«Son las nuevas formas de colonización cultural. No nos olvidemos que los pueblos que enajenan su tradición, y por manía imitativa, violencia impositiva, imperdonable negligencia o apatía, toleran que se les arrebate el alma, pierden, junto a su fisonomía espiritual, su consistencia moral y, finalmente, su independencia ideológica, económica y política»
Papa Francisco
¿Hay una crisis de representación o persiste un relato nihilista que contribuye a desalentar a las fuerzas populares para favorecer el avance del régimen?
Sin una observación y un pensar situados resulta complejo establecer parámetros claros. No obstante, lo peor es utilizar categorías impropias para explicar un proceso que, si bien tiene características globales, reviste nociones propias. Lo nacional está bastardeado por este sobre-giro ideológico encastrado entre los apresurados y los mesiánicos.
La última marcha de la Confederación General del Trabajo a Plaza de Mayo evidenció que la organización sindical, además de estar vigente, tiene una dimensión determinante en la vida política nacional. Si bien la agenda abordada parece coyuntural, los discursos de los nuevos conductores de la Central Obrera denotaron que el sindicalismo, a su manera, toma nota del presente con mayor agudeza que la dirigencia política. La permanente cercanía con las bases le permite a la dirigencia superar el estadio del diagnóstico y actuar de manera inmediata, en el día a día, para responder a las necesidades que plantean los trabajadores.
Es necesario hacer una salvedad. La CGT no es un sindicato, no es un gremio. Es una organización de carácter permanente que nuclea a organizaciones sindicales confederadas. Lo que parece, a simple vista, un simple juego de palabras no lo es. Se suele confundir, adrede, el rol de la Central con el de los sindicatos. La representación primaria de las bases de trabajadores está enrolada en las acciones sindicales que responden, efectivamente, a las demandas del gremio.
Si bien el accionar de la Central es autónomo respecto a los sindicatos, estos, de cierta manera, tienen incidencia en las decisiones que pueda tomar el Consejo Directivo, no solo por los intereses particulares, sino por la correlación de fuerzas que pueda establecer cada sector. Claro está, todos comparten el mismo objetivo: el bienestar y la felicidad de la clase trabajadora.
Ahora bien, existe una impronta relacionada con el sentido común que flagela el sentido filosófico de la constitución de los sindicatos. Esto no es casual. La ideologización moral, gran parte de las veces sustentada por interpretaciones marxistas (vale decir, tan mal intencionadas como explicadas), pretende un sindicato débil y empobrecido para sostener un régimen de dependencia partidaria. Así, el sindicalismo estaría subordinado a las condiciones materiales impuestas por la burocracia político-partidaria y no habría autodeterminación de los trabajadores.
Por el contrario, el Justicialismo le imprimió a los sindicatos la vigorosidad de la democracia popular y la sostenibilidad de la economía social. De esta manera, en Argentina, los sindicatos no son simples estructuras que sirven de manera unilateral ni uniforme a la reivindicación de las condiciones laborales. Las organizaciones sindicales adquieren el valor de una micro-comunidad organizada que prioriza la relación del trabajador a partir del objetivo centrado en la liberación nacional, que tiene como causa última la felicidad de la clase trabajadora. Esta no es solo material, sino también cultural y espiritual.
Los sindicatos, de esta manera, trascienden lo meramente reivindicativo y conforman una estructura que reintegra a los trabajadores el aporte económico que realizan. De esta manera existe el turismo sindical, el sostenimiento de las Obras Sociales, la asistencia escolar, la conformación de mutuales, el fomento de la capacitación y la formación en distintas áreas, así como el incentivo para la recreación y el deporte. Este conjunto de acciones concretas suele ser invisibilizado por el común de la opinión pública, siempre permeable a la indignación moral impuesta, inteligentemente, por el enemigo.
No es menor el hecho de que se soslaye permanentemente la vitalidad democrática de las organizaciones sindicales. Si bien existen internas, muchas veces fogueadas por factores externos a la vida sindical, y sin perder de vista que los sindicatos disputan poder en distintos frentes, la democracia interna es un factor ineludible que da sustento a la razón de ser de las organizaciones. Los dirigentes son elegidos cada cuatro años por sus representados. Hay un hecho de valor unívoco, que tampoco es vitalmente ponderado: si una conducción no responde a sus bases, por lo general es derrotada en las urnas. La subestimación que recae sobre los trabajadores es alarmante, pero responde a las condiciones de la dependencia.
Por otro lado, son cientos los sindicatos a lo largo y ancho del país que, silenciosamente, contribuyen a alimentar a miles de compatriotas en el territorio a través de la conformación de ollas populares, comedores y merenderos. Asimismo, los sindicatos tienen una poderosa vida cultural. Primero, porque parten de la noción justicialista de que el trabajo es cultura; después, porque los trabajadores son productores de la cultura de un país, no solo con su fuerza de trabajo, sino porque son creadores efectivos de la cultura nacional.
Con todo esto, vayamos a un planteo básico: si el sindicalismo fuera tan malo como la mala prensa afirma, ¿existiría una fuerza sindical tan poderosa como para ser centro de ataques permanentes por parte del poder liberal? Las ideologías materialistas, afincadas en los pensamientos reaccionarios antinacionales por derecha y por izquierda, han tratado de suprimir la acción sindical reduciéndola al pragmatismo civilización o barbarie. En tal sentido, el sindicalismo, sobre todo peronista, es salvaje y, lo peor, indomable.
