La guerra en el punto de no retorno

*Por Guadi Calvo 

La errática jeringonza del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, respecto al desarrollo de la guerra generada, vaya a saberse si por una afasia intermitente o un elucubrado plan del propio magnate y un exclusivísimo contingente de analistas políticos y expertos en lenguaje, que van desde especialistas en semiótica a mimos, que nada tendrían que envidiar a Marcel Marceau, en estos casi cuarenta días del conflicto, ha conseguido mantener confundido a todo el mundo.

A todos, menos a los iraníes. Quienes se han aferrado a su plan de guerra, que a pesar de la muerte de cerca de cinco mil de los suyos, entre ellos unos doscientos funcionarios de alto nivel y la destrucción de infraestructura clave, continúa según lo diseñado desde antes del martirio de ayatollah Alí Jamenei: la estructura militar parcelada e independiente entre sí, junto a una cadena de reemplazos de sus mandos ya prestablecida frente a la contingencia de bajas, por la que las sucesiones ya son automáticas, lo que hace que no se detenga un momento el organigrama de guerra.

A los discursos triunfalistas de la foca gangosa, que no deja de afirmar que ha reducido todo a escombros, se contraponen los incesantes ataques de la misilística de Teherán, que ya ha desbastado estructuras militares claves a lo largo del golfo Pérsico, radares, aeropuertos, arsenales, además de provocar un secretísimo número de bajas entre los efectivos tanto locales como norteamericanos destinados a esas mismas bases norteamericanas hoy desiertas e inutilizadas por los ataques incesantes que comenzaron apenas minutos después del primer ataque de la Liga Epstein, el 28 de febrero pasado.

A todo esto, se le suma el estructurado plan de demolición contra prácticamente todas las ciudades del enclave sionista, consiguiendo paralizar la vida de los diez millones de judíos. Condenados como Sísifo, a una y otra vez a repetir en este caso la carrera de final siempre incierto hacia los refugios, esos mismos que nunca han tenido los gazetes.

Mientras a los sionistas se les agotan los arsenales, intentan doblegar a Hezbollah en el sur de Líbano e intentan, sin acertar, dar contra el corazón de la planta nuclear de Busher, sobre el golfo en la provincia de Juzestán, para provocar una reacción atómica que podría matar a millones de personas solo en una primera instancia, sin considerar siquiera Netanyahu que la nube radiactiva podría ser llevada por los vientos hasta Turquía, sembrando de radiactividad prácticamente todo lo que tendría a su paso. Es bueno recordar en este punto que los efluvios nucleares escapados de Chernóbil (Ucrania) llegaron aquella vez hasta las montañas de Escocia. A unos 2.100 kilómetros de distancia. Lo que obligó a los ganaderos de ovejas a controles de la Agencia de Normas Alimentarias (FSA) por cerca de un cuarto de siglo.

Esta medida desesperada junto al nuevo intento de golpear el yacimiento gasífero de South Pars, el más grande del mundo, con lo que eso significaría para la economía mundial, revela en detalle la desesperación del régimen teocrático de Israel, que esta vez comprende que la guerra no es martirizar población civil sino enfrentarse con una fuerza dispuesta a luchar de igual a igual. Por lo que los sionistas ya no luchan por su expansión, sino por su subsistencia. Como nunca antes en ningún momento desde que se inició la ocupación de Palestina en 1948, el sueño sionista estuvo tan próximo a ser exterminado.

Mientras que muy lejos, por ahora, de los misiles iraníes, en lo que parece un eterno déjà vu, una y otra vez Trump posterga el ataque tantas veces demorado según su desesperado mensaje en su Truth Social del domingo, de sábado o de cuando sea; ya no se puede seguir su locura. “El martes será el Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente, todo en uno en Irán”.

Dándole el tiempo que Teherán no pide para que acepte negociar, rendirse o salir de copas, tampoco se sabe. Ya es claro para todos que Teherán, esta vez, no negociará, que va absolutamente por todo y si lo llegara a hacer, habrá sido por la extrema presión y compromiso garantizado que le puedan asegurar Moscú y Beijing.  En otros de sus exquisitos haikus electrónicos, la foca naranja, o quizás en este caso quizás sea una rubaiyat dedicada a los Ayatollah, dijo: “¡No habrá nada igual! ¡Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno! ¡Ya verán! ¡Alabado sea Alá!”. Nunca nadie en tan pocas líneas definió mejor su propio estado de desesperación.

