Somalia: absoluta normalidad

*Por Guadi Calvo 

 

En Somalia, julio se inició con absoluta normalidad. El gobierno anunció el día primero la muerte de al menos 35 muyahidines de al Shabaab, la franquicia de al-Qaeda para el Cuerno de África, tras una operación aérea en la que colaboraron “socios internacionales”, en la región de Bajo y Medio Shabelle, al sur de la capital, Mogadishu, que se ha convertido en estos últimos meses en el corazón del conflicto que, desde 2011, incendia el país.

Según el Ministerio de Defensa somalí, los ataques se centralizaron en la región de Godey, sobre las localidades de Tawakal, Nuun Garre y Ugunji, donde, además de los milicianos muertos, una veintena de ellos resultó herida, y arsenales y un campamento de los terroristas fueron destruidos. Tras los ataques se alcanzó a escuchar una fuerte cadena de explosiones, lo que indica la magnitud del armamento acopiado por los insurgentes. Según el ministerio, el grupo estaba preparando una serie de ataques en diversos puntos del país, como parte de un incremento de sus operaciones armadas en cercanías de la capital.

La guerra contra la que por años fue la khatiba más activa de al-Qaeda en África parece encontrar un eterno comienzo, ya que, más allá de las operaciones “exitosas” del presidente Hassan Sheikh Mohamud, el país navega sin rumbo en un eterno descalabro. La región del Bajo y Medio Shabelle es un distribuidor de caminos que conectan al interior con la capital, por lo que es allí donde al-Shabaab intenta perpetuarse más allá de sus retiradas tácticas, con las que elude la presión del Ejército Nacional de Somalia (ENS), y adonde retorna apenas los militares disminuyen los efectivos en el área para cubrir otros frentes, en una acción de serrucho, ganando por desgaste, cada vez, algunas posiciones en el territorio en disputa.

Desde la ofensiva del 2022, en la que el gobierno nacional había recuperado numerosas localidades, con el acompañamiento de las milicias de autodefensa conocidas como Ma’awisley (en maay-maay, una de las lenguas más habladas del país, que se podría traducir como “irregular”), en la que también intervino la aviación norteamericana, drones aportados por Turquía, junto a efectivos de la AUSSOM (Misión de Apoyo y Estabilización de la Unión Africana en Somalia), la que, como cada año, a la hora de la renovación de ese mandato, vuelve a estar en discusión, la continuidad de sus doce mil hombres, que requieren, para mantener su capacidad operativa, de la provisión de combustible, alimentos, transporte y asistencia médica, fundamentalmente de Naciones Unidas y otros organismos internacionales.

El conjunto de estas fuerzas jamás ha logrado conformar un bloque sólido que permita dar cara a los terroristas, ya que su compromiso siempre es limitado por los intereses propios de cada nación interviniente, por lo que, en cada retirada, aunque parcial, los insurgentes retornan, dando inicio a un ciclo agotador, fundamentalmente para las poblaciones civiles, que, más allá del cambio de mano, esas comunidades siempre están ocupadas y próximas a un nuevo desastre. Respecto a esa disociación de fuerzas, Washington las justifica aduciendo que las divisiones internas, que se han mantenido constantes en el Estado somalí, y su incapacidad para establecer una estrategia coherente contra el terrorismo hacen difícil establecer un compromiso financiero mayor a los 500 millones de dólares al año, el que en su momento había superado los dos mil millones.

Lo que muestra el agotamiento de la Casa Blanca en una guerra en la que está involucrada, con sus más y sus menos, desde el 2023. La quita o simplemente una mayor disminución de esos aportes precipitaría la caída del ya muy endeble gobierno federal, retrotrayendo la situación a antes de 2011, cuando la Unión de Cortes Islāmicas (UCI), antecedente inmediato de al-Shabbab, controlaba Mogadishu.

