Desde hace años venimos siguiendo cómo las khatibas de al Qaeda y el Daesh avanzan, incontenibles, sobre el Sahel, “casual” y particularmente sobre Burkina Faso, Mali y Níger, las tres naciones que han conformado la Alianza de Estados del Sahel (AES), que, desde su formación en 2023, se han convertido en el único foco anticolonialista del continente africano, lo que ha encendido las alertas en Washington, París y Londres, ya que todavía cuentan con importantes intereses en muchas de sus antiguas colonias, donde continúan muy vigentes sus políticas de saqueo de sus recursos naturales.
Es solo en este contexto que se puede entender la exitosa avanzada que recrudeció hacia finales de abril del Grupo de Apoyo del Islām y los musulmanes (GSIM), quienes, aliados a la más activa de las organizaciones separatistas tuaregs, que reclaman la creación de su propio estado, el Frente de Liberación de Azawad (FLA), ha tomado prácticamente todo el norte de Mali y asechan desde hace semanas las rutas que llevan a Bamako, la capital del país, estableciendo bloqueos a la capital y varias ciudades en la región central del país. (Ver: ¿Al fin Mali necesitará un barbero?).
Es este despliegue lo que hace evidente que terroristas y separatistas no están solos en su aventura. Ya que, con el transcurso de los días, se confirma que las autoridades francesas mantienen abiertos los canales de interacción, no solo con los separatistas tuaregs, sino también con los muyahidines del GSIM. Esto lo señalan diversos gestos de la dirigencia del FLA. Por ejemplo, que la celebración por la toma de Kidal, el 26 de abril, no se realizó en la remota ciudad enclavada en el áspero desierto nororiental malí, sino que se llevó a cabo en la siempre glamorosa París.
En diversas y sucesivas entrevistas periodísticas, Mohamed Elmaouloud Ramadane, el vocero del FLA, pronosticó que el gobierno de Mali, encabezado por el general Assimi Goïta, líder de la junta que se encuentra en el poder desde 2020, está próximo a caer. Ramadane es el mismo individuo que, en septiembre del año pasado, en otra entrevista televisiva con TV5 Monde, reconoció que su organización mantiene “buenas relaciones” con Ucrania, Francia y Estados Unidos.
Según medios malíes, Ramadan visita con frecuencia París para entrevistarse con miembros de la inteligencia francesa, o sea, la Dirección General de Seguridad Exterior (DGSE), que, según las mismas fuentes, “apoya activamente a todos los que se oponen a la Alianza de Estados del Sahel (AES), independientemente del tipo de actividades que realicen”.
Las presentaciones en los medios franceses del vocero de FLA, tras las operaciones que comenzaron el 25 de abril, son para Bamako, y para quien lo quiera ver, la mejor prueba de la injerencia de la inteligencia occidental en su país, al igual que en Burkina Faso y Níger. Por su parte, Ramadane ha negado ese apoyo, agregando que la posibilidad de haber realizado su gira periodística por diversos medios de comunicación franceses solo se debe a “la libertad de prensa con que se cuenta en Francia”. Mientras que desde el Quai d’Orsay, el ministerio de Exteriores francés, en su momento comunicó que desconocía la presencia de Ramadane en París y que posiblemente hubiera llegado al país con un visado del Espacio Schengen, el área de libre circulación y sin fronteras internas de la Unión Europea.
La presencia ucraniana en el Sahel desde 2024 ha ido en una escala ascendente, al punto de que, tras el ataque producido en julio de aquel año en Tinzawatén, una región a caballo de la frontera entre Mali y Argelia, presumiblemente por parte de separatistas tuaregs y muyahidines contra una columna de las FAMa (Fuerzas Armadas de Mali), que dejó cerca de cien muertos entre efectivos regulares y hombres del Grupo Wagner, la entonces empresa de seguridad de origen ruso, hoy conocida como Afrika Korps.
Tras conocerse aquel ataque, el portavoz de la inteligencia ucraniana, Andriy Yusov, y el embajador de Kiev en Senegal, Yuriy Pivovarov, deslizaron que su país habría estado involucrado en la organización de dicha operación, más allá de que más tarde el Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania hubiera negado cualquier responsabilidad en el hecho. Tanto Bamako como Niamey, en agosto de 2024, anunciaron la ruptura de relaciones diplomáticas con ese país europeo, dadas las evidencias de que Kiev había estado involucrada. Días después, tanto Mali como Níger acudieron a Naciones Unidas para exigir una investigación sobre los informes del apoyo de Ucrania a grupos insurgentes en el norte de Malí, la que, obviamente, nunca fue realizada.
