Rohingya: sin lugar en la historia

*Por Guadi Calvo 

Mientras nos dejamos abducir por la final del Campeonato Mundial de Fútbol 2026, que convocó la atención, preocupación y tensión de más de 1800 millones de personas, pasa por debajo de todos los radares la noticia de que una vez más en el naufragio de dos embarcaciones, en algún lugar no determinado del mar de Andamán, frente a las costas de Birmania, se haya tragado la vida de unas quinientas personas, un número insignificante frente a la magnitud de televidentes de la gran final entre Argentina y España.

Los que, por otra parte, también hace que ignoren que Donald Trump, llevado de las narices por su secuaz Benjamín Netanyahu, faltando a todos los acuerdos firmados en Versalles apenas un mes atrás, ha reiniciado la guerra contra Irán (Ver: Trump: De cómo perder una guerra y que se note poco). Pero esto, sin duda, va a tener lugar en la historia, nos guste o no, mientras que sabemos que los quinientos treinta rohingyas, desaparecidos desde finales de junio, de los que se cree que eran en su mayoría niños y mujeres, justamente en el momento en que se iniciaba la temporada de monzones, serán devorados por la historia más cruelmente que por cualquier mar.

Según la poca información que ha trascendido, dos embarcaciones que zarparon desde el estado de Rakhine, en la costa oeste de Birmania, donde la guerra civil entre el gobierno militar que tomó el poder en febrero de ese año contra un cúmulo variopinto de milicias separatistas incendia el país desde mayo de 2021, continúa sin pausa. De acuerdo con lo que se ha conocido, las embarcaciones partieron el pasado 29 de junio de la aldea de Sin Tet Maw, la primera en las primeras horas de la mañana y la segunda cerca del mediodía.

En el marco de la guerra civil, esa área se encuentra controlada por el Ejército Arakan, por lo que se hace muy difícil conseguir información certera sobre el número exacto de los rohingyas que se embarcaron y la ruta a seguir. Algunos de los náufragos también provenían de los campamentos de refugiados de Cox’s Bazar, en el este de Bangladesh, junto a la frontera con Birmania, donde desde 2017 habían comenzado a llegar por centenares refugiados rohingyas víctimas de un intento de limpieza étnica, por parte de todos los gobiernos, no importa, civiles o militares, que se sucedieron en Naypyidaw, por considerarlos extranjeros, por su condición de musulmanes, en un país mayoritariamente practicante del budismo Theravada, la escuela más ortodoxa del culto.

En aquellos campamentos, en la actualidad, subsisten más de un millón 200 mil personas, prácticamente dejadas a manos de Dios, cualquiera sea, los monzones, el hambre y las mafias locales que suelen enrolarlos compulsivamente en algunas de las facciones que combaten en la guerra civil birmana. Según informó el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), durante 2025, unos mil rohingyas fueron dados por muertos o desaparecidos en el mar de Andamán (norte del océano Índico), de aproximadamente siete mil que se lanzaron al mar buscando las remotas costas de Indonesia, con la esperanza de que sean recibidos por su condición de musulmanes.

Son las exasperantes condiciones de vida a las que son sometidos los rohingyas en aquellos campamentos bangladesíes las que obligan a muchos de ellos, cada año, a arriesgarse a lanzarse a ese tipo de travesías, cuya suerte suele ser tan fortuita como su derrota, ya que las embarcaciones suelen ser viejos barcos de pesca reconvertidos para transportar a la mayor cantidad de personas posible, los que se encuentran en pésimas condiciones de navegabilidad, muy precarias para la navegación, como motores, por lo general en malas condiciones, más en temporadas donde la situación climática hace extremadamente complicada la navegación. Aproximadamente desde septiembre último, se calcula que unos diez mil rohingyas han probado hacer a la mar para escapar de los campamentos de Cox’s Bazar y de Rakhine.

Estas naves, operadas por antiguos pescadores a los que les resulta más redituable, operan para redes de trata, que ya tienen “sucursales”, además de en Birmania, en Bangladesh, Tailandia, Malasia e Indonesia. Por lo que no han sido pocas las veces que se ha denunciado que patrones de esas naves abandonan a sus “cargas” en alguna isla a muchas millas del destino programado. El negocio es relativamente sencillo: meter a la mayor cantidad de personas posible en las embarcaciones sin que las autoridades las detecten, a un precio por cabeza de tres mil dólares.

Aquellos cuyas familias no pagan son detenidos y golpeados, o, peor aún, se envían vídeos de su sufrimiento para persuadir a sus familiares de que transfieran la cuota requerida. Con el paso de los años, las rutas han cambiado, pero la brutalidad de este tráfico de personas no. Se cree que el último de los naufragios, en el que viajaban unas 280 personas, se produjo el ocho de julio frente al delta del río Irrawaddy, en la región de Ayeyarwady, en el suroeste de Birmania.