Esta situación contribuye a que al-Shabaab continúe fortaleciendo sus capacidades tácticas y logísticas, gracias a su flexibilidad estratégica, siempre adaptándose al nuevo escenario propuesto por el enemigo. Ya que ellos no necesitan el control permanente de esa población, sino instalar la advertencia de un retorno seguro, en el que los que colaboren con las fuerzas regulares serán, en lo particular, castigados hasta la incautación de sus bienes, que pueden incluir no solo sus animales y vehículos, sino también a sus hijos, los hombres para ser incorporados como milicianos y sus hijas como esclavas sexuales de los muyahidines, al punto, incluso, de la pérdida de sus vidas y bienes, y las exacciones compulsivas como castigo general por la colaboración de sus vecinos. Así, todos ellos prefieren el control de los caminos vecinales por donde transcurre el comercio y la vida de la población, que necesita trasladarse de un punto a otro de la región.

El estancamiento

Coinciden diferentes jugadores que, en el actual contexto de la guerra contra el terrorismo en Somalia, la guerra está estancada y que, a cada acción de uno, hay una reacción del otro, quedando prácticamente en el mismo punto, martirizando a la población civil, impidiendo su desarrollo e incrementando la incertidumbre de los veinte millones de somalíes, que además se encuentran agobiados por el cambio climático, que ha cambiado de manera rotunda su régimen de lluvias, haciéndolo mucho más intenso, lo que produce inundaciones de características desconocidas, al tiempo que se extienden las temporadas de sequía, lo que repercute, obviamente, de manera directa en la producción agrícola, históricamente ya escasa, lo que obliga al desplazamiento de cientos de miles, que se suman a los corridos por la guerra, proyectando un panorama, por lo menos, diabólico.

Algunos expertos insisten en que, para encontrar una solución, al menos a la guerra, para ensayar después otra a la cuestión climática, se debería explorar otro trazado no militar, ya que esta opción, en Somalia, desde prácticamente su independencia, de la que el último primero de julio se cumplieron 66 años, no ha tenido un momento de paz, viviendo en estado permanente de guerras fronterizas, de inestabilidad política, social y alimentaria, y conflictos armados de características étnicas, tribales y religiosas, lo que hizo de Somalia el epítome del Estado fallido, una definición hecha a la talla de este país, donde el poder político real apenas alcanza a unas manzanas de Villa Italia, la sede del gobierno, mientras en el resto del país el poder estatal se encuentra fragmentado por profundos hiatos del poder tribal o directamente del insurgente.

Con la ofensiva de al-Shabaab en 2025, el control territorial de esa geografía se volvía a retrotraer al de 2022, mientras que, de hecho, ya han quedado descartadas las posibilidades de las elecciones presidenciales que se deberían haber realizado este año, ya que el período oficial del presidente Mohamud, quien llegó al cargo por segunda vez en 2022, prometiendo “una guerra total al terrorismo”, y que tendría que haber cesado su mandato el pasado mayo. Así y todo, no existe consenso para que puedan realizarse, en un tiempo al menos prudencial, una nueva compulsa electoral, lo que abrirá, ineluctablemente, un nuevo foco de tensión.

Es muy difícil imaginar qué propuestas podría traer a su electorado un nuevo gobierno político, qué otro nuevo intento, ¿en qué dirección marchar?, ya que todo, absolutamente todo, ha fracasado en Somalia, desde ensayos marxistas a principios de la década del noventa, a la llegada del fundamentalismo musulmán una década después de aquello, a las últimas pruebas neoliberales de las manos del Departamento de Estado norteamericano, con presidentes educados en universidades de los Estados Unidos que llegaron con todo el aval de Washington.

Uno tras otro, estos modelos se han estrellado frente a un muro de concreto, que tiene sus fundamentos en el pasado colonial, al igual que prácticamente en todos los países del continente, que han sido marcados a hierro por todo lo que vino después de las concesiones que se autoconcedieron las naciones europeas que participaron de la Conferencia de Berlín (1884-1885).

Somalia no escapa, ni escapará, por un largo tiempo, del constante ciclo de violencia en el que está apresada, por lo que, en algunas semanas, si no antes, estaremos otra vez hablando de más muerte, de más desesperación, lo que significa absoluta normalidad.

 

 

 


*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

Compartir en redes sociales

Compartir
Compartir
Compartir
Compartir
Compartir
Compartir