En ese telón de neblina que se ha convertido el discurso presidencial, mientras echa generales y secretarios de estado, hoy tenemos que entrecerrar los ojos para poder entrever entre la bruma del relato y el humo de la realidad lo que realmente ha sucedido el pasado viernes con el derribo de aviones en territorio iraní y la suerte de sus pilotos.

Inmediatamente corrieron las especulaciones de que los abatidos fueron de dos cazas, uno norteamericano y otro sionista, que uno de ellos había caído en las aguas del golfo Pérsico, que los dos tripulantes lograron eyectarse a tiempo y fueron rescatados con vida, mientras que el caído, en la provincia de Isfahán en el centro del país, habría sobrevivido al menos uno de los pilotos, que estaba desaparecido y que luego fue rescatado y que una vez más ha
vuelto a desaparecer y otra vez más en las diatribas trumpistas.

De movida, el hecho contradice las aseveraciones de Trump acerca de que había “derrotado y diezmado por completo a Irán”, ya que queda claro que los iraníes continúan con el suficiente nervio para defender no solo sus cielos, sino para seguir atacando posiciones enemigas, como cada noche lo pueden comprobar millones de ocupantes judíos.

 

Una operación incierta

Respecto al derribo del caza F-15E estadounidense, Teherán dice que no solo tiene a uno de los pilotos que consiguieron eyectarse, por el que se estaría exigiendo la liberación de 10 mil prisioneros palestinos para ser liberado, sino que además ha mostrado imágenes bastante convincentes acerca de los esqueletos calcinados de cuatro helicópteros Black Hawk y dos aviones C-130 Hércules estadounidenses. Al tiempo que también varios MD
Helicopters MH-6 Little Bird habrían sido derribados por la artillería del ejército iraquí, ¡atiéndase!, ya no las Hashd al-Shaabi (Fuerzas de Movilización Populares), las milicias iraquíes proiraníes, sino el Nuevo Ejército de Irak, cuando volaban sobre su territorio, lo que agrega una nueva fuerza a la causa persa.

En este punto de los aviones derribados en Isfahán existen varias especulaciones: la primera, claro, es que tanto los aviones como los helicópteros hayan sido alcanzados por la artillería antiaérea persa durante el intento de rescate o una decisión del alto mando norteamericano de bombardear sus propias unidades una vez sabido que la operación había fracasado, ya que las naves habrían quedado atascadas en el terreno. Prefiriendo asesinar a sus propios hombres antes que fueran tomados prisioneros y dejar evidencia de un nuevo fracaso.

Otras versiones sospechan que la “operación de rescate” en realidad encubría un intento de alcanzar los depósitos donde supuestamente está almacenada una cantidad incierta del uranio enriquecido del que dispone Irán, que sin duda derivará esta vez sí en la creación de armamento nuclear, para que de aquí en más jamás vuelva a ser violentado. Fuera lo que fuese, es evidente que los vientos de la guerra no soplan a favor de la Liga Epstein.

A Trump se le ha abierto una enorme brecha en Washington tras los despidos del jefe del ejército y una docena de generales, mientras que tanto el Senado como la Cámara de Representantes han comenzado a articular líneas de contención. Estas brechas al parecer son todavía más profundas que las que le han ocasionado los ataques contra el portaaviones USS Abraham Lincoln, que desde los primeros días de la guerra anda errático por el mar Arábigo a más de mil kilómetros del teatro de operaciones.

En este contexto, cuando parece haberse alcanzado el punto definitivo del no retorno, dada la seriedad del caso, en domingo Trump presidió una fiesta, la tradicional carrera de huevos de pascua que se realiza en los jardines de La Casa Blanca; tuvo el tiempo suficiente para preguntar intempestivamente y en público quién tiene el coeficiente mental más bajo: “¿Si el expresidente Joe Biden o la exvicepresidenta, Kamala Harris?”. Como si estar sobrepasado el punto de no retorno en una guerra cuyas consecuencias son de alcance global, cuando amenaza con enviar cientos de miles de soldados norteamericanos a una operación que a todas luces será una carnicería, sea una gracia dominical.

 

 

 


*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

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