No pudo ser. La Selección Argentina cayó en la final. Mientras un puñado de camisetas rojas festejaba módicamente el título mundial, la televisación internacional se quedó con los muchachos argentinos. Los dueños del sentimiento. No jugaron el partido esperado; fueron ampliamente superados. La deuda física era enorme para enfrentar a España. Otro equipo se hubiera entregado, como el campeón que le pide al rincón que tire la toalla. No fue así. El campeón de Qatar luchó hasta el final y por eso el gol del triunfo español llegó recién en el comienzo de la segunda prórroga. A la Selección le faltó juego, pero suplió todas sus falencias regando el suelo neoyorquino de sudor y dignidad.
Alguno dirá que no alcanza. Otro señalará que las finales se ganan. Pero como me enseñó alguna vez un entrenador: la única verdad es llegar a la final. Argentina llegó a la última instancia del mundial completando un ciclo histórico que tiene como protagonista a Lionel Messi. El crack rosarino —el mejor jugador de todos los tiempos— disputó tres de las últimas cuatro finales mundialistas. Por consecuencia, el fútbol argentino vivió en doce años un ciclo que tan solo puede emularse con el Brasil de 1958-1970 o la Alemania Federal de 1982-1990.
¿Por qué perdió Argentina la final? Tal vez por el respeto desmedido hacia España. El planteo inicial, con Nico González como salida por izquierda, era interesante, pero la deuda física convirtió la idea en un híbrido que se terminó de romper en el segundo tiempo con su salida y el ingreso de Paredes. Con la final ya en el análisis, alguien recordó el sistema defensivo de la Paraguay de Alfaro ante Alemania. Podía ser una opción, pero para eso había que trabajar el sistema. El pecado del cuerpo técnico en la final fue no conseguir —en ningún momento— que Argentina hiciera pie.
La final ya es historia. Alguno señalará a Enzo Fernández, el mismo jugador que días atrás convirtió un gol que será uno de los más gritados en los anales del fútbol argentino. ¿Cometió una zoncera enorme en una final? Sí, pero la ingratitud es mala consejera. A todos nos duele perder. A todos nos duele que el equipo no haya podido plasmar su fútbol. Las estadísticas eran abrumadoras; así y todo, estuvimos en partido hasta el minuto 120. Con diez hombres, una diferencia física abismal y jugadores extenuados. ¿Por qué estuvimos a tiro cuando otros se hubieran entregado? Sencillo: por el corazón. Porque, aunque duela no haber pateado al arco en 117 minutos, la Selección Argentina ofreció su alma. Lo que se le enseña a cualquier pibe que comienza a jugar al fútbol en este suelo: aun jugando muy mal, tenés que dejar lo que tenés porque la entrega es irrenunciable.
Perdimos. Habrá una inexorable vuelta de página; es la ley de la vida. ¿Cuál será el futuro de una generación que brilló en Qatar? Ahí está Messi como bandera. ¿Qué pasará con Lionel Scaloni? En conferencia de prensa anunció que cumplirá su contrato. ¿Cómo seguirá esta historia? El campeón cayó y tendrá que levantarse del piso, porque esa es la verdadera madera de los campeones. Nos pasó varias veces. Por eso fue nuestra séptima final del mundo, emulando el registro de Alemania y tan solo superados por Brasil (si contamos el partido frente a Uruguay en 1950 como una final).
Lo que no podrá fallar en el futuro es la conducción. Una vez disuelta en el fracaso de Rusia la gestión de Angelici-Macri, llegó el tiempo de los dirigentes del fútbol, encabezados por Claudio Tapia. Ante lo que se viene, con la inexorable necesidad de mover fichas, estará nuevamente en ellos la capacidad de seguir dejando a nuestro fútbol en lo más alto. Ese mismo fútbol que hoy es incomprendido afuera. Ese que en Europa titulan de “violento” y “marrullero“, palabras ajenas para este rincón del mapa. El fútbol argentino cayó de pie, sin vueltas. Los muchachos de rojo han sido justos campeones y punto, pero no hay una gota de sangre en esos profesionales del espectáculo. Los jugadores argentinos tienen algo que no comprenden en otros lados, algo que solo nosotros sabemos y tenemos que cuidar: el ADN de nuestras cosas.
Y justamente por ese ADN, estamos tristes pero satisfechos. Porque sabemos bien que esta Copa del Mundo que se fue, con su nuevo orden, el cooling break, el impresentable de Trump exigiendo que levanten suspensiones y colándose en la foto de los gallegos, quedará grabada en el recuerdo del fútbol argentino. ¿Saben por qué? Porque nosotros entendemos algo que ignora el resto del mundo: que la camiseta de la Selección Argentina se bordó una nueva estrella, pero esta vez, con la forma de dos islas que son soberanía y patria.
Por eso, cuando bajen las pulsaciones mundialistas, y regresemos al fútbol nuestro de cada día, tendremos que estar atentos que señalen: el fútbol argentino es anacrónico: ¡Miren como jugó España! Por un lado, habrá ignorancia; por otro lado, estarán los que trabajan para el fútbol SAD que, en definitiva, será la desinversión en divisiones inferiores. ¿Por cuál razón? Porque lo demuestra la experiencia global. Tanto en Europa como en Sudamérica.
Eso es lo que nunca van a avivar en otros lados y lo que nosotros llevamos adentro del pecho. Si no, el fútbol sería un mero espectáculo. Que Dios siga repartiendo suerte y bendiciendo de fútbol esta tierra, que es el juego que nos une a todos.
*Periodista / Conductor de Abrí la Cancha / Autor de Héroes de Tiento y Héroes en Tiempos Infames.
Nota publicada originalmente en Radio Gráfica. Gentileza del autor.
*Por Carlos Aira