El Mito gaucho

Por Gustavo Ramírez 

 

La final la jugamos antes y la ganamos. Lo demás pareció yapa. El festejo de entonces continuó. Y va a seguir. No hay derrota posible, aunque los parásitos mediáticos nos inculquen que solo importa el resultado. ¡Ganamos! Porque se alcanzó el triunfo efectivo y simbólico durante el partido más importante del Mundial. Ese donde el grito sagrado trepó al corazón, saltó por la garganta y se estiró hasta el principio de la historia: ¡LAS MALVINAS SON ARGENTINAS! La bandera se convirtió en Patria; la hija pródiga estaba ahí, con los ojos enjuagados en lágrimas. Saltó con la gente y ella también se expresó: «Inglaterra, la concha de tu madre». Fue lo justo, suficiente.

Messi llora mientras mira a la hinchada. Sus lágrimas son víctimas de interpretaciones caprichosas, forzadas, rebuscadas. No es posible saber qué significan en este momento. Están ahí y danzan al compás de los cantos de la hinchada. Es obvio, no se trata solo de fútbol. Al menos no para nosotros. Siempre hay algo más. Pero esta vez fue diferente. Si bien la derrota deportiva duele, no lastima. No es que estemos curtidos por los cayos que produce el dolor en el alma, en el cuerpo; no se trata de eso. Con esta Selección, lo emocional se convirtió en Tierra y los desterrados regresaron. La argentinidad estuvo ahí. Irreverente, federal, indomable, bárbara, y se paró de manos en el Norte, donde le robó el protagonismo al ladrón.

Los despojos de la memoria son utilizados para neutralizar a la identidad nacional. Así, la historia se transforma en un depósito de malos entendidos propagandizados por el vandalismo de un proceso civilizatorio que niega y reniega del Ser Nacional, tan imperfecto como humano. En esa vorágine de la descomposición nacional se suele olvidar que los potreros, donde antes se libraban batallas por la independencia, se convirtieron en canchas de fútbol donde la «pampa» se extendió para dar cobijo a los exiliados de la Patria, a esos que el Papa Francisco llamó «descartados» por la sociedad, los Descamisados. Allí, el coraje gaucho se alzó como bandera emancipatoria y cada gol histórico se celebró como la vindicación de la existencia argentina.

Sí, ¿por qué no? En el ’86, Maradona se transformó en el Martín Fierro moderno. Su argentinidad, que fue la nuestra, lo condenó. En Estados Unidos le hicieron pagar caro su humanidad. Allí, el establishment hizo públicos sus pecados. Como el protagonista del poema nacional de José Hernández, fue condenado al exilio dentro de su propia tierra. Lo quisieron escindir de la pelota. Pero no se dieron cuenta de que era tarde. Maradona se convirtió en Diego. El barro del potrero lo volvió a cobijar, lo amamantó y lo elevó a Mito. Desde entonces nada sería igual porque Diego, el bandolero del fútbol, se convirtió en sinónimo de Pueblo. Le dio a la Selección un destino ineludible: el de convertirse en esa expresión telúrica donde la pampa, como arquetipo del existente humano, es la esencia conceptual de la argentinidad.

Para el filósofo argentino Carlos Astrada, «el hombre argentino viene de un plasma mítico, de un arquetipo germinal, de un origen, que él olvidó y que, so pena de desertar de sí mismo y traicionar su esencia, tiene que retomar para mantener la continuidad y progresión de su ser, encaminándolo a su florecimiento» (Polo, 2025, p. 65). El olvido de los orígenes hace que la docilidad se convierta en un instrumento de la dominación. El influjo europeo y sajón ha permeabilizado la penetración socio-cultural del éxito y de la autoexplotación, en detrimento del existente humano nacional.

El proyecto asociado de Menotti, Claudio «Chiqui» Tapia, Scaloni y Messi recuperó (tal vez de manera inconsciente) el Mito refundado por Maradona y lo trasladó a un sentido comunitario. Si bien la centralidad fue ocupada por el actual capitán, lo preponderante no fueron las individualidades, sino el trabajo del conjunto. La argentinidad, entonces, expresada en la vindicación del juego, no pasó por Uno, sino por el Nosotros. El legado de Maradona fue recogido como bandera y fue llevado a la victoria.

