Níger: algo más que un ensayo de golpe de Estado

*Por Guadi Calvo 

Desde hace ya un par de años, el Sahel se ha convertido en un campo de batalla, donde los poderes imperiales desplazados (Estados Unidos y Francia) intentan retornar tras haber sido expulsados de manera escalonada de Mali, en 2020-2021, Burkina Faso, en 2022, y Níger, en 2023, convirtiendo a esa región de África en una de las más disputadas en el mundo por su valor geoestratégico, económico y también simbólico, ya que estas tres naciones, a partir de 2023, se han integrado principalmente en una confederación militar, conocida como la Alianza de Estados del Sahel (AES), con un fuerte discurso panafricanista, que cuenta con el apoyo de Moscú, por intermedio de las fuerzas del Cuerpo Africano, que ha suplantado al extinto Grupo Wagner. Son una puerta abierta para que otras naciones del continente las imiten, se integren a ellas y se deshagan del poder colonial, particularmente el de Francia, que con algunos detalles continúa rigiendo los destinos desde sus antiguas colonias desde mediados del siglo XIX.

Desde que se ha constituido la AES, sus tres naciones miembros están siendo acosadas militarmente por grupos terroristas tributarios de al-Qaeda (Grupo de Apoyo al Islām y los musulmanes), que recientemente se han aliado al del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), y, además, el Daesh (Estado Islámico para el Gran Sahara (EIGS)), financiados por las monarquías del Golfo y con sospechas fundadas de ser asistidos bajo cuerda militarmente y en inteligencias por Washington, París y Kiev. Mientras que la CEDEAO (Comunidad Económica de Estados de África Occidental) los cerca política y económicamente, al tiempo que continúa latente desde 2023 una intervención militar a Níger. Al tiempo que en las juntas militares que gobiernan esos países, agentes externos operan buscando la fragmentación, lo que ha generado algunos desplazamientos y pases a retiro entre jefes y mandos medios.

En este contexto se entiende la vigorosa presencia de los muyahidines, que, de manera prácticamente diaria, atacan posiciones de manera exclusiva, tanto militares como civiles, de las naciones de las AES. En cambio, sus operaciones en países como Chad, Costa de Marfil, Mauritania, Ghana o Camerún son ocasionales o inexistentes, a pesar de que estos territorios comparten amplias fronteras con la región en disputa. Es por esto que hay que inscribir el fallido golpe de Estado en Níger como parte de la gran ofensiva imperial y que, a pesar de haber sido frustrado, no queda duda de que más temprano que tarde probará otra vez, no importa si contra Niamey, Bamako u Ouagadougou.

El pasado 29 de agosto, la junta militar liderada por el general Abdourahamane Tchiani enfrentó y desarticuló la mayor de las amenazas que debió sortear desde que, en julio del 2023, derrocaron al gobierno prooccidental de Mohamed Bazoum, cuando un grupo de jóvenes oficiales intentó atacar el palacio presidencial, el aeropuerto y la estación de televisión nacional. Las fuerzas leales, que perdieron tres hombres, consiguieron rápidamente recuperar el control de la Base Aérea 101, donde los amotinados se atrincheraron.

Durante varias horas, en la capital nigerina, soldados leales repelieron el intento de asonada por parte de un grupo perteneciente a las propias Fuerzas de Seguridad de Níger (FDS), cuando se cumplía un año de que terroristas del EIGS llegaron a las puertas de la capital. El episodio de fines de agosto plantea un interrogante, ya que es difícil establecer en cuánto se ha abierto la brecha al interior de las fuerzas armadas, ya que los objetivos con los que llegó el general Tchiani, jefe del Comité Nacional para la Salvación del Pueblo (CNSP), hace ya tres años, están lejos de cumplirse, fundamentalmente en lo que se refiere al control del terrorismo, que solo el año pasado generó cerca de dos mil muertos entre civiles y militares.

Oficiales de rangos medios e inferiores están pagando, en muchos casos, con sus propias vidas, la fuerte ofensiva terrorista que ya no busca como objetivo la instauración de un emirato, sino la caída de los enemigos de sus mandantes. Esta frustración se manifiesta en discrepancias internas dentro de la fuerza. Este no ha sido el primer ataque que ha sufrido el aeropuerto internacional Presidente Diori Hamani, el más importante del país, en el que murieron, entre atacantes y militares, una treintena de personas.

Algo parecido, y por las mismas razones, se está viviendo también en Burkina Faso y Malí, donde el problema parece retroalimentarse cuando las operaciones terroristas son cada vez más efectivas. Recordemos el bloqueo de suministros esenciales como el combustible que sufrió Bamako durante la última parte del año pasado y que, desde este abril, se ha reactivado, consiguiendo ejecutar una gran operación contra la base militar de Kati, la más importante del país, donde murió el ministro de Defensa en acción contra la principal base militar del país, muy próxima a Bamako, y donde fue asesinado nada menos que el ministro de Defensa, el general Sadio Camara, junto a su familia. (Ver: Mali y la alquimia siria).

Un intenso sarpullido

Las constantes operaciones que está sufriendo Níger, al igual que sus otros dos socios del AES, se están viviendo prácticamente desde el principio de su surgimiento. Hasta ahora sufre un intenso sarpullido, por lo que, de no aplicar un contundente remedio, puede convertirse en algo mucho más profundo, y lo que hasta ahora han sido síntomas contenibles, como el intento de fines de agosto o lo sucedido en la guarnición de Termit, al este del país, donde existió un conato de rebelión de la tropa debido a la escasez de suministros y a las malas condiciones de vida, entendidas como falta de apoyo del gobierno, al llegar los jefes a negociar, fueron detenidos por sus subalternos. Incurriendo en una violación extrema de la cadena de mando.

Algunas fuentes señalan estas operaciones como la puesta en marcha de un grupo autodenominado Movimiento Patriótico por la Libertad y la Justicia (MPLJ), del que estaría detrás el expresidente. Es un grupo rebelde que apoya al presidente Mohamed Bazoum, aparentemente elegido democráticamente, y buena parte del establishment que lo acompañó en su gobierno. Fuentes del MPLJ dijeron haber asesinado a quince hombres de las Fuerzas de Seguridad de Níger (FDS), aunque ningún medio periodístico pudo confirmar esa información, al igual que sus publicitados ataques. Según el movimiento, sus fuerzas ya ejