¿Qué es la normalidad para la Argentina? La disolución nacional está en marcha y, lejos de bajar la intensidad de su experimento, Milei apuesta a la profundización de la crisis aun cuando la niega. La persistencia de un modelo que destruye la estructura productiva, social y cultural de país converge con la necesidad del capital financiero de extremar la política de explotación para alcanzar la sobrevida de un sistema en crisis y en retirada.
En este contexto, durante la cumbre del MERCOSUR que se llevó adelante en Buenos Aires, el libertario volvió a exponer sus limitaciones para comprender el mundo que lo rodea. Constreñido en su nido de ratas, emitió un discurso disonante con los planteos realizados por la mayoría de los mandatarios de la región.
Al mismo tiempo, le estallaba en la cara la bomba de la crisis energética. La destrucción del Estado implica el abandono de las personas. La política económica de deshumanización de los recursos sociales tiene impacto sobre la calidad de vida de la comunidad. La falta de gas en pleno pico de frío representa un evidente ejemplo de lo que significa este programa colonial de disolución nacional.
Aun así, sin ponerse colorado, el exegeta de lo absurdo jugó el juego del Príncipe de espaldas a su reino de cristal y aseguró que «emprenderemos el camino de la libertad, y lo haremos acompañados o solos». Milei no ha sabido tomar nota de la crisis civilizatoria que se cierne sobre el concepto liberal de la libertad y lo hace, no solo por necedad ideológica, sino por hacer gala de un insufrible gesto de ignorancia geopolítica.
La realidad concreta, no la virtual donde despliega su diatriba acomplejada, le pega patadas en el culo todos los días y lo desmiente. Argentina no puede crecer sola si está urgida de dólares y si no puede autoabastecerse de energía, por ejemplo. De la misma manera, al ser este un modelo de dependencia, no existe en su razón de ser la posibilidad de que el camino emprendido sea libre y que mucho menos llegue a destino.
Cuando sale de su teatro de operaciones, es decir del universo de la virtualidad, Milei tiene serias dificultades para poder mostrar logros de gestión que beneficien incluso a sus propios votantes. El potencial de su mensaje político estriba en las condiciones violentas en las que estiba su capital simbólico. Pero eso, lo sabemos a través de la evidencia histórica, tiene un lapso momentáneo de vida si las condiciones materiales se deterioran.
Un año y medio de ajuste incesante no evidencia una mejora en las condiciones económicas de la población. Más allá de resonancias sectoriales, la injusticia social se ha materializado en golpes sucesivos a las condiciones de vida de los sectores más humildes, pero también han tenido un efecto devastador para los trabajadores. Al crecimiento de la precarización laboral y la informalidad se le añadió la crisis de ingresos. El empleo ya no sirve como sustento material de los trabajadores porque la propuesta económica de los libertarios los empobrece.
En este contexto, preguntar por la normalidad resulta tan absurdo como alarmante. Sin embargo, el gobierno reaccionario pretende sostener el viejo adagio de la biopolítica ceñida al cuño civilización o barbarie, retrotrayendo la discusión política a un universo fantasma. En realidad, lo que impera es el caos, donde resultan beneficiados los núcleos duros del capital financiero global y los oligarcas locales, sensibles a subordinarse para sostener su posición privilegiada.
La violencia del colonizado
Como sirviente de la ingeniería del caos, Milei alimenta su capital simbólico del microrrelato. Exacerba la distinción de la provocación y arguye vehemencia para justificar sus ataques personales a distintos actores sociales. Sus “víctimas” por lo general son actores secundarios de la vida social, lo que le permite sostener su posición de poder sin costo elevado. Esta operación se repite, incluso cuando ataca a determinados personajes mediáticos.
La operación busca adhesiones. Intenta despertar un fanatismo rancio sobre rancias causas virtuales, al mismo tiempo que sustenta el paradigma de la anti-política como razón de los ataques virtuales. Milei no duraría ni cinco minutos con la boca sana en ningún barrio que se precie de tal. Sin embargo, ahora es presidente y puede darse el lujo de comportarse como un matón con complejo de inferioridad por la protección que le otorga la investidura.
Pero el entramado es más complejo que la búsqueda exhaustiva de “Me Gusta” y reproducciones en redes sociales. Evidencia la ausencia de contenido de sus políticas y el andamiaje estructural con el que cuenta su experimento. Lo que hace Milei no es nuevo y mucho menos refinado en términos de aparato comunicacional.
