Atlas del asedio a la democracia

*Por Guadi Calvo 

Para entender las razones de las protestas que desde hace un mes incendian Europa, se deben considerar los efectos de la “ola parda” neofascista, que por estos días parece que por fin ha comenzado a detenerse desde que se había puesto en marcha, hace más de una década, impulsada por los resabios, no debidamente exterminados, del fascismo, a partir de haberse montado en el temor que la descontrolada crisis migratoria que comenzó en 2012.

A partir de eso, tímidamente comenzaron a ganar escaños en los parlamentos europeos, para casi de inmediato, por medios democráticos, muchos gobiernos del continente, a los que el establishment interpretó aquello como una oportunidad de negocios y, en vez de resistirse, se les unió a los Tusk, Orbán o Meloni, legitimando posiciones más extremas de la derecha que consiguió en 2014 derrocar al presidente Viktor Yanukóvich, iniciando el naufragio ucraniano y todo lo que continuó, para que el país quedara en manos del bufo de Zelenski.

Algo similar a una ola parda pocos años después comenzó a suceder en América Latina, siempre tan dada a experimentos autoritarios en defensa de las aristocracias locales, a lo que se han agregado con todos sus fueros los dueños de las Big Tech, que han articulado el poder Donald Trump 2.0. “Estadistas” de la talla de los Mauricio Macri, Jair Bolsonaro o Sebastián Piñera, que abrieron el camino de los que llegarían algunos años después, más desbordados y más corruptos, si se puede, que sus padres putativos: Milei, Khatz, Noboa, Peña o De la Espriella. Los que han confirmado aquello de… “Como tragedia una vez y la farsa otra”.

De repente, en pocos días, este fenómeno que se mantuvo acechante desde mayo de 1945, cuando todo parecía a punto de ser conquistado por los “pardos”, producto de la torpe aventura de Trump en Ormuz, que convirtió al Alí Jamenei, además de mártir, en el gran elector americano, sumada a su congénita compulsión al peculado, se ha puesto, a partir del próximo enero, a tiro de piedra de un nuevo impeachment. Razón por la que ya su vice, J. D. Vance, después de lanzar un contundente: “La razón por la que perdimos es la guerra”. Es verdad que Vance nunca quiso adscribir a esa guerra, por lo que, para no ser cómplice, cuando Netanyahu llegaba a Washington, el pasado 10 de febrero, a vender la guerra contra Irán, Vance llegaba a Azerbaiyán. (Ver: Las guerras que va a perder Trump), cuestión que lo habilita para mirar de frente al 2028.

Poco antes de que el tres de noviembre el meteorito anti-Trump se estrellara contra la Casa Blanca, como definió la victoria demócrata, el gobernador de Florida, el republicano Ron DeSantis, la foca gangosa, ya había tenido dos anuncios de lo que le podía suceder el primer martes de noviembre: la impensable remontada del presidente Lula, cuando todo, fundamentalmente la lógica, daba por ganador a Flavio Bolsonaro, quien había conseguido imponerse en la primera vuelta. Solo 21 días después, Lula hizo lo imposible, demostrando que a veces la lógica no es el mejor camino. Ahora, cuando Lula se prepara para asumir su cuarto mandato, Flavio, junto a su hermano Eduardo, para no terminar como su padre, quien seguramente por cuestiones biológicas morirá en prisión, se fugaron a los Estados Unidos.

El otro mal augurio lo cumplió Netanyahu, que, tras salir bastante machucado de las parlamentarias del 27 de octubre, vio a su principal rival, Gadi Eisenkot, ahora aventajarlo en la posibilidad de convertirse en el nuevo primer ministro del régimen teocrático. Eisenkot, quien formó parte del gabinete de la guerra genocida, tras la farsa de octubre de 2023 (ver: La operación de Hamás y un error de cálculo), se alejó del gobierno menos de un año después, con críticas al primer ministro por la resolución que le está dando a la cuestión palestina.

Mientras estas tres figuras de la ultraderecha internacional ven cómo se les aproxima el final y los tribunales de sus países se les acercan, nada mejor les espera a los mancebos latinoamericanos de Trump. Tras la monumental estafa financiera del presidente paraguayo Santiago Peña a ahorristas de su país, será eyectado de la presidencia y, para preservar a sus mandantes, seguramente termine en la poco recomendable prisión de Tacumbú, si antes no consigue escapar o que lo suiciden.

Entre tanto, el chileno José Antonio Khatz, tras asumir en marzo último, vio cómo sus índices de popularidad ya perforaron el 25 por ciento y siguen en baja, después de atenuar los castigos a pedófilos y abusadores; mientras que el presidente boliviano Rodrigo Paz zozobra desde agosto pasado, después de que se develara cómo él y su mujer son parte de una trama de abuso de poder y narcotráfico en la que participaban junto a su principal asesor, el activista de ultraderecha argentino Fernando Cerimedo, después de que este último fuera detenido por el intento de asesinato de una concubina.

En el estrambótico trayecto de la ultraderecha de estos últimos años, el próximo en caer apunta a ser Javier Milei, el patético presidente argentino, quien había logrado un verdadero milagro: arruinar todavía más a la ya muy arruinada economía de su país. A un año de las elecciones, su popularidad no para de caer, por lo que el establishment ha comenzado a abandonarlo y a ponerle fichas a quien fue desde 2023 su principal socia política, la actual senadora por el partido oficialista, Patricia Bullrich, a quien avala una extensa y sinuosa carrera, con la que convirtió la traición en una de las bellas artes.

