A horas del vencimiento del alto el fuego en Medio Oriente, Donald Trump volvió a evidenciar que la voluntad de Israel no es encontrar la paz. Subordinado al deseo de Benjamín Netanyahu, el republicano declaró en las últimas horas que el ejército de Estados Unidos está en condiciones de retomar los bombardeos contra Irán. Por su parte, la representación de la nación persa declinó la invitación y resolvió, hasta el momento, no concurrir al segundo encuentro programado en Islamabad, con el pretexto -lógico- de que no negociará bajo amenazas.
En la Casa Blanca tienen en claro que no están en condiciones de ganar la guerra. De hecho, no fue Irán quien pidió el alto el fuego. Por lo tanto, la condición real de Estados Unidos no es de fortaleza. Israel, en tanto, si bien no integra la mesa de negociación, sostiene la presión política para que el conflicto escale. Su interés regional reside en reforzar su posicionamiento estratégico territorial con el objetivo de ampliar sus dominios y sustentar su poder colonial sobre el resto de los países de la región. Su dominación, según los gurúes de la guerra, podría representar un freno para China y Rusia, quienes hasta el momento parecen ser los ganadores en esta contienda. Al mismo tiempo, Netanyahu no se puede presentar como un derrotado dadas sus aspiraciones a mantener su poder interno.
Con el proyecto MAGA destruido, Trump retomó la senda del supremacismo anglo-estadounidense con el objetivo de mantener el posicionamiento histórico de la unipolaridad política, cultural y económica. Sin embargo, esa pelea también parece perdida; a esta altura resulta difícil creer que la multipolaridad planteada por China, Rusia y parte de los países que integran los BRICS vaya a detener su marcha. La escapatoria de Estados Unidos a esta encerrona es reeditar su proyecto civilizatorio para Occidente y aferrarse al parcelamiento de sus zonas de influencia.
Hispanoamérica está en el centro de la disputa no solo ya por sus recursos, sino también como la factoría cultural de un Estados Unidos en decadencia. La injerencia pedagógica, que comenzó en la región a mediados de la década del ’50 del siglo XX, restituyó la colonización cultural que hoy se ve reforzada por la invasión tecno-capitalista. Los movimientos de liberación nacionales fueron sistemáticamente atacados y defenestrados por el régimen colonial, lo que posibilitó el advenimiento de corrientes sobre-ideologizadas que actuaron como apéndice de la dependencia. Este proceso contó -y cuenta- con el acompañamiento de las oligarquías locales y con la complicidad de los sectores progresistas que se decidieron a mantener las democracias formales sin imputar al liberalismo como sistema de dominación y dependencia.
A la luz de la situación geopolítica, aquello que en algún momento de este proceso fue presentado como anacronismo cobra vigencia. La condición semi-colonial de la región cimentó las bases para el desarrollo de una arquitectura política que, a través del andamiaje de la producción de conocimiento y dominio del sistema económico, desplazó a las identidades nacionales a través de conciencias insectificadas. Este desplazamiento propició la intrusión de «idearios» liberales que fueron justificados por los saberes institucionalizados y por los profesionales de la política.
La normalización del status quo efectiviza la implementación del dogma material y de la intrusión extranjera en la región. Con los pueblos urgidos por encontrar respuestas políticas a las demandas sociales, los temas de fondo quedan supeditados al esclarecimiento de discusiones secundarias. No siempre las bases tienen en cuenta el impacto de la geopolítica en su vida cotidiana. Tampoco existe una conciencia abdicativa que considere necesario discernir cómo el proyecto civilizatorio determina su existencia.
El supremacismo liberal radicalizado emerge a través de una nueva oligarquía globalista que reniega de la soberanía. Mientras el progresismo y la izquierda reaccionaria consideran que el nacionalismo es un «berretín» de derecha y actúan como agentes serviles a los intereses coloniales, el entramado de poder se instala cómodamente en la dirección política de los países subordinados.
En este sentido, la reproducción de zonceras opera como vaso conductor de propaganda liberal con el objetivo de esmerilar toda organización popular al licuar la representación sobre la base de una estructura moral que posibilita que se acepte la libertad condicionada y la obediencia debida al poder dominante. El efecto es la insectificación social, donde el insectificado se reconoce en el individualismo extremo, pero sin conciencia de sí y de su comunidad.
El sujeto insectificado responderá a los estímulos que alteren su estado emocional y no su percepción; de este modo, pierde sentido la noción de verdadero o falso. Este proceso se agudiza en un territorio que para muchos resulta inhóspito y ajeno, pero que es sustitutivo de escenarios que parecían comunes. Lo digital es parte de la estructura colonial porque su diseño y programación fue conformada para satisfacer las demandas de la acción pedagógica y reforzar la insectificación. Como afirma el ensayista Giuliano da Empoli: «Los conceptos que agradan son desarrollados y recuperados, y se transforman en campañas virales e iniciativas políticas. El resto desaparece, en un proceso darwiniano que tiene por único criterio la atención generada en la red».
No se puede apreciar como casual que, durante su gira a Israel, Milei haya firmado los “Acuerdos de Isaac”, un programa que busca consolidar la posición estratégica del bloque israelí-estadounidense en la región, en este caso, más específicamente en Argentina. Con este alineamiento, el libertario vuelve a ceder la seguridad interna a una potencia de dominación. En marzo había hecho lo mismo, tras acordar con el Pentágono el manejo de la «protección» de recursos energéticos sobre los cuales Estados Unidos, de manera unilateral, fija intereses estratégicos. El principal enclave es Vaca Muerta.
