Milei concibe su gobierno como una franquicia ideológica de Estados Unidos y su proyecto civilizatorio global liberal. No dista de lo que gestiones anteriores del mismo porte genético realizaron en distintos procesos históricos. Por eso, la Reforma Laboral que impulsa, el mal llamado «libertario», tiene que ser leída en clave geopolítica. Lo que se pretende con ella es ahondar la disolución del país, a través de la consolidación de la extranjerización del aparato productivo y financiero, y romper la matriz de la fuerza de organización popular que son los sindicatos. Al mismo tiempo, se destruye el sujeto comunitario del justicialismo y se apuesta a generar una clase trabajadora sin conciencia nacional.
Como ocurrió en otros períodos reaccionarios, caso Churchill y Braden (que inauguraron el período de ataque sistémico al peronismo, valiéndose de la propaganda, el caos y la violencia para desacreditar la legitimidad del gobierno nacional), lo que el modelo liberal impone como objetivo es la destrucción ontológica del justicialismo. Al atacar a la clase trabajadora, pretende desarticular la fuerza y la razón de ser del peronismo y, al mismo tiempo, desplazar el Ser Nacional para instituir un sujeto aséptico, globalizado y sin conciencia de sí y de su entorno.
Por otro lado, el régimen debe ser analizado como una continuidad histórica y no como un proceso de ruptura. La concepción material y la racionalidad libertaria, si bien están representadas como elementos disruptivos, encuentran asidero en la materialización del proyecto oligárquico sustentado por la dicotomía civilización o barbarie. La persecución a los sectores populares imbricados históricamente con las luchas por la independencia fue la razón de la causa oligárquica. El pueblo, libre y realizado siempre le resultó un estorbo para la concreción de sus planes, que no eran otros que los de la oligarquía extranjera.
Ni los británicos ni los estadounidenses pudieron penetrar con facilidad las capas de argentinidad que fue moldeando la clase trabajadora, sobre todo a partir de la década del ’40 del Siglo XX. No obstante, una vez destituido Perón con el golpe de 1955, la penetración ideológica ganó terreno y comenzó un trabajo de biopoder que pretendió inocular a los sectores populares nacionales para arrebatarles la conciencia que los situaba en el mundo desde Argentina. La clase media, sobre todo la porteña, surgida de la política de ascenso social promovida por el Gobierno justicialista, aceptó desclasarse e imitó a la oligarquía campera que siempre buscó un lugar de reconocimiento en la Europa pirata.
Milei es la expresión concreta y simbólica de esa vertiente antinacional que busca su identidad en factores exógenos. Ignorante de la cultura nacional y despreciativa de lo popular, su anclaje está en la utopía del país imposible. La visión nihilista disfrazada con las alegorías del dogma material de libertad y democracia opera como un virus que infecta los cimientos de una sociedad segmentada que considera al capital como una virtud del contrato social y como una ontología de la dominación.
San Martín, que padeció la traición porteña conducida por Rivadavia, advirtió: «Los ricos y los terratenientes se niegan a luchar, no quieren mandar a sus hijos a la batalla, me dicen que enviarán tres sirvientes por cada hijo para no tener que pagar las multas, dicen que a ellos no les importa seguir siendo colonia. Sus hijos quedan en sus casas gordos y cómodos, un día se sabrá que esta Patria fue liberada por los pobres, y los hijos de los pobres, nuestros indios y los negros, que ya no volverán a ser esclavos».
La pedagogía mitrista se encargó de ocultar esta característica de las guerras por la independencia. El sistema educativo fue portavoz de la propaganda anglo-estadounidense en el Río de la Plata e ilustró a las clases medias para que desprecien todo sentimiento nacional. En ese orden, lo realmente argentino estuvo emparentado con el atraso y con la barbarie. De ahí que, para estos sectores, un peón de campo, un obrero de fábrica, un estibador portuario representaban a la ignorancia y a la barbarie.
Sarmiento fue el principal artífice de este sentido al condenar al gaucho, desnaturalizando su rol en la historia y condenándolo a la marginalidad. El «padre del aula» importó el modelo del sistema educativo liberal estadounidense, que tanto gusta defender el progresismo reaccionario, e ideó la gratuidad educativa (que muchos confunden con integración popular) para homogeneizar a los sectores populares a través de una ilustración enciclopedista que sirvió para borrar las fronteras nacionales e imponer una cultura ajena a toda la causa nacional. La escuela Normal fue un proyecto civilizatorio liberal que no pretendió la igualación sino la penetración ideológica de la dependencia.
«El indio no piensa, no quiere, no progresa», afirmaba Sarmiento. Al mismo tiempo, le pedía a Mitre que «no trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes». Tiempo después, ya en el Siglo XX, estos pensamientos fueron recuperados para atacar a la clase trabajadora y a sus organizaciones sindicales.
Hoy, con la Reforma Laboral en ciernes, Milei vuelve a retomar la brutalidad liberal de Sarmiento, pero tergiversando la realidad histórica. Su narrativa necesita un enemigo que sea represente los ideales bárbaros para imponer el imaginario de una civilidad insectificada, es decir, alienada. Todo trabajador organizado es un zurdo que merece el desprecio del conjunto social. Al mismo tiempo, impone que los empleados formalizados son privilegiados frente a aquellos que trabajan a la luz de la precarización que el mismo sistema fomenta.