Desde sus principios en los años setenta, con la organización armada peronista Montoneros, cuando, según la acusó en su momento Milei, “ponía bombas en los jardines de infantes”, hasta que su tenebroso trayecto la convirtió en el brazo ejecutor de la ultraderecha de su país, primero como ministra de Seguridad de Macri (2015-2019) y después en el mismo cargo de Javier Milei desde 2023 a 2025. Fue la principal responsable de la desaparición y muerte del joven activista Santiago Maldonado y de la ejecución por la espalda de Rafael Nahuel, un defensor de los derechos de las comunidades originarias, ambos hechos sucedidos en 2017.

Modi: el sumo pontífice del fundamentalismo

Sobre India se ha repetido desde siempre, como un mantra, que es la mayor democracia del mundo, lo que es parcialmente cierto, ya que, por tomar como ejemplo las parlamentarias de 2024, en ellas participaron 8.360 candidatos, con 7.554 hombres y solo 800 mujeres, que representaban a 743 partidos. Para recibir, durante 44 días, a los más de 980 millones de ciudadanos registrados para votar, aunque finalmente lo hicieran nada más que 647 millones, quienes llegaron hasta las más de un millón de mesas de votación, instaladas en regiones montañosas del Himalaya, desiertos, islas y aldeas perdidas en las junglas, e incluso en parajes donde solo hubo un único elector. Todo ello significó un gasto aproximado de 16 mil millones de dólares.

No deja de ser contradictorio que semejante esfuerzo, este monumental dispositivo, se constituya para seguir eligiendo al sumo pontífice del fundamentalismo hindú, Narendra Damodardas Modi, quien desde 2014 ocupa el cargo de Primer Ministro de la Unión India, con tres elecciones a cuestas y quien, antes, desde 2001, fue en otras tres oportunidades Ministro Principal (Gobernador) del Estado de Gujarat, al frente del Bharatiya Janata Party (BJP) o Partido Popular Indio.

Modi ha sido un hombre programado desde su infancia para realizar las hazañas electorales que ha protagonizado. Con ocho años ingresó a la organización ultraderechista Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS) (Cuerpo Nacional de Voluntarios), de la que el BJP es su brazo político. Allí, además de instrucción paramilitar, los swayamsevaks (en sánscrito, voluntarios) reciben una sólida formación ideológica basada en el ideario de la Hindutva, una ideología reciente para los parámetros indios, ya que surgió recién en 1923, a la que podríamos definir como la “esencia de la hinduidad”, equivalente al Blut und Boden (Sangre y Tierra) de los nazis. Al igual que estos, aspira a una patria, si no racialmente pura, sí con un fuerte espíritu hinduista.

Para eso, los nacionalistas hindúes aspiran a establecer la Hindu Rashtra (Nación Hindú), aunque, si bien el hinduismo es mayoritario, ya que de los 1.400 millones de indios más de mil millones lo practican, otros 220 millones son musulmanes, seguidos por minorías religiosas como sijs, cristianos, budistas, jainistas y zoroastristas, que, junto a otras religiones menores, suman cerca de sesenta millones. Esta diversidad dificulta la pretendida unidad religiosa. Esas minorías “extrañas” al hinduismo, a pesar de llevar en algunos casos milenios en el subcontinente, representan en su conjunto poco menos que la población total de los Estados Unidos y constituyen un obstáculo para los sueños fundamentalistas de Modi y la construcción de la mítica Hindu Rashtra.

Aunque la Ley de Enmienda a la Ley de Ciudadanía (CAA), de 2019, oficialmente permite la regularización de inmigrantes indocumentados de Afganistán, Bangladesh y Pakistán que hayan ingresado a la India antes de diciembre de 2014, la norma beneficia solo a los no musulmanes, que son mayoría en esos países. La medida, dado el nivel de irregularidad en el acceso a la documentación dentro de India, implica que millones de musulmanes indios, cuyas familias llevan siglos en el país, sean pasibles de expulsión.

Esta disposición fue acompañada por el Registro Nacional de Ciudadanos (NRC), que se implementó en las regiones fronterizas con Pakistán y Bangladesh, donde se entiende que se encuentra la mayoría de los musulmanes indios. Allí son capturados y expulsados por no tener forma de acreditar mediante documentos oficiales su ascendencia en el país.

Otra de las medidas que tomó Modi fue eliminar, en 2019, el estatus constitucional especial del estado de Jammu y Cachemira, la única región del país con mayoría islámica. Para revertir esta situación, Modi inició una campaña de migración de hindúes, con múltiples beneficios económicos. La demolición de viviendas pertenecientes a miembros de la comunidad musulmana es una acción frecuente tras el estallido de tensiones comunitarias o protestas, en muchos casos iniciadas por agentes del gobierno y matones del BJP. Este recurso es conocido como la “justicia de la excavadora”.

Modi tampoco ha descartado nunca, desde sus primeros años como Ministro Principal en Gujarat, las masacres como un método legítimo para terminar con los “otros”. En 2002, un ataque contra peregrinos hindúes, que dejó cerca de setenta muertos y que presuntamente fue ejecutado por musulmanes, desencadenó una cacería que duró semanas y dejó más de dos mil muertos, casi en su totalidad musulmanes. Este tipo de acciones se repitió en numerosas oportunidades desde su llegada a Nueva Delhi, en 2014, siempre con la articulación de agentes gubernamentales y militantes nacionalistas, que provocan disturbios en barrios musulmanes para dar lugar a nuevos pogromos mediante la aplicación de la denominada “justicia de la excavadora”.

Desde hace algún tiempo, este tipo de abusos ya no se limita a la comunidad islámica, sino que afecta a campesinos y estudiantes. Desde abril pasado, la capital se encuentra sometida a manifestaciones estudiantiles constantes y multitudinarias. Los jóvenes denuncian que sus estudios están cada vez más comprometidos. A las protestas se suman lentamente sindicatos y otros sectores de la sociedad, hartos de una democracia asediada.

 

 


*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

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