Hay que entender que la generación del ’22 no fue producto de la industria del entretenimiento, no fue el resultado de una serie de acontecimientos favorecidos por sistema empresarial. La mayoría de estos jugadores se forjaron en clubes de barrio, en el centro mismo de la comunidad. Ahí está otra vez ese arquetipo de la pampa extendida como progresión de la resistencia humana. No hay realización individual sin realización colectiva. Por lo tanto, el fútbol también es comunidad organizada. El reflejo de ello es la identidad de un juego que no puede expresarse si no es en la asociación continua. Al mismo tiempo, el grupo que conduce Scaloni tomó conciencia de sí y entendió, a partir de Qatar, que el fútbol no solo es una mera expresión material.

El coexistir en la Comunidad Organizada es ético y aspira siempre al bien común. No se plasma a través de la inclusión de un otro que no es sí mismo, sino a partir de la integración que se produce en el «estar siendo», que es dinámico, pero que no desintegra el lazo de la interacción de los rasgos culturales particulares que se vinculan por medio de la comunidad. Lo que se sustenta es la identidad y la esencialidad del existente humano. No hay supremacía de lo externo ni confusiones que posibiliten la neutralización de las identidades individuales. La argentinidad se manifiesta como concreción de la expresión cultural que no olvida su origen porque no se diluye en la influencia extranjerizante.

Es sabido que dentro de esta Selección no existe un pensamiento político unificado y, de hecho, son reacios a expresarse sobre hechos que hacen a la coyuntura nacional. Los jugadores no viven abstraídos del campo social que los rodea, son conscientes de lo que representan y del efecto que tienen sus acciones. Al mismo tiempo, han tomado la postura de hablar dentro de la cancha. El quiebre en este Mundial fue el partido contra Inglaterra. El espíritu indócil no guarda pudor, se reserva el derecho táctico de evidenciar lo obvio en el momento donde es necesario manifestar la expresión que sienta postura. Lo hicieron Maradona y Bilardo antes del partido del ’86 y lo hicieron Messi y Scaloni ahora, en 2026.

Por las venas de la historia nacional corre sangre caliente. Nada contra Inglaterra es superficial ni puede reducirse a los términos de la diplomacia. En las calles, en las redes sociales, en las expresiones públicas, el Pueblo habló: «¡Inglaterra, la concha de tu madre!», se inmortalizó como un nuevo grito de guerra que acudía en apoyo al significante revitalizado de «las Malvinas son argentinas». La remontada del resultado canalizó el robo al ladrón y vigorizó la reivindicación de un hecho político que la corporación FIFA y el gobierno inglés, en complicidad con el gobierno de Milei, quisieron ocultar. El partido no solo tenía el valor de una final anticipada, se convirtió en un hecho de Estado que desnudó del todo la naturaleza antiargentina de la administración libertaria.

El Mito gaucho: sangre, sudor, entrega, sacrificio, astucia, inteligencia, organización, disciplina. La barbarie a flor de piel. El barro del potrero. La identidad innegociable. La comunidad, la solidaridad. ¡Huevos! Angustia, padecimiento, ansiedad, nostalgia, fútbol. Amor por lo que somos. ¡Argentina! El que no salta es un inglés. Los pibes de Malvinas. Los soldados del Belgrano. El que no salta es un inglés. El abuelo Pedro, el tío Pedrito, el Gordo Julio, el Panadero Pablo, el Narigón Claudio, Alfredito. El Club Zárate explotado en el ’86. Martín en el cine, el día anterior, ahí, con los ojos clavados en la pantalla con El Partido; las cábalas de Mario, la camiseta de Valentín, Andrea y los gualichos que congelan a los jugadores rivales, Omar y la espera en Plaza Alsina. Las palabras de Pablito. Las preguntas de Luciano sobre las Islas y la invasión. Los nervios de Luna, de Martina, de Julieta, de Sol. La celebración de Nicole, el abrazo entre Nicolás y Agustina. Diego y su: «Piratas hijos de puta». El grito del final, sagrado, inmortal: ¡INGLATERRA, LA CONCHA DE TU MADRE! Ganamos.

Ganamos con la argentinidad en la mano y, aunque no siempre se pueda entender, ya no importa España. Eso quedará para la anécdota futbolera. La final se jugó el miércoles 15 de julio. Ese día renació el Mito gaucho. Y fuimos felices. Estuvimos ahí y nos encontramos, y los fantasmas del pasado fueron ahuyentados. En las calles la gente se reía, saltaba y celebraba algo más que a la Selección. No es solo fútbol. No es solo un partido. No era nada más que el Mundial: es lo que somos, la Patria de Martín Fierro, la pampa extendida en el Ser Nacional.

 

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