El libertario no niega estar enfrascado en una batalla cultural contra la clase trabajadora, a la que desprecia, y contra las organizaciones libres del pueblo, a las que ve como obstáculo a eliminar para que el capital pueda expandirse. Así, la historia continúa. Redita el proyecto oligárquico de un país rico con trabajadores pobres y pobres descartados. Lo que subyace en esta idealización sobreideologizada es el paradigma materialista que descompone, por medio de la crisis permanente, todo vestigio de Nación y de integración. Del mismo modo, alienta la cultura del individualismo y del sacrificio personal como medio para alcanzar el «éxito» material.
En la primera década del Siglo XXI, este individualismo extremo condujo al empresario del Yo, donde el trabajador se autoexplotaba para encontrar la satisfacción personal en tanto acumulación de bienes de consumo. Lo que esto fomentó fue un sistema de precarización laboral, legitimado por las condiciones personales consentidas, insistimos, por el sacrificio. Esto incluye aceptar empleos que lindan con la esclavitud o naturalizar condiciones laborales paupérrimas: por ejemplo, el trabajo en plataformas.
La hiperindividualización operó sobre las bases del deterioro psicológico: mayor sacrificio, mejor rentabilidad, y expuso a los trabajadores a patologías que derivaron en una sociedad anestesiada por dopaje. Ansiolíticos, pastillas para dormir, antidepresivos, dieron cuenta de un conjunto de trabajadores enfermos y, a la vez, narcotizados para poder subsistir. El sistema replicaba las estructuras del biopoder para controlar la desarticulación de la solidaridad entre trabajadores a partir del sostenimiento de la sociedad autoexplotada.
Lo que en realidad se llevó adelante fue la profundización del proceso de desindustrialización que terminó por correr del centro de la escena social al trabajo. Esto demandó, al mismo tiempo, la lumpenización de los sectores populares que el sistema descartó a través de la desocupación. Pero la descomposición del trabajo implicó, al mismo tiempo, la destitución de la soberanía nacional. El modelo de dependencia opera así en dos frentes que son los pilares reales de la generación de riqueza y de la independencia nacional: el trabajo, la producción industrial y el dominio territorial.
Donde persiste el capital no hay Patria. El arraigo de una fábrica, la sustentabilidad portuaria, la navegación autónoma con bodega nacional, la investigación científica puesta al servicio del aparato productivo y la comunicación a través del transporte aéreo y terrestre de bandera nacional realzan el rol del trabajo como vertebrador de la independencia económica y la soberanía política.
El 17 de Octubre de 1950, Perón expresó ante el pueblo trabajador convocado en Plaza de Mayo: «Éramos un país sin espíritu. El espíritu de los Argentinos estaba aplastado por el peso de los hombres sin conciencia, capaces de venderlo todo para salvarse ellos y vivir con el estómago lleno. Para ellos, los altos valores del espíritu eran palabras elegantes para usar los días de fiesta, con el traje y la galera. Así se explica que jurasen por Dios y por la Patria fidelidad a una Constitución que nunca respetaron, ni respetarán en los casos cuando llegan al poder. Y además juran trabajar lealmente por la Patria, sin haber hecho nunca nada por su grandeza. Así se explica que jurasen ser leales al pueblo y tiempo después lo engañaran fraudulentamente».
Hoy nos situamos otra vez en un período prejusticialista, con todo lo que ello implica. Es simple: cuanto más «derecho» tenga el empleador, menos libertad tiene el trabajador. En realidad, la disputa es entre el capital y el trabajo, entre la oligarquía y el pueblo. ¿Pero qué pueblo? Porque no podemos engañarnos: existe un desplazamiento de la conciencia de clase que reniega del Ser Nacional y, al mismo tiempo, se niega a pertenecer, fantasiosamente, a la clase trabajadora. Acá, el régimen gana.
En este escenario, la responsabilidad histórica parece recaer sobre las organizaciones sindicales y sobre la CGT. En verdad, el problema es de fondo y es político. Frenar la Reforma Laboral es, sin dudas, un triunfo que fortalecerá a la organización de los trabajadores. No obstante, ante un proyecto civilizatorio liberal, de subordinación y dependencia, como el que representa Milei, la lucha se transforma en guerra. No se trata de sostener la formalidad de una democracia que sirve para administrar el poder liberal; se trata de vencer a un régimen que llevó a la Argentina al retraso, disolvió la integración nacional y se entregó al enemigo anglo-estadounidense como objetivo ontológico.
Milei es un gerente de la oligarquía, no es un oligarca; por eso, su adhesión al modelo estadounidense que expresa Donald Trump solo sirve para favorecer a la potencia que ostenta el capital. Es un esclavo consumado. Su pragmatismo es dañino para los trabajadores e incluso para las interminables aspiraciones de la clase media.
La Reforma Laboral es el golpe de gracia que le abrirá definitivamente las puertas a la oligarquía extranjera para explotar al país y desintegrar la Patria. La última línea de choque es el sindicalismo, pero la responsabilidad mayor es de la dirigencia política. Resta saber si está presta a la traición o si, por fin, asumirá un rol patriótico.
Por Gustavo Ramírez 