La expansión de la inteligencia artificial amenaza con reducir los ingresos de los creadores culturales

Por Redacción

Un estudio global presentado este martes en la sede de la UNESCO de Francia revela el impacto disruptivo de la inteligencia artificial en las industrias creativas. El informe, Re|Shaping Policies for Creativity, analiza la situación en más de 120 países y documenta un fenómeno sin precedentes: cada día, plataformas como Deezer reciben más de 50.000 canciones creadas íntegramente por sistemas automatizados. La investigación señala que la mayoría de los oyentes es incapaz de diferenciar esas piezas artificiales de las compuestas por seres humanos.

El documento acuña el término «contenidos sintéticos generados por IA» para clasificar estas producciones. Precisa que se trata de obras realizadas «enteramente a partir de comandos de IA con contribución humana limitada». Su calidad, describe el texto, oscila entre baja y media. Estas creaciones, según el estudio, «imitan estilos existentes de obras protegidas por derechos de autor».

Esa imitación sistemática desencadena un proceso degenerativo. La saturación de los conjuntos de datos de entrenamiento con material sintético, en lugar de humano, incrementa el peligro de «colapso del modelo». En esa dinámica, la inteligencia artificial se realimenta de sus propios resultados, provocando una degradación progresiva de la calidad y fiabilidad de los contenidos futuros.

La investigación proyecta un duro panorama económico para los autores. Para 2028, la expansión de la inteligencia artificial generativa provocará una reducción global de ingresos del 24% en el sector musical y del 21% en el audiovisual. Las máquinas, que aprenden de obras humanas para generar productos similares, compiten directamente con los artistas que nutrieron su desarrollo.

Se añade una metamorfosis en el mercado digital. Los ingresos provenientes de canales digitales representan actualmente el 35% de la remuneración de los artistas, el doble que en 2018. Esa dependencia de lo digital, advierte el informe, conlleva inestabilidad, precariedad y una exposición mayor a la violación de la propiedad intelectual.

Ante ese escenario, el estudio propone la creación de marcos de gobernanza nítidos para la cultura digital y la inteligencia artificial. El objetivo es garantizar un avance ético, inclusivo y sostenible. El informe señala: «Las políticas públicas deben proteger los derechos de propiedad intelectual de los creadores, al tiempo que apoyan la innovación y la inversión en infraestructuras culturales digitales».

La urgencia de esas medidas se fundamenta en el crecimiento acelerado, aunque dispar, del sector cultural mundial. El comercio internacional de bienes culturales se duplicó entre 2018 y 2023, hasta alcanzar los 254.000 millones de dólares. El 46% de las exportaciones proceden actualmente de naciones en desarrollo.

Esa cifra, no obstante, enmascara una fractura creciente. Los países en desarrollo apenas superan el 20% del comercio global de servicios culturales, una proporción estancada mientras el formato digital se expande. El financiamiento público directo a la cultura se mantiene muy reducido, por debajo del 0,6% del producto interno bruto mundial, y persiste su tendencia a la baja.

El dominio de competencias digitales esenciales alcanza al 67% de la población en países desarrollados. En las naciones en desarrollo, esa cifra se desploma hasta el 28%. Esa brecha tecnológica replica y profundiza las desigualdades entre el Norte y el Sur en un momento en que el consumo cultural se canaliza mayoritariamente a través de pantallas.

El mercado evidencia una concentración elevada. Un grupo reducido de plataformas de emisión en continuo controla la distribución global. Sus sistemas algorítmicos de recomendación, caracterizados por su opacidad y sesgos, tienden a relegar a los creadores menos populares o procedentes de culturas periféricas.

El informe trasciende el ámbito económico para alertar sobre peligros físicos y políticos que enfrentan los creadores. Apenas el 37% de los países dispone de iniciativas para salvaguardar a los profesionales de la cultura en contextos de inestabilidad política, conflicto o desplazamiento. La vigilancia digital y los sesgos algorítmicos constituyen nuevas capas de vulnerabilidad para el sector.

 

 

 

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