Se busca afanosamente al Ser Nacional, como si fuera el fantasma de la navidades pasadas. El problema es que esa búsqueda está planteada desde una clase media que desnaturaliza su condición nacional y asume que está representada por una civilidad importada. En la filosofía la pregunta por el Ser Nacional está respondida en la figura de clase trabajadora como devenir de la clase de los descartados históricos. Un porteño de Recoleta o de San Cristóbal, se espantaría si alguien se atreve a emparentarlo con un gaucho mestizo antes que a un parisino pacato o un neoyorquino frívolo.
No se trata de idealizar al Movimiento Obrero organizado ni a los trabajadores. Simplemente es necesario situarnos para comprender que, cuando se discute al sindicalismo, se lo hace desde enfoques alejados de la realidad nacional. Desde la perspectiva histórica, vale decir que cuando la organización de los trabajadores fue derrotada, el neoliberalismo avanzó con suficiencia y comodidad.
Por estos días, donde arrecia el escepticismo soberbio, especialistas de toda laya e inclinación política pretenden discutir al peronismo con primas vendidas en los shopping académicos y mediáticos constituidos por el enemigo. Se valen de sus categorías para explicar a un Movimiento que no comprenden más allá de las razones coyunturales y que le escapa a la encerrona de la guerra cognitiva. El peronismo, antes que nada, es revolucionario. Ahora, como se subestima a la clase trabajadora, que en los análisis siempre aparece como subsidiaria de ideologías impuestas, además de resultar una clase pasiva, se prescinde de observar que el peronismo genuino permanece vital en el Movimiento Obrero.
Los sindicatos no son entidades teóricas ni efecto del empirismo iluminista. El sindicalismo es comunidad organizada; por ende, en él vive el sustento filosófico del peronismo. De este modo, la Felicidad no es una mera especulación académica, sino un signo vital de la causa. Aquí es imprescindible comprender que el peronismo no es una mera saga de reivindicaciones políticas: es vida, porque su filosofía no habla solo de las condiciones materiales, sino también ontológicas.
En Argentina, el sindicalismo también es tradición. Su arraigo parte de la familia y se sobrepone a la adversidad situando en el centro de la comunidad al trabajo. Pero no al trabajo de la sociedad disciplinaria no asalariada, ni como fin en sí mismo, sino como medio organizador de la creación comunitaria y de la realización colectiva. Ese es un principio revolucionario que se ajusta a la virtud de la Tercera Posición, no solo en su dinámica local, sino también geocultural en términos globales.
De este modo, frente a distintas proposiciones partidarias, el sindicalismo no es utópico. No puede serlo porque la filosofía peronista (justicialista) no lo es. La demostración efectiva está en la declaración de los Derechos del Trabajo plasmada en la Constitución de 1949 (vale decir que los gobiernos que se sucedieron desde la restauración democrática de 1983 nunca asumieron la iniciativa de recuperar esa Carta Magna realmente revolucionaria).
En Argentina, el sindicalismo es peronista. Por eso se lo combate. Ese ser lo define y le da razón de existencia. Ningún proceso que se jacte de revolucionario, nacional y popular puede prescindir de él. No se trata de identificarlo como columna vertebral del Movimiento, sino como un actor insustituible del proceso de liberación nacional. Hay algo más simple y comprensible: para el peronismo, donde está el trabajador, está la Patria. Esa definición condensa la noción integral de la filosofía justicialista.
Por eso resulta sectario y excluyente demandar, después de una movilización masiva como la del último jueves 18 de diciembre a Plaza de Mayo, un paro general. Esa miopía táctica solo responde a políticas entristas que dan argumento a la fragmentación y asumen una profunda ignorancia, no solo ya sobre la distinción del sindicalismo nacional, sino de la realidad concreta.
En períodos de crisis emergen demandas que parten de células enfermas. Son los mismos organismos que pregonan que la CGT no «hace nada» o que afirman ligeramente que la dirigencia sindical traiciona a sus bases. Deliberadamente concuerdan con el enemigo de la clase trabajadora y reproducen eslóganes vacíos que apelan a la razón emotiva y moral, mientras aportan su grano de arena a la decadencia y al subyugamiento. La CGT no es el nombre de un puñado de dirigentes que, mal o bien, asumen una responsabilidad social; la Central son los sindicatos. Y, en este período histórico, como en otros, las organizaciones sindicales no se escondieron ni se esconden.
Es llamativo cómo ese mismo día el trotskismo quemaba las salvas y realizaba una contramarcha, no para repudiar la reforma laboral de Milei, sino para exigirle a la CGT un paro general. Muchos idiotas útiles se sumaron a esa demanda funcional al régimen. Sin embargo, la mayoría de los trabajadores comprende la realidad y es consciente de que hay que usar la inteligencia táctica para no cederle terreno al régimen.
En esa línea, existe entre partisanos y fanáticos de la garganta seca quienes adulan el hecho de que los sindicatos solo defienden a los trabajadores formales. Otra encerrona orgánica. Los logros y los alcances sindicales repercuten en la informalidad porque dotan de derechos a quienes la padecen. De hecho, son los sindicatos los que realizan operativos para formalizar a los trabajadores más que los estamentos del Estado.
Resulta obvio que el sindicalismo tiene que dar su propia batalla cultural. Los desafíos que enfrenta no son menores. Pero el piso de sustento sobre el que se para para adentrarse en el mañana es sólido. Claro que no está exento de contradicciones, pero ello no implica, en modo alguno, defección o claudicación. Son momentos complejos, es cierto, e impera la confusión. Ahora, esto no quiere decir que no se distinga al verdadero enemigo de la Argentina y de la clase trabajadora. Eso el Movimiento Obrero lo tiene muy claro.
Por Gustavo Ramírez 

