Tierra alta

Por Gustavo Ramírez 

¿Cuál es el hábitat natural del hombre? En principio, la cuestión parece radicar en tomarnos un tiempo para pensar y, al mismo tiempo, situar ese pensamiento en nuestro contexto. De cierta manera, esto implica romper con la ataduras que nos sujetan el micro clima. El encierro parece ser unas de claves de estos tiempos, donde el solucionismo tecnológico contribuye a generar un ecosistema de hombres aislados, lo que posibilita imponer la noción del individualismo material extremo.

¿Habitamos una nueva era de la verticalidad? Las ciudades crecen para arriba, aunque parecen expandirse, ampliarse y conformar una geografía de la ocupación horizontal. Sin embargo, las ciudades quedan sujetadas a las fronteras de hormigón y se encastran en una fisonomía sin luz; apuntan al cielo, pero ocultan su luminosidad. Al mismo tiempo, prescinden del origen natural de condición humana. El crecimiento del cemento se produce en paralelo a encasillamiento y de la destrucción de los recursos naturales, en nombre de progreso y el desarrollo, como fines materiales, que nunca llegan al total de la población. La utopía, en el sentido político del acceso a bienes y servicios, funciona como un ancla moral y material; sin embargo, retrasa la realización social y subyuga a los individuos al sometimiento de su desnaturalización como ser humano.

En la carta encíclica Laudato Si, el Papa Francisco expresó: «A la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta se une hoy la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llaman «rapidación». Si bien el cambio es parte de la dinámica de los sistemas complejos, la velocidad que las acciones humanas le imponen hoy contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica. A esto se suma el problema de que los objetivos de ese cambio veloz y constante no necesariamente se orientan al bien común y a un desarrollo humano, sostenible e integral. El cambio es algo deseable, pero se vuelve preocupante cuando se convierte en deterioro del mundo y de la calidad de vida de gran parte de la humanidad».

¿Cómo defender lo que no se conoce? El ecosistema de la vida en las grandes urbes desvincula al ser humano de la naturaleza. No hay suelo, no hay tierra. El cemento es el «tótem» y, desde él, se construye el sentido civilizatorio del progreso: el dominio de la naturaleza. En contraposición, la naturaleza representa todo aquello que no tiene que ver con la condición material: es la barbarie. Como sabemos, la barbarie y el bárbaro son salvajes que deben ser sometidos al orden prestablecido desde el sistema de dominación. La mejor inmunización contra ese naturaleza, que busca constantemente emerger con su fuerza arrasadora, es deshumanizar el hábitat humano y a su individuo. La naturaleza hiede, la civilización huele.

Al decir del pensador Rodolfo Kusch: «La razón, la conciencia del pueblo y la acción popular residen en el paisaje, en el suelo, en la «barbarie» y el caudillo. Las formas de la barbarie, lo impuro, y hediento, transforman por la negación la ficción del «ser alguien» de la ciudad y de los próceres en el estar no más: «la negación conduce a lo que está, y, todo lo que es, resulta sumergido en el estar«.

Una expresión de libertad

El sol cae casi en línea recta sobre la superficie del Cerro de la Cruz, en Carlos Paz, Córdoba. Allí la tierra está, no transcurre. La ciudad sucumbe ante la fisonomía de lo natural. La barbarie se impone. Sublime, majestuosa. En su flora y en su fauna se manifiesta la historia, pero no ya como símbolo, sino como realidad. No es un espejo donde se retrata la imaginación del utopía. Es la esencia misma de la carnalidad humana, despojada de toda ambición material. Es entonces, la tierra de los Comechingones se abre paso hacia el cielo, donde su luz la nutre e ilumina el sentido profundo de su barbarie.

Luciano Bolsi, guía de montaña y encargado de «guiar» a los visitantes por el Cerro, explica: «esto es una reserva que se llama Camiare, es el Cerro de la Cruz y es la montaña más alta que tenemos en Carlos Paz. Al ser una reserva es un área protegida, intocable, inexpugnable. Nos pertenece a todos». Nos advierte que es un sendero de montaña con dificultad medio, gratuito para todo el mundo. El sendero simboliza el Vía Crucis, con XIV paradas. Al mismo tiempo, alberga tres miradores donde uno asume que puede tocar el cielo con las manos.

El guía cuenta que el momento de la Cruz tiene origen en 1935. Después del dato histórico, que involucra a la administración pública de Córdoba y al colegio eclesiástico, Bolsi afirma que mucha gente del pueblo desconoce los secretos que guarda el cerro. En él habitan pumas, lagartos overos, zorros, arañas, serpientes y una gran cantidad de aves. También advierte que está latente el negocio inmobiliario. Ahí es donde la civilización irrumpe con fuerza. En la región, los incendios intencionales son unas constante y están emparentados con la razón material. Por suerte, el Cerro está bien protegido, al menos por el momento.

Afirma que desde un tiempo a esta parte se implementó una estructura de salidas nocturnas, no solamente destinada a los turistas, sino también a los habitantes de Carlos Paz: «Las caminatas nocturnas se hacen los días sábados de seis y media de la tarde a veintidós horas, son totalmente gratuitas y tienen cupo para quince personas. En cada mirador se crea una charla sobre historia, geografía, historia de Carlos Paz, historia de San Roque, historia de la batalla de San Roque entre el general Bustos y el general Paz. Todo lo que es historia de los originales que vivían acá, que son los Comechingones».

