Marcelo Araujo, 78 años, nacido en Villa Crespo, llevaba algo más de medio siglo como periodista deportivo en los medios masivos audiovisuales. La primera fama en Radio Belgrano, en 1974, en tiempos de Isabel Perón. Allí, emisora estatal, fue contratado por José María Villone. Con Araujo llegaron Juan José Lujambio y Néstor Ibarra. Hasta marzo de 1976.
Mucho más tarde alcanzó fama «grande» después de la dictadura cívico-militar. En los años 70, fue célebre en los años 90 como relator «estrella» en el monopolio «Torneos y Competencias», empresa productora creada por Carlos Ávila, el publicista que instaló el gran monopolio televisivo de todo el fútbol en 1985, en sociedad con la AFA, Julio Grondona.
Acompañado en la narración por el <decano> Enrique Macaya Márquez, éste iniciado en 1958 con Ortega Moreno como comentarista en televisión. Su primera cobertura fue el Mundial de Suecia 1958, donde la Argentina vivió un papelón. Ávila los instaló durante más de una década y los domingos alcanzaron «picos» de audiencia. El monopolio.
En los años 90, junto a Fernando Niembro alcanzó el éxito cuando Carlos Ávila, en sociedad con AFA/Julio Grondona, produjo «Fútbol de Primera». Con los «Derechos de Televisión», puso en la pantalla <a todo> el fútbol argentino, desde la Selección hasta las categorías del ascenso. El monopolio.
Televisación total del fútbol «criollo». En 1985, la sociedad del monopolio se extendió cuando ingresó el «Grupo Clarín». Muy atrás había quedado la fama del «Maestro» <Fioravanti>, apodo de Joaquín Carballo Serantes, líder del relato en casi tres décadas. Desde 1941, en Radio Splendid. Comentarios de Enzo Ardigó, otro poco recordado.
Ávila también contrató a Carlos Bilardo y en la vereda de enfrente quedaron Víctor Hugo Morales y Adrián Paenza. El periodismo deportivo se había politizado como nunca antes. En los años 90, Niembro y Araujo acompañaron a Carlos Menem en la primera parte del gobierno. Fernando fue designado secretario de Prensa y Difusión en 1991.
Araujo por entonces estaba en Canal 11. Crecía la productora «TyC», de Carlos Ávila, que al comienzo se dedicaba a la publicidad (Nestré) y difundía el golf desde la pantalla chica. El impacto llegó después de su primer viaje a Estados Unidos, donde imaginó la televisación del fútbol. Con un crédito de 50 mil dólares llegaron las cámaras de televisión y la organización.
Los ciclos se cumplen. «Fioravanti» tuvo destellos por su clase en el relato. Lenguaje amplio, gran lector en su juventud. Conocía a los clásicos de la literatura española por leerlos. Un docente que relataba fútbol. De pronto, en un tiro libre, «Fioravanti» para describir la «barrera» humana, decía en pleno relato: «Puede haber un subterfugio (trampa)». Un grande.
Radio Rivadavia «arrasó» en los años 70 con la «Organización (José María) Muñoz». Llevó a «Cacho» Fontana, tuvo a Héctor Larrea y a otro «Maestro» de la cultura popular: el genial Antonio Carrizo, locutor, ensayista, lector empedernido. Otro grande. Muñoz, «el Relator de América», cayó en desgracia con la <dictadura militar>. Igual, su fama superó todo.
Los especialistas, Carlos Ulanovsky uno de ellos, en el revisionismo histórico —su obra cumbre: «Paren las Rotativas»—, excelente documento de 550 páginas, donde revela minuciosamente la «Historia de los Grandes Diarios, Revistas y Periodistas Argentinos». Aparecen nombres y apellidos de todos los tiempos.
Desde Eduardo «Lalo» Pelliciari, el don del «lunfardo» en los años 40 («Vamo’ muchachos»), siguiendo con el pulcro Roberto Ortega Moreno, relator del primer Macaya en 1958. Los hermanos Aróstegui, en boxeo Caffarelli, Manuel Sojit, hermano del inolvidable Luis María Sojit en automovilismo. Pagó caro su relación con el peronismo después de 1955.
Los marplatenses Mario Trucco, último comentarista de «Fioravanti», Juan Carlos Morales, «Yiyo» Emilio Arangio y el Negro Giacomelli, bautizado «Jorge Bullrich» por Alejandro Romay en Radio Libertad. Después en Rivadavia, con dos décadas relatando Primera B. En tenis, Guillermo Salatino, fallecido hace poco, y el marplatense Juan José Moro.
El mérito de Araujo, quizá, tuvo algo de todos ellos. Buena voz, mucho humor, conocimiento de idioma, hablaba inglés, buena memoria. A veces exageraba en las bromas a propios y extraños. Guía de varios en su momento: los jóvenes Alejandro Fabbri —al que Marcelo admiraba—, «Titi» Fernández, el «Ruso» Ramenzoni, Marcelo Benedetto, Roberto Leto.
En el final, un largo conflicto con sus hijas Florencia y Soledad —ellas no aprobaron la relación del padre con su segunda esposa, Graciela Ocampo— lo afectó mucho. Después de la pandemia no fue el mismo. Cayó en enfermedades. Un impacto neurológico y extensa internación. Murió en la madrugada del lunes en el Hospital Italiano.
Uno de los que más lo quiso, además de Fernando Niembro, el «Lungo» Alejandro Apo. Lo acompañó hasta el final, testigo de una curiosidad: «Fioravanti» y Araujo vivieron hasta los 78 años. Uno «estrella» en Radio, el otro en la TV.
Otros tiempos.