Tanto ACNUR como la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que han solicitado que se intensificara la búsqueda y el posible rescate, todavía no han podido confirmar el posible hundimiento, aunque aclaran, dado que la navegación se realizó en temporada de monzones, cuando las condiciones son más peligrosas, que habitualmente se registran lluvias torrenciales e inundaciones, lo que incrementa la posibilidad de accidentes.

Estos quinientos nuevos desaparecidos se suman a los trescientos que se han denunciado desde principios de este año en el mar de Andamán y la bahía de Bengala, entre los que se incluyen, además de refugiados rohingyas, ciudadanos bangladesíes. En el comunicado del jueves 16 de ACNUR, se subraya que estas tragedias “ponen de relieve el impacto devastador del conflicto prolongado y el desplazamiento, así como la continua falta de soluciones sostenibles para las comunidades rohingya”.

La comunidad internacional, para evitar que esa clase de desastres se sigan produciendo, deberá activar, en primer lugar, los medios para detener la guerra civil de Birmania y contener el empeoramiento de la situación humanitaria en los campamentos de refugiados de Bangladesh, nación que, dada su propia situación económica, empeorada tras el golpe pro-norteamericano contra la primera ministra Sheikh Hasina en agosto de 2024. Ver: Bangladesh, jaque mate a la reina.

Sin rastros en el mar. La OIM y el ACNUR pidieron que se intensificaran las labores de búsqueda y rescate, el acceso al asilo y la protección, y que se adoptaran medidas contra las redes de contrabando y trata de personas.

En los márgenes de todo

Es del estado de Rakhine, desde donde continúan huyendo los rohingyas, una comunidad musulmana que llegó a tener más de dos millones de miembros y en la actualidad apenas alcanza el medio millón, y la que, a pesar de llevar allí más de dos siglos, ha carecido históricamente de cualquier tipo de derechos, ya que jamás han sido registrados como birmanos, por lo que carece de documentos, a punto de tener que solicitar permiso para cuestiones tan simples como contraer matrimonio o salir fuera de las comunidades a las que han sido reducidos, por lo que solo se han podido dedicar a las actividades agrícolas, ya que tienen vedado el acceso a la educación y, obviamente, a la salud.

El origen de este apartheid es su condición de musulmanes, por lo que el clero budista los ha considerado enemigos y, asociados con los militares y grupos parapoliciales, han decidido declarar una guerra que tiene mucho de limpieza. Si bien esta situación viene de lejos, es a partir de 2017 que los pogromos se multiplicaron, en los que entran a saco a sus pequeñas haciendas, destruyendo sus plantíos, maquinarias y viviendas. Al tiempo que nadie paga por la violación de sus mujeres y las ejecuciones sumarias.

En el actual contexto de la guerra civil que vive todo el país, el Ejército de Arakan, que es el ala militar del grupo étnico budista del estado de Rakhine, ha conseguido expulsar al Tatmadaw, el ejército regular birmano, de la mayor parte del territorio y mantiene sitiada la capital del estado, Sittwe —en birmano, ironía o destino: “Lugar donde se encuentra la guerra”—, con cerca de 150 mil habitantes, que solo se puede abastecer por aire o mar.

Es en este contexto de guerra que los rohingyas están siendo reclutados compulsivamente tanto por los rebeldes como por el Tatmadaw, con la ironía de que sus verdugos de ambos lados los están obligando a matarse entre ellos. Mientras que, para el resto de la población del estado, al histórico desprecio por ellos se suma la sospecha de que son agentes de uno u otro bando.

Algunas versiones indican que los rohingyas desaparecidos habrían pactado con los traficantes ser transportados por mar hasta el sur del país, en lugar de por vía terrestre, atravesando una vasta región de junglas para llegar a Tailandia. A pesar de que Bangkok, desde hace una década, debido al alto número de abusos y muertes de migrantes y al descubrimiento de fosas comunes, ha sellado su frontera para impedir el paso, lo que claramente no ha resultado. Y desde allí, a Malasia, donde ya viven unos 200 mil rohingyas.

El trayecto se esperaba realizar en el plazo máximo de diez días, por lo que sus familiares, pasadas las tres semanas y al no recibir noticias, han comenzado a pedir que se investigue su suerte. Alarmados porque se ha comenzado a conocer la aparición de una docena de cuerpos flotando en el mar entre el delta del Irrawaddy y la costa del estado de Mon, fronterizo con Tailandia, una línea costera de cerca de 750 kilómetros sobre el mar de Burma, cubierta por un importante archipiélago. Donde, seguro, muchos esperaron ansiosos la gran final del mundo.

 

 


*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

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