Movilización y pueblo: la Patria es un dolor que florece

*Por Alejandro Tarruella 

 

El pueblo en pie

La movilización popular de los 6 y 7 de agosto pasado, confirmó que el pueblo argentino está en pie y se moviliza siempre ante convocatorias genuinas. El germen del movimiento, que no está organizado, estuvo una vez más en las calles de todo el país reclamando un cambio profundo que no solo comprende las demandas labores, sociales, culturales, sino que es también un llamado a la dirigencia política y a quienes emergen de la movilización para lograr una gesta, que comprenda un replanteo en términos de organización. El pueblo, en tanto, puso en claro el lugar donde está parado y en movimiento.

El planteo que surgió con la exposición al mundo que realizaron los jugadores de la Selección Argentina, y el público que asistió al partido en que vencimos a Inglaterra, fue un grito que cubrió no solo el territorio nacional, sino que conmocionó al planeta. Es posible que el trozo de tela con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, haya salido de la acción de los ex Combatientes de la ciudad de La Plata para alcanzar los altos de la tribuna del Mercedes-Benz Stadium de la ciudad de Atlanta, Georgia, en los Estados Unidos, donde nació Martin Luther King y Ray Charles, nacido en Albany, cantaba “El cielo ayude a los niños que nunca tuvieron un hogar,/ Cielo ayudar a la chica que camina por la calle sola/ El cielo ayude a las rosas si las bombas comienzan a caer,/ El cielo nos ayude…” Hay un clamor mundial que hace a la lucha que el pueblo argentino sostiene en las calles de todo el país.

Ese sentimiento une a Perón, Evita, Maradona, Jorge Bergoglio, y a la selección argentina, que pone la cuestión en el planeta. No es un tema tan sencillo porque hace a la política desde un sentimiento profundo que hoy se expresa en todos y cada uno de quienes se reúnen en torno de esa sensibilidad sin precio y sin patrones. Se acabó el tiempo que Libertad Demitrópolus definiera en su poética así: “… cuando vino la sequía a la viña y nos dejó callados y solos”. La sequía está viva, pero ya no estamos solos.

No hay necesidad de exponer, como la mucha dirigencia que camina hacia su fin en el fin de un tiempo histórico, que somos peronistas a cada paso. El que afirma, a veces no confirma. Hoy seríamos peronistas sanmartinianos, bergoglistas (¿Por qué nó?) y deberíamos abordar nuevas definiciones para tiempos de transformación. Pasó con los yrigoyenistas que abordaron F.O.R.J.A. como puente para llegar al peronismo. No porque dejaran de serlo, sino como una necesidad histórica de redefinir el espacio política donde se movían porque la historia y la sociedad cambiaron, son otros. Con el pueblo en la calle, el movimiento produce temblores, sismos político-institucionales que aventuran lo inminente y para eso tenemos que estar en pie y exigiendo. Como que “La Patria es un dolor que florece”, como nos repite Marechal ante la indiferencia de muchos asentados en las alturas.

De la periferia al centro

El jueves 6 de agosto el pueblo se movilizó bajo la lluvia donde había lluvia, como en Buenos Aires, con nieve, como en la zona cordillerana y como fuese, en todas partes. El gobierno desbordado, reprimió y la falta de organización de amplios sectores en la marcha, permitió que se consumaran agresiones que afectaron a una fotógrafa periodista, y muchas detenciones. El viernes, la participación del pueblo, llegado incluso desde las provincias a Liniers y desde allí a Plaza de Mayo, superó a lo que se había visto en años porque la decisión del pueblo argentino era muy clara y va más allá de fórmulas o componendas.

