nación, poniendo en el primer término lo formal y en el segundo la substancia. Es la tónica permanente de la enseñanza de nuestra historia. No es ningún hecho nuevo esto de los demócratas que no acatan la mayoría, y de los liberales que reprimen la libertad. Es el sistema permanente de la ficción».
Se infiere entonces, que los signos de la batalla que hay que dar están en la resignificación de la cultura nacional que tiene su origen en la comunidad. El sentido de poder, entonces, está dado por el pueblo para el pueblo.
