Aunque en el noveno ítem de su Decálogo, el escritor uruguayo Horacio Quiroga, para los argentinos, rioplatense, diga: “No escribas bajo el imperio de la pasión”, no puedo evitarlo. Ya que ver a Maduro esposado como un carterista de metro, caminando junto a su esposa, Cilia Flores, “la primera combatiente”, por un pasillo de la DEA en Nueva York, con un miedo del que te cagás, saludando a diestra y siniestra con un good night y un Happy New Year, con la severidad de quien se cruza en el pasillo de algún albergue transitorio con un vecino de su edificio, no sé por qué me trajo a la cabeza la encendida e invicta mirada del Che Guevara, que, ya muerto, siguió heroica y más viva que la de cualquiera.
O el recuerdo del presidente chileno, Salvador Allende, que, con metralla en mano y casco, se despedía con la dignidad del hombre simple que fue toda su vida del cielo de Santiago; hasta incluso, ¿por qué no?, los minutos finales del coronel Gaddafi, desorbitado y confundido en aquel desagüe de Sirte, siendo hostigado y maltratado por los mismos a los que él les había dado dignidad, casa y trabajo por cuarenta y dos años.
El único crimen constatado por los mismos que asesinaron al Che y Allende y encendieron para siempre los cielos libios había sido intentar otra fórmula para cambiar la suerte de los que nunca la tuvieron. La caída de Maduro, que ni siquiera lo despeinó, representa, espero que no, el tiro final, pero casi, para lo que alguna vez fue la izquierda revolucionaria, y hoy, tan modestamente, para no hacer olas, para pasar disimulados y no llamar la atención, se autodenomina movimiento o ideas “nacionales y populares”, o alguna galimatía semejante.
Mientras busca, sin encontrar a algún líder que nos lleve otra vez al centro del ring, con el desconcierto de aquellos perros callejeros, ven en los ojos de cualquiera el abrigo y la comida que nunca conocieron. U otras como la de Patrice Lumumba, ya montado sobre el jeep que lo llevaba a la muerte; o de los que ni siquiera imágenes han quedado, de Thomas Sankara, Hasan Nasrallah o el general iraní Qasem Soleimani.
Tanto intentamos diferenciarnos de los que entraron victoriosos a Berlín, a Hanoi, a La Habana o a Managua, que ya no sabemos de qué se trata aquello y nos desentendemos, como si aquellas milicias hubieran sido de fantasmas. Mientras la módica centro-derecha, una mañana, tímidamente se despertó derecha y de allí saltó al ultrismo, al fascismo o al nazismo, ya sin ninguna vergüenza y de cara al sol, como Dios manda.
Mientras que a los muy pocos de los nuestros, que han surgido en estos últimos años, como la argentina Cristina Fernández de Kirchner, el ecuatoriano Rafael Correa o el pakistaní Imran Khan, están presos o exiliados. Porque en esta realidad, sin necesidad de la inteligencia artificial, a nadie se le niega ni un vaso de agua, ni cargos por corrupción, terrorismo, narcotráfico o ladrón de gallinas; todo sirve para sacarlos de la cancha y disciplinar a quien pretenda seguirlos.
Quizás por todo esto sea el momento para reflexionar y luego buscar honestamente a los responsables de este monumental fracaso, del que, desde el inicio, no es Trump. A los culpables hay que buscarlos entre los nuestros. Ellos, una vez más, los norteamericanos, claramente han cumplido, y muy bien, con su deber: el deber de todo enemigo que se precie y se honre a sí mismo: “atacar”, con todas las armas posibles, por todos los frentes dables.
Y eso había advertido Trump, y raro en los de su especie, esta vez cumplió, por lo que sabemos que, a partir de ahora, los Estados Unidos tendrán la decisión y los beneficios absolutos en la industria petrolera venezolana, respaldada por la mayor reserva conocida del mundo, además de una importante diversidad de ricos yacimientos minerales. Beneficios absolutamente merecidos por haberle quitado al pueblo venezolano el yugo marxista.
El presidente norteamericano, además, anunció que su intervención continuará hasta que finalice el proceso de estabilización y restauración democrática, después de “una transición segura, apropiada y juiciosa”, lo que podría implicar que la visita se extienda por algunos años.
Solo por recordar los casos más prolongados, como el de Filipinas, donde se mantuvo cuarenta y ocho años; Nicaragua, veinte en dos estadías diferentes; Haití, otros tantos; los setenta y seis años que ocupó el Canal de Panamá, desde donde digitó toda la política del país; y los casos más recientes, Afganistán, por dos décadas, sin olvidar Puerto Rico, donde se instaló en 1898 y aún no muestra voluntad de marcharse.
En vista de esto, doña María Corina Machado, quien había avisado que estaba preparada para asumir la presidencia, según Trump, más allá de ser “una mujer muy amable”, no cuenta con el apoyo. Y tendrá tiempo para sacar brillo a su medalla por su premio Nobel y gastarse en carteras y zapatos el millón de dólares que acompañan tanto honor.
Totus tuus, Donald Trump
Por Gaudi Calvo 