El traspié del gobierno en el Senado, con sus leyes antinacionales de entrega en cuotas, fue el resultado no de la labor de los senadores apremiados por la presencia del pueblo en las calles, sino de la movilización a nivel nacional. No solo la que se vio en el Congreso. Y dejó, además, un dato insoslayable: la presencia de las nuevas generaciones y las banderas argentinas como emblema a partir del sencillo alegato del pueblo: “Las Malvinas son argentinas”. No olvidar que el sacerdote jesuita Rodrigo Zarázaga, afirmó hace ya algunos años, refiriéndose a la dirigencia ascendida a dedo: “El peronismo vació el concepto de justicia social”. Y señalaba que el gobierno del hermano de Karina subraya ahora el fin del orden político derivado de la crisis de 2001. Y este fin, alargado, angustioso y cruel, se sostenía en la idea postergada de un “Estado presente”. De manera que hay que luchar para que irrumpa lo nuevo.

Es posible observar entonces, los sentimientos del pueblo en este momento tan singular de la historia nacional. En primer término, la movilización expresa valores, lo que no es tomado en cuenta por la dirigencia en general, sí por la iglesia. Porque Argentina sufre una crisis de valores en el campo de la dirigencia. No es posible resolver todo como una crisis económico-financiera para dejar de lado lo que eso implica en términos de valores. Diego Giacomini, economista, ex amigo del rector del régimen sin ley, dijo en agosto de 2024: «Caputo lleva 68% de inflación acumulada y 144% de inflación acumulada en USD…”. Hace unas semanas, confirmó que la inflación en dólares desde 2024 cuando asumieron, es del 300 por ciento”.

Cierta dirigencia omite en general esta mención que desnuda crueldad y entrega. Otra curiosidad: ni la mentada oposición se expresa frente a este festival del saqueo sintetizada en la inflación en dólares. En junio de este año, por decreto 475, eliminó impuestos que debían pagar usureros del tipo Galperín, que acumuló más de 200 millones de dólares por esa vía, desde el gobierno de Macri. A todo esto, ¿nadie se pregunta cuáles son las comisiones en negro que reciben los funcionarios corruptos, el presidente, por esas acciones? Cuando los funcionarios comienzan a ser “lo que tienen”, de modo natural, miran para otro lado. Y se alejan del pueblo.

La crisis, por lo tanto, no es económica ni financiera. Es una crisis de valores expresada en el saqueo, la entrega y el desguazamiento de la Argentina en una sociedad que se mueve sobre sí misma porque cambia. De ahí que una pregunta central, tiene que aportar como respuesta, saber cuál es la sociedad argentina hoy, cuáles sus sentimientos, sus expectativas porque no son las misma del 2001 ni del 2005 porque sociedad es otra. Por lo tanto, gran parte de la dirigencia o lo que queda de ella, sostiene básicamente sus propios intereses, se abroquela en torno a ellos y no quiere ni preguntas ni respuestas, menos saber cuál es la sociedad que está en la calle.

En tanto, es a la entrega a la que le pone el pecho el pueblo en las calles. Por eso, la respuesta no es solamente electoral porque es necesario un recambio profundo, no un “toma y daca” para hacer parches en la continuidad del desguazamiento y de la entrega. El arzobispo de Buenos Aires, Jorge Ignacio García Cuerva lo sintetizó así: “es un pueblo cansado de promesas incumplidas y dirigentes que hablan de los pobres, pero no están cerca de sus necesidades y se dan la buena vida”.

Por eso no se trata de “educar al pueblo” como repiten algunos en los medios e insisten en decir que “el pueblo despertó” cuando en realidad está despierto, mirando entre lágrimas de lluvia, y a la espera de una respuesta que sea dada en términos de organización para transformar el país. Esos expositores bien harían en escuchar, caminar, sensibilizar las heridas del hambre para hacerse de un pensamiento nacional profundo y colectivo.

Las nuevas dirigencias serán entonces las que señale el pueblo, aquella que proviene de lo profundo, de las provincias, de los pueblos, de los barrios, de los caminos donde se forjan las nuevas generaciones, la mayor y mejor participación de las mujeres, siempre con los oídos prestos y el corazón abierto. En tanto, parece escucharse en las calles los versos de la milonga de Osiris Rodríguez Castillo que reza: “No venga a tasarme el campo/ con ojos de forastero/ porque no es como aparenta/ sino como yo lo siento”.

 

 


*Periodista, escritor, autor de Güemes, El Héroe Postergado, entre otros.

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