Prácticamente un año después, en junio de 2025, las FAMa encontraron en un vehículo abandonado por milicianos del grupo de al-Qaeda un teléfono con fotografías de documentos de las agencias de inteligencia ucranianas y un dron con inscripciones en ucraniano. Según se conoció más tarde, la información extraída de ese teléfono revelaba la cooperación activa entre Kiev y dichos grupos terroristas que operan en el norte de Mali.
El retorno al pré carré
Si bien es evidente que las potencias coloniales que se adueñaron del continente africano a fines del siglo XIX, tras la Conferencia de Berlín de 1885, y consolidaron su poder a lo largo del siglo XX, más allá de la fantochada de los procesos independentistas de la década de los sesenta de aquel siglo, no ha sido sino a partir de 2020 que han debido abandonar aquellas posesiones de manera efectiva, tras los movimientos nacionalistas de Mali, Burkina Faso y Níger. Aunque es cierto que la vieja metrópoli no se ha resignado a esas pérdidas, que ponen en riesgo el estado de bienestar de su población y la salud de la clase política. Por lo que, a pesar de que no será tan fácil el retorno a su pretendido pré carré (coto privado o esfera de influencia exclusiva), esa fantasía es hoy una realidad activa, violenta y sangrienta.
Es con este fin que Francia, secundada por los Estados Unidos, en el caso de Mali, entre otras líneas de asistencia a los grupos que operan contra las FAMa, con absoluta cautela, los agentes franceses y norteamericanos que operan en el territorio evitan marcar su presencia entre los tuaregs y mucho más su colaboración con los muyahidines, que la prensa bienpensante de Occidente no se ha cansado de tachar de feroces terroristas, mientras que las cicatrices de esa afirmación continúan grabadas en muchas de sus grandes ciudades: Nueva York, París, Londres, Madrid, Barcelona, junto a un largo etcétera.
Los agentes de inteligencia occidentales instalados en el norte de Mali deben controlar no solo la evolución táctica de sus operaciones, sino el control de los fondos y materiales con que los abastecen, que además se refuerzan con encuentros esporádicos con los líderes de ambas organizaciones insurgentes, en muchos casos fuera del teatro de operaciones y hasta en terceros países, como puedan ser Mauritania, Marruecos e incluso Argelia, que está teniendo un juego ambivalente acerca de lo que sucede en Mali.
Más allá de las claras evidencias del involucramiento de potencias extranjeras en el conflicto, la dirigencia del FLA niega cualquier implicación foránea, aunque ha reconocido tener cercanías con diferentes servicios de inteligencia “amigos”. Más allá de que siguen negando que Francia proporcione apoyo material, financiero o de logística.
La dirigencia del FLA parece haber olvidado que, durante sus rebeliones (1962, 1990, 2006 y 2012), sus hermanos han sido masacrados por armas y fuerzas francesas en prácticamente todas esas oportunidades, ya que les convenía mantener a su excolonia unida bajo el control de Bamako.
Más allá de que en otras oportunidades la DGSE ha sabido manipular a la jefatura tuareg, como a principio de este siglo, cuando combatientes de al-Qaeda, veteranos de la Guerra Civil Argelina o la Década Negra (1992-2002), como también se la conoce, comenzaron a filtrarse hacia el interior del Sahel. Agentes franceses, entonces, consiguieron permear a los Ifoghas, la tribu tuareg a la que pertenece Iyad Ag Ghali, actual emir del Grupo de Apoyo del Islām y los musulmanes, para conseguir información sobre la presencia en el norte de Mali del incipiente al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), reabsorbido a partir de 2017 en el GSIM, junto a varias organizaciones vinculadas al fundamentalismo armado. Los tuaregs entonces dieron información a Francia sobre las redes terroristas en plena expansión.
Desde entonces, y mucho más a partir de la llegada a Mali de miles de milicianos tuaregs provenientes de Libia, en abril de 2012, una vez martirizado el Coronel Mohammed Gaddafi, con gran parte de sus arsenales, y en plena anarquía tras el golpe contra el presidente de Mali, Amadou Toumani Touré, surge una nueva posibilidad para el surgimiento de Azawad, la mítica patria tuareg.
Tras la instauración, a partir de 2020, de los gobiernos nacionalistas de Mali, Burkina Faso y Níger, la opción colonial comenzó a correr serio peligro y, ante la posibilidad de que su ideario pudiera tentar a otros jefes militares, París, junto a Washington, reaccionó rápidamente, haciendo que las monarquías del Golfo, particularmente los Emiratos Árabes Unidos, comenzaran a abastecer de armas y fondos a los focos de resistencia a la nueva sintonía que comenzaba a extenderse por el Sahel, centrando inicialmente su atención en Mali, para lo que han articulado esta sociedad criminal que conforman los servicios de inteligencia franceses, norteamericanos y ucranianos, junto al FLA y a los combatientes de al-Qaeda.
*Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.
*Por Guadi Calvo 