Apenas se conoció el rumbo que iba a tomar el Consejo Nacional para la Salvaguardia de Nuestra Patria (CNSP), el grupo de militares nigerinos liderados por el general Abdourahmane Tchiani, que en julio de 2023 desplazaron al presidente Mohamed Bazoum para alinearse con las juntas militares de Mali y Burkina Faso, y conformar la Alianza de Estados del Sahel (AES), surgieron las primeras amenazas de Francia, instrumentando a la Comunidad Económica de África Occidental (CEADO), que amenazó con invadir Níger para reponer en su puesto a su aliado Bazoum. (Ver: Sahel, la contraofensiva imperial).
Tras algunas semanas de tensiones, con amenazas de acciones militares y sanciones económicas, que incluyeron, entre otras, el corte de la provisión de electricidad por parte de Nigeria, la CEDAO y sus mandantes occidentales prefirieron reservarse para una mejor oportunidad. La que, al parecer, ha llegado.
Según se acaba de conocer, el Ministro de Defensa de Nigeria, el general Gwabin Musa, en una entrevista declaró que la “comunidad internacional”, por intermedio de Naciones Unidas, debe combatir a este “demonio” de Jama’at Nusrat al-Islām wal-Muslimin o GSIM (Grupo de Apoyo al Islām y a los musulmanes), la franquicia de al-Qaeda en el Sahel, que, aliado a los tuaregs del Frente de Liberación de Azawad (FLA), ha llegado a las puertas de Bamako, en una acción coordinada contra diferentes ciudades y bases militares de Mali. Ver: Mali y la alquimia siria.
Gwabin Musa agregó que “si se les permite afianzarse en Mali, no se detendrán ahí”, señalando el peligro de que estalle una guerra regional.
Si bien es cierto lo que declara el ministro nigeriano, también es cierto que, mientras no se detenga el suministro de armas, logística e inteligencia a las khatibas que operan en la región, cualquier intento de contención será inútil, como ya ha quedado comprobado con el fracaso de las múltiples operaciones francesas y estadounidenses, cuyo principal objetivo fue preservar sus intereses comerciales y políticos en la región, antes que terminar con el terrorismo “islámico”, que les ha servido como excusa para seguir interviniendo en esos países. Esta ecuación ha sido entendida por la AES, por lo que han expulsado de sus países cualquier tipo de presencia occidental, fundamentalmente militar.
Es en este contexto del agravamiento de la seguridad en Mali donde, este último miércoles 6 de mayo, se produjeron al menos dos nuevos ataques casi simultáneos contra las aldeas de Korikori y Gomossogou, en la región de Mopti, en el centro del país, a unos 500 kilómetros al noroeste de Bamako.
No es para nada extraño que haya sido un general nigeriano quien, en este momento, salga con estas declaraciones acerca de la conveniencia de una acción conjunta encabezada por Naciones Unidas para erradicar el terrorismo que opera en el Sahel desde 2012, cuando fue justamente el presidente de Nigeria, Bola Tinubu, entonces también presidente de la CEADO, quien, junto al gobierno de Costa de Marfil, fue uno de los más entusiastas con el proyecto de invadir Níger tras el golpe de 2023.
Si bien Nigeria no cuenta con fronteras con Mali, sí tiene una de 1.500 kilómetros con Níger, que también se encuentra amenazado tanto por el GSIM como por el Sahil Wilāyat (Estado Islámico para el Gran Sahara).
Nigeria tendría muchas razones para intentar frenar a los khatibas integristas, ya que, desde 2009, todo el noreste de su territorio está prácticamente tomado por Boko Haram y el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP), escindido de los primeros en 2015 y desde entonces en constante guerra entre ellos.
Formalmente, para Abuya, la llegada de más terroristas desde el norte sería una calamidad, porque les daría impulso a los grupos para expandirse a las áreas cristianas del sur y al delta del Níger, donde operan bandas criminales, a las que los terroristas en muchas oportunidades han empleado para operaciones puntuales. Aunque la posibilidad de afianzarse con más fuerza en algunos estados del noroeste, como Adamawa, Bauchi, Borno o Yobe, les permitiría a los muyahidines la construcción de un emirato, con el riesgo de balcanizar el país, que, además de ser el más poblado de África, con unos 240 millones de habitantes, es, junto a Libia, el mayor productor de petróleo del continente. La razón fundamental para que Donald Trump ordenara los bombardeos contra Sokoto, donde se habían localizado posiciones del ISWAP, muy próximas a la frontera con Níger.
Algunas fuentes indican que es probable que Abuya solicite la aprobación de Niamey para el tránsito de sus tropas hacia el sur de Malí o Burkina Faso, donde los muyahidines se han hecho con el control de todo el norte en ambas naciones. Mientras que, en Níger, los ataques por parte de Sahil Wilāyat en la región occidental de Tillabery son prácticamente cotidianos.
La olvidada inseguridad de Nigeria
No deja de ser llamativo el gesto espasmódico del presidente Tinubu, de querer socorrer a otras naciones de los problemas que padece de forma gravísima dentro de sus fronteras, donde se ha registrado, solo hasta marzo, el promedio anual de los últimos seis años.
Mientras que los ataques y muertes de militares en Nigeria se multiplican, en abril pasado fue asesinado, junto a otros cien regulares, el general de brigada Oseni Omoh Braimah, durante el asalto a una base militar de Benisheikh, a unos 75 kilómetros de Maiduguri, la capital del estado nororiental de Borno, el epicentro de la acción insurgente. El general Braimah es el segundo oficial de alta graduación en ser asesinado en los últimos seis meses.
Mientras que, en Chad, que también comparte fronteras con Nigeria, el pasado día seis una operación atribuida a Boko Haram dejó más de 20 muertos, tras el ataque nocturno a la base militar de la isla Barka Tolorom, en el lago Chad.
En un comunicado, las Fuerzas de Defensa y Seguridad del ejército chadiano informaron que fueron 23 muertos y 26 los heridos entre las FAI, al tiempo que confirmaron, sin precisar, que: “Un número significativo de miembros de la secta han sido neutralizados y se ha recuperado equipo”. En la retirada de los insurgentes, una aldea fue atacada y, tras saquearla, los terroristas la incendiaron.
El ataque se inició con el corte de las líneas eléctricas y el sabotaje del alumbrado del campamento, tras lo que se inició un enfrentamiento que provocó pánico en la población local, sin que se conociera si entre los civiles hubo muertos o secuestrados.
Chad, en la frontera con Nigeria, particularmente en torno al lago, suele sufrir ataques de estas características. En marzo de 2020, un ataque contra el campamento de Bohoma se cobró la vida de casi 100 soldados chadianos. (Ver: África, un mundo Mad Max a la vuelta de la esquina). En octubre de 2024, otro ataque dejó alrededor de 40 muertos.
En este contexto, en que Estados Unidos, junto a sus aliados africanos de la CEDEAO, parecen más interesados en demoler a la Alianza de Estados del Sahel que en contener al terrorismo financiado por monarquías wahabitas, socias de Washington, abandonan a su suerte a las pequeñas naciones del Golfo de Guinea, como Benín y Togo, donde desde hace al menos tres años el terrorismo ha dejado de ser un espectro lejano para encarnarse como fantasma shakesperiano.
*Por Guadi Calvo 