Hay que entender que la generación del ’22 no fue producto de la industria del entretenimiento, no fue el resultado de una serie de acontecimientos favorecidos por sistema empresarial. La mayoría de estos jugadores se forjaron en clubes de barrio, en el centro mismo de la comunidad. Ahí está otra vez ese arquetipo de la pampa extendida como progresión de la resistencia humana. No hay realización individual sin realización colectiva. Por lo tanto, el fútbol también es comunidad organizada. El reflejo de ello es la identidad de un juego que no puede expresarse si no es en la asociación continua. Al mismo tiempo, el grupo que conduce Scaloni tomó conciencia de sí y entendió, a partir de Qatar, que el fútbol no solo es una mera expresión material.
El coexistir en la Comunidad Organizada es ético y aspira siempre al bien común. No se plasma a través de la inclusión de un otro que no es sí mismo, sino a partir de la integración que se produce en el «estar siendo», que es dinámico, pero que no desintegra el lazo de la interacción de los rasgos culturales particulares que se vinculan por medio de la comunidad. Lo que se sustenta es la identidad y la esencialidad del existente humano. No hay supremacía de lo externo ni confusiones que posibiliten la neutralización de las identidades individuales. La argentinidad se manifiesta como concreción de la expresión cultural que no olvida su origen porque no se diluye en la influencia extranjerizante.
Es sabido que dentro de esta Selección no existe un pensamiento político unificado y, de hecho, son reacios a expresarse sobre hechos que hacen a la coyuntura nacional. Los jugadores no viven abstraídos del campo social que los rodea, son conscientes de lo que representan y del efecto que tienen sus acciones. Al mismo tiempo, han tomado la postura de hablar dentro de la cancha. El quiebre en este Mundial fue el partido contra Inglaterra. El espíritu indócil no guarda pudor, se reserva el derecho táctico de evidenciar lo obvio en el momento donde es necesario manifestar la expresión que sienta postura. Lo hicieron Maradona y Bilardo antes del partido del ’86 y lo hicieron Messi y Scaloni ahora, en 2026.
Por las venas de la historia nacional corre sangre caliente. Nada contra Inglaterra es superficial ni puede reducirse a los términos de la diplomacia. En las calles, en las redes sociales, en las expresiones públicas, el Pueblo habló: «¡Inglaterra, la concha de tu madre!», se inmortalizó como un nuevo grito de guerra que acudía en apoyo al significante revitalizado de «las Malvinas son argentinas». La remontada del resultado canalizó el robo al ladrón y vigorizó la reivindicación de un hecho político que la corporación FIFA y el gobierno inglés, en complicidad con el gobierno de Milei, quisieron ocultar. El partido no solo tenía el valor de una final anticipada, se convirtió en un hecho de Estado que desnudó del todo la naturaleza antiargentina de la administración libertaria.
El Mito gaucho: sangre, sudor, entrega, sacrificio, astucia, inteligencia, organización, disciplina. La barbarie a flor de piel. El barro del potrero. La identidad innegociable. La comunidad, la solidaridad. ¡Huevos! Angustia, padecimiento, ansiedad, nostalgia, fútbol. Amor por lo que somos. ¡Argentina! El que no salta es un inglés. Los pibes de Malvinas. Los soldados del Belgrano. El que no salta es un inglés. El abuelo Pedro, el tío Pedrito, el Gordo Julio, el Panadero Pablo, el Narigón Claudio, Alfredito. El Club Zárate explotado en el ’86. Martín en el cine, el día anterior, ahí, con los ojos clavados en la pantalla con El Partido; las cábalas de Mario, la camiseta de Valentín, Andrea y los gualichos que congelan a los jugadores rivales, Omar y la espera en Plaza Alsina. Las palabras de Pablito. Las preguntas de Luciano sobre las Islas y la invasión. Los nervios de Luna, de Martina, de Julieta, de Sol. La celebración de Nicole, el abrazo entre Nicolás y Agustina. Diego y su: «Piratas hijos de puta». El grito del final, sagrado, inmortal: ¡INGLATERRA, LA CONCHA DE TU MADRE! Ganamos.
Ganamos con la argentinidad en la mano y, aunque no siempre se pueda entender, ya no importa España. Eso quedará para la anécdota futbolera. La final se jugó el miércoles 15 de julio. Ese día renació el Mito gaucho. Y fuimos felices. Estuvimos ahí y nos encontramos, y los fantasmas del pasado fueron ahuyentados. En las calles la gente se reía, saltaba y celebraba algo más que a la Selección. No es solo fútbol. No es solo un partido. No era nada más que el Mundial: es lo que somos, la Patria de Martín Fierro, la pampa extendida en el Ser Nacional.
Por Gustavo Ramírez 