Cuando uno alcanza los quinientos metros, la mitad del recorrido, la percepción del tiempo y de sí mismo se transforma. La naturaleza es demasiado grande como para creer que somos realmente omnipotentes. No obstante, al ver la inmensidad que nos rodea, ella nos llama, apaciguada, espléndida, a recuperar la memoria. Es que en algún momento nos extraviamos y perdimos registro de que somos parte de ese mundo y de que lo habitamos. Entonces uno se siente espléndidamente bárbaro. Después de todo, argentinidad y barbarie son sinónimos.

Bolsi explica, con tono sentimental y pedagógico, que este lugar «nos pertenece a todos». Asegura que «la gente queda totalmente sorprendida con lo que se encuentra. Hay gente que jamás ha subido una montaña. Esto en realidad es una sierra por la altitud. Está a mil metros sobre el nivel del mar y tiene una longitud, hasta la cima, de dos kilómetros y medio. En total, entre ida y vuelta, son cinco kilómetros. Desde la cima uno aprecia todo lo que es el Valle de Punilla y lo que es el Parque Nacional Condorito».

El hombre ama el trabajo que hace. Se le nota cuando cuenta de qué se trata su trabajo. La tierra de la sierra está metida en su piel. Ahí él es «estando», no transcurriendo. Un oficio terrestre, humano. Argentino. Afirma: «para mi es uno de los mejores trabajos del mundo, estoy en un ambiente que sería una oficina abierta (ríe). Uno respira aire puro, está en contacto con la naturaleza, conoce gente, escucha a los pájaros. Es una expresión de libertad».

Una expresión de libertad, el sol pega en el lomo, pero no lastima, el viento canturrea y la naturaleza se deja acariciar el vientre. Estamos en ella y con ella. Lejos del ruido, de la patología, de las mentiras y de los artificios, lo que sentimos es a nosotros mismos dentro de la Casa Común. Cuando se emprende el descenso, uno es consciente de que nada volverá a ser igual. Uno ya no lo es.

 

La barbarie, la libertad

Nuestra historia puede contarse a través de una piedra de río que se creó hace  500 millones de años y que permanece ahí, junto a él, inmortal, mítica y natural. Nos descuidamos cuando perdemos contacto con lo que nos humaniza. La ciudad fracciona momentos que se tornan efímeros porque circulan a la velocidad de lo líquido,  pero en pueblos como Icho Cruz o Tala Huasi, el tiempo es vida que se incorpora y la existencia cobra sentido. Calidad de vida.

El país va siempre por dentro. El río, como el mito, es retorno. Atraviesa a estos pueblos de Córdoba de manera circular y los nutre de tanto de vida como de historia. En su extensión geográfica se pliegan las causas nacionales, las pérdidas y los triunfos de la Argentina como pueblo. Pero quien no puede ver estos lugares no puede comprender de que se trata.

Conocer el país debería ser un derecho social consagrado por la Constitución Nacional. Cómo explicar que la sierra y el río se hermana para abrir caminos que llena de vida todo lo que tocan. No alcanzan las palabras. En un país donde hay pibes que comen una sola vez al día, donde los viejos viven en cárceles de miseria, es muy difícil afirmar que la razón natural de la existencia es la felicidad. Mucho más cuando por la Ruta 9 se observan carteles donde un tipo anuncia: Vendo 10.000 mil hectáreas. Punto y aparte: en Argentina el problema es la riqueza y son los ricos, que no la generan pero viven del trabajo de los que la generan y no pueden disfrutar.

El viejo río que va, vuelve. Está ahí, con sus aguas cristalinas y nos recuerda que en realidad es la apropiación de la narrativa y el relato del enunciador el que confunde al receptor. Claro, que muchas veces, la forma pasiva de la escucha actúa en complicidad con la imposición de la noción de  país. En esa narrativa, paz, amor y felicidad, no son parte del juego de palabras.

Cuando uno vuelve al origen, a la barbarie, al hedor del río y de la tierra, se apropia del sentido de palabras que el consumo colonial vacío de sentido y dejó librado al guión de telenovelas. Argentina es paz, amor, y felicidad, pero conocer el valor de esos significantes está vedado para el conjunto de la población. Existe un conjunto del fontaneros del capital que dominan las dimensiones del discurso para tergiversar las valoraciones, así el Turismo se convierte en una «industria» de consumo y no en un derecho que hace a la calidad de vida.

El sistema nos aprisiona y naturalizamos el perfume de la encerrona civilizatoria. Nos olvidamos de nuestra historia, de nuestras pasiones, de nuestra naturaleza y desmemoriados deambulamos acumulando horas de trabajo para alcanzar las vacaciones y pagar ochenta mil pesos por una hora de sombrilla, sin atender ni entender de que se trata el medio ambiente que nos rodea. Y así transcurrimos.

El río y las sierras no se pueden domesticar. Entre ellos existe una relación de vida, de solidaridad, de pertenencia, de identidad. Hay una Argentina salvaje que todavía nos espera. Tal vez, si entendemos que recuperar ese espíritu indomable e incorregible, volvamos a comprender lo que realmente significa la libertad.

 

 

 

 

 

Compartir en redes sociales

Compartir
Compartir
Compartir
Compartir
Compartir
Compartir