En este marco, la violencia adquiere un valor consensual y justifica la saña del microrrelato. Se asienta, en cierta forma, en la naturaleza del Empresario del Yo, que desvirtúa todo equilibrio democrático en relación a la insatisfacción que produce la carencia material, que no es percibida como producto de una acción programática sino como un ataque de la política a la individualidad. Una individualidad colonizada por la fuerza del mercado, donde el sujeto está atado a un consumo precario en el no lugar de la existencia que son las redes sociales.
El espacio virtual parece tan vasto que la circulación del capital simbólico de la violencia puede darse sin sanciones ni restricciones. No hay resistencia, así como no hay verdad. Por lo tanto, la colonización del pensamiento encuentra terreno fértil para anidar. Milei es producto de lo que el pensador coreano Byung-Chul Han llama “Sociedad de Rendimiento”. En tal sentido, efectiviza una descripción que bien ejemplifica lo que el libertario representa: “el sujeto de la sociedad de rendimiento está marcado por una relación narcisista consigo mismo”. El goce de la crueldad reafirma este narcisismo, pero pone en juego la debilidad política del libertario. Su violencia no tiene causa, es peligrosa y representa un avance sobre la esencialidad constitucional de la democracia de baja intensidad. Es la violencia colonial del colonizado.
Descolonización y territorialidad
La violencia tiene distintas caras. Todas ellas son diabólicas. La cristalización ideológica que lleva adelante el régimen, a través de la propaganda mediática y política, supone una adhesión sistemática a la afrenta. Presenta una llanura conceptual donde la inmovilidad impera como universal categórico, pero esto no es más que representación y voluntad de la apariencia.
Lo real concreto se vive en la territorialidad, donde la destrucción del Estado redunda en injusticia social. Ahora, esa realidad es situada y, a pesar de los imperativos del régimen, todavía no se ha deshumanizado. El microrelato opera sobre microclimas. El pueblo no habita ese espacio simbólico. Su naturaleza está en lo concreto, en lo que se puede tocar. No hay estadísticas ni números.
Es cierto que en la sociedad de rendimiento el peso rector es la autoexplotación. De allí que se valore esta condición de la dependencia como síntoma de la libertad. Sin embargo, el paradigma materialista no se traspoló de manera uniforme a todo el campo comunitario. Aun así, las movilizaciones encabezadas por el Movimiento Obrero y sus organizaciones sindicales demuestran que Argentina reviste sus propias categorías de concepción y de acción, y que la generalidad solo puede ser aplicada a los marcos de las operaciones comunicacionales.
Precisamente, es el sindicalismo el que en nuestro país pone de relieve la importancia de discutir cuestiones de fondo que nos conduzcan a un programa de liberación nacional. El rol asumido por la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte quiebra el molde de las presunciones atascadas en la virtualidad de las redes sociales. incluso pone en duda la excepcionalidad de la comunicación regada por los andariveles tecnológicos, dada la capacidad de organización y de conducción demostrada en los últimos días en relación a la movilización realizada por un el bloque multisectorial al Ministerio de Desregulación.
Como escribe Han en Topología de la violencia, “la economía capitalista absolutiza la supervicencia. Su preocupación no es la buena vida. Se alimenta de la ilusión de que el incremento de capital genera más vida, más capacidad para la vida”. Por lo tanto, la disconformidad del Movimiento Obrero, la apropiación de la territorialidad y la conciencia histórica de clase, hacen que las razones ontológicas desnuden la política estreñida del libertario.
La cuestión es saber si la dirigencia política de superestructura está en condiciones de asumir las demandas del Movimiento Nacional. Julio es el mes de la Independencia y esto debería servir para pensar en la necesidad de restablecer el valor real, concreto, de la causa nacional. Una gran parte de la demanda popular se enquista en la necesidad de gestar una nueva etapa independentista con profundo sentido real y concreto.
Para eso la dirigencia política debe despojarse de esa profesionalidad insufrible que la lleva a discutir entreveros secundarios y asumir su responsabilidad patriótica. La cuestión es saber en que condiciones se encuentran para asumir que es un tiempo de rupturas y asumir el funcionamiento estratégico de promover las descolonización estructural como paso previo para alcanzar la liberación nacional con independencia económica, soberanía política y Justicia Social.
Aunque no se lo distinga de esta manera, más allá de las imbricaciones que tienden al fomentar el internismo, quien tiene la iniciativa de sostener la resistencia a las políticas reaccionarias y a la violencia que expande Milei, es una gran parte del sindicalismo. Después de todo, como afirmó Evita: “no puede haber, como dice la doctrina de Perón, más que una sola clase: Los que trabajan”.

