¿Algo ha cambiado dentro de mí?

Por Patricio Mircovich

Hace unos días, casi por casualidad, me puse a releer algunas de las notas que escribí hace ya muchos años. Algunas tienen quince, dieciséis y hasta veinte años. Ahí estaban otra vez las discusiones sobre el peronismo, el movimiento obrero, el trasvasamiento generacional, la conciencia nacional, los dirigentes, el 17 de Octubre, el 17 de Noviembre, Malvinas, la política, la cultura política, la infiltración, los pseudo-peronistas, los que se decían propios y actuaban como ajenos. Y la primera sensación no fue precisamente de satisfacción.

Porque cuando uno escribe sobre política lo hace parado en una determinada realidad, condicionado por ese momento, discutiendo con nombres, circunstancias y acontecimientos concretos. Pero cuando muchos años después vuelve sobre esas palabras y descubre que detrás de aquellas discusiones había problemas que no solamente siguen presentes, sino que en algunos casos se han profundizado, resulta difícil sentir orgullo por haberlo advertido. No alcanza con decir: teníamos razón.

Releyendo La Unidad Es Básica, El trasvasamiento generacional… ¿Y si lo hacemos tirando todos los días un viejo por la ventana?, Por otro 17 de Octubre, lo primero, recuperar la conciencia nacional, Del trastorno obsesivo compulsivo de la “dirigencia” a las 20 verdades, La encrucijada del movimiento obrero: la política, 17 de Noviembre ¿Historeando la actualidad? o, mucho más recientemente, La leyenda negra de Vandor y la interna del peronismo, aparece una constante que resulta imposible disimular: buena parte de aquellas críticas dirigidas hacia adentro continúan teniendo una actualidad incómoda.

Y digo hacia adentro porque siempre creí que señalar solamente las responsabilidades de enfrente era demasiado sencillo. Sabemos lo que quieren los enemigos de un proyecto nacional. Lo sabemos desde hace demasiado tiempo. Cambian los nombres, cambian las formas, cambian los discursos, cambian los instrumentos, pero los intereses suelen ser bastante menos imaginativos. El problema comienza cuando nosotros dejamos de preguntarnos qué hicimos, qué permitimos, qué abandonamos y fundamentalmente qué dejamos de construir.

Durante años discutimos sobre la falta de formación política, sobre organizaciones transformadas en sellos, sobre dirigentes preocupados mucho más por conservar sus lugares que por generar nuevos cuadros, sobre una militancia demasiadas veces utilizada como instrumento electoral y olvidada al día siguiente de una elección. Discutimos sobre la necesidad del trasvasamiento generacional y sobre aquellos que confundían trasvasar con jubilar a unos para poner a otros exactamente iguales, solamente que más jóvenes.

También discutimos sobre el movimiento obrero y la política. Sobre una dirigencia sindical que no podía limitarse a discutir salarios mientras otros discutían el país. Sobre la necesidad de comprender que sin proyecto nacional cualquier conquista sectorial termina tarde o temprano condicionada por quienes manejan la economía. Discutimos sobre conciencia nacional. Quizás ahí estaba, y sigue estando, una parte esencial del problema.

Porque un pueblo puede votar, movilizarse, protestar, indignarse y hasta ganar elecciones, pero si pierde conciencia de sus propios intereses termina defendiendo los intereses de otros creyendo que está defendiendo los propios. Y entonces aparecen nuevamente las zonceras, convenientemente remozadas, con nuevas palabras y nuevos comunicadores, pero cumpliendo exactamente la misma función.

La realidad actual obliga a volver sobre esas discusiones. No para buscar frases antiguas y utilizarlas como certificados de lucidez. Mucho menos para convertir viejas notas en una colección de “yo lo había dicho”. Eso sería tan inútil como aquello que criticábamos. Porque si efectivamente muchas de aquellas advertencias eran correctas, aparece inmediatamente una pregunta bastante más incómoda: ¿Y qué hicimos con ellas?

Si sabíamos que faltaba formación, ¿formamos? Si denunciábamos la falta de participación, ¿construimos ámbitos donde participar? Si reclamábamos trasvasamiento generacional, ¿generamos nuevos cuadros? Si hablábamos de conciencia nacional, ¿trabajamos seriamente para construirla? Si sosteníamos que la Unidad era Básica, ¿hicimos de la Unidad Básica nuevamente un lugar donde discutir política, organizarse, aprender, disentir y construir?

Si reclamábamos que el movimiento obrero hiciera política, ¿qué hicimos para que la política volviera a ser una herramienta de transformación y no solamente una carrera de cargos? Porque también sería demasiado cómodo transformar nuestros propios errores en responsabilidad exclusiva de dirigentes que parecen haber nacido por generación espontánea.

Los dirigentes salen de algún lugar. Los elegimos, los acompañamos, los toleramos o simplemente dejamos los lugares vacíos para que otros los ocuparan. Entonces quizás el problema ya no sea demostrar quién tuvo razón hace quince años. Quizás el verdadero problema sea qué estamos dispuestos a hacer hoy.

La política argentina necesita nuevamente hombres y mujeres dispuestos a comprometerse más allá de una publicación, una indignación momentánea o una elección. Necesita volver a discutir ideas, intereses, historia, economía, soberanía, trabajo y organización. Necesita militantes que estudien, dirigentes que escuchen, trabajadores que comprendan que la política también les pertenece y organizaciones que dejen de tratar a sus integrantes como simples espectadores.

No necesitamos esperar que aparezca alguien que venga a arreglar lo que nosotros no quisimos, no supimos o no pudimos arreglar. Mucho menos podemos conformarnos con observar cómo la realidad confirma viejas advertencias. Haber tenido razón no cambia absolutamente nada si esa razón no sirve para transformar la realidad.

Perón nos enseñó, de distintas maneras y durante toda su vida política, que una causa no se realiza contemplándola sino organizándose para realizarla. Quizás después de tantos años sea hora de dejar de preguntarnos solamente qué pasó, quién se equivocó o quién nos traicionó. Hay que volver a hacer.

A organizar.

A formar.

A discutir.

A participar.

A comprometerse.

Porque si verdaderamente creemos que esta realidad debe cambiar, entonces habrá que hacer algo bastante más difícil que tener razón: habrá que poner manos a la obra para cambiarla.

 

 

 


*Director de Perón Vence al Tiempo

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