Producciones AGN

Una de Belmondo en el cine Olavarría

*Por Gustavo Ramírez

A Diego Cessario, porque sabe de lo que hablamos

El tiempo puede cristalizar los recuerdos, pero tal vez sea cierto lo que postula Rodolfo Kusch y la categoría que defina al Ser, al nosotros, sea el espacio. La infancia y la adolescencia también son espacios, o al menos esa era para nuestra generación. Un lugar que solíamos habitar era el cine del barrio. En La Boca había dos: El Cine Teatro Dante y el Cine Olavarría.

Todavía no estábamos dentro de la “Matrix”, era entonces el final de la Dictadura. Con el tiempo pudimos comprender que la cultura popular insertada en territorio por el peronismo, había resistido con fuerzas los embates de los milicos a pesar de todo. No obstante, en esos momentos todo empezaba, ese tejido que venía del inicio de los buenos tiempos se terminó de desintegrar en la década neoliberal.

Ir al cine era todo un acontecimiento, pero a la vez se hizo familiar, cotidiano, parte de la idiosincrasia del barrio. Todo empezaba en la escuela, los jueves llegaban las entradas y la máquina de la meritocracia se ponía en marcha. La maestra nos hacía hacer cuentas, dictados y quien terminaba primero se llevaba la entrada gratis para el fin de semana.

El cine Olavarría era el cine popular. La entrada salía “chirolas”, pero aun así, ostentar el papel sellado por el colegio representaba cierto aire de suficiencia. En cambio, el Cine Teatro Dante era más “bacan”. Por lo general allí se daban las películas que aun estaban en cartelera en los escenarios de Lavalle. Ni hablar. Ir al Centro era algo más que una fiesta. Por lo general mi vieja me llevaba a principio de mes cuando cobraba el sueldo de la Vascongada. Una fábrica de producción de alimentos lácteos que ya no existe.

El itinerario era así: Primero bañarse, perfumarse y ponerse la mejor pilcha comprada en Pompeya o en Once. Después pasar por la juguetería de Tita y Tito en la Calle Iberlucea y comprar un autito de colección que si o si tenía que ser Machtbox. De ahí a la Vuelta de Rocha a tomar el 29. Caminar por Lavalle era aventurarse a un mundo sumamente extraño y maravilloso, ni hablar cuando uno entraba en esas inmensas salas. Todo cobraba otro sentido. Aun mucho después, ya de grande, ir al cine allí era realmente encantador. Hasta que de pronto Lavalle se fue descascarando y los cines se convirtieron en esqueletos fantasmas de una ciudad posible.

En La Boca el encanto era distinto. El cine Olavarría nos cobijó durante mucho tiempo. Era una sala inmensa o eso me parece ahora, que contrariamente a otros cines siempre estaba en penumbras. Uno entraba a tientas y buscaba los asientos por instinto. Recuerdo llegar munido de maní con chocolate Georgalos, caja amarilla, turrón Namur y dos cajas grandes de chiclets Adans. ¿Había entonces otro placer? Tal vez si, los sándwichs de salame y queso de la abuela Cata que esperaban en casa después de la función.

En esa sala daban tres películas continuadas. Era una fiesta de celebración a la industria. En el Dante no, la cosa ahí era más seria. Se imitaba la performance de los cines del centro, así que proyectaban una sola película. Allí vi en estreno primera saga de Star Wars y de Superman. Me encantaba ir al pulman que esta en el primer piso, la sensación de ver la película desde allí era otra. Por lo general al Dante íbamos los domingos.

En el Olavarría vi casi todas las películas de Belmondo. Si, era una especie de fanático fascinado por la personalidad de un héroe particular que iba a encarnar distintos personajes en mis juegos solitarios. A la par venían las películas de Bud Spencer y Terence Hill, nunca existieron tipos tan piolas y tan terrenales como ese par. En la pantalla del cine popular también brillaba la figura de Alan Delon. Pero Belmondo sin dudas era el rey de los sábados.

Al cine Olavarría íbamos con Adrián. Era una fija. Esa misma tradición se repetiría tiempo después en la cancha a ver a Boca.  Después de todo aquello, aun para nosotros, que éramos pobres y vivíamos en un conventillo de la calle Suárez era más que accesible. Por entonces todo era posible y ocurría al mismo momento. Inclusive las propias películas que veíamos y reproducíamos en la fábrica de mosaicos que estaba al lada de casa. Hasta el día de hoy me pregunto cómo era que el dueño nos dejaba entrar a jugar sin decirnos ni mu. Era el escenario ideal para urdir guiones de espías o tramas de guerra.

El lunes murió Belmondo y estos recuerdos me tomaron por sorpresa uno tras otro sin darme respiro. Hasta me quedé pensando en mis diez años: Mi vieja me regaló un reloj Citizen y un anillo de oro chiquito con la inicial de mi nombre grabada en su centro y yo ya me sentía grande, aunque siempre me negué a dejar ir mi infancia. Fue entonces que empecé a salir solo. Hoy eso es casi impensado. La sociedad esquizofrénica en la que vivimos no nos permite esos gustos. Era una extraña manera de experimentar la libertad y la felicidad y la plenitud.

El cine Olavarría. Hasta teníamos tiempo de jugar a las escondidas si no aburríamos. A veces las películas se cortaban, entonces empezábamos a aplaudir y si el proyector no arrancaba le dábamos a los gritos. A esa sala había que ir los sábados. A veces, de más pibe mi vieja me llevó los domingos a ver películas de Palito Ortega o de Sandro. Eran un embole cierto, pero la cosa era ir al cine.

Cuenta la historia del barrio que en ese cine llegó a cantar Gardel. Muchos amores comenzaron y terminaron en esas butacas. También se contaron al oído y entre sombras muchísimos secretos. Era un cine para andar con cuidado, no faltaban los gritos de la pibas cuando aparecía alguna rata. Es cierto que los recuerdos pueden precipitarse y enredarse en una confusa madeja de personajes y hechos, pero cada uno de ellos queda armoniosamente desplegada en el suelo de la historia. Ahí donde estamos y somos.

Murió Jean Paul Belmondo, el del Profesional, Pierrot el Loco, Borsalino, Sin Aliento, el Marginal, Les Morfalous y tantas otras. Tenia 88 años. Los años que van quedando en el camino, quizá. Su muerte trajo una turba de remembranzas que se inscriben en las paredes de la historia como extensos grafitis que narran lo que fue. Tal vez, algún arqueólogo del futuro encuentre en algún momento en el suelo del cine Olavarría nuestras huellas y escuche por encima de la sociedad del ruido nuestras risas, las de todos aquellos años.

“Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia”. Pero no. Esa pequeñas cosas están ahí, en la memoria. Ahora, donde estaba el cine Olavarría hay un supermercado por el que circulan un sin número de fantasmas que esperan que llegue el sábado para encerrarse a ver una función que ocurre en otro tiempo, en otro plano.

El domingo, mi hijo Valentín de diez años me pidió que le compre una bolsa de soldaditos. Entre tanto optimismo tecnológico, patológico y sádico, sentí que ciertas tardes de mi conventillo volvían a mi con un aire fresco de alivio. Ojalá él tuviera un cine Olavarría  en el barrio para ver una de Belmondo.

 

 

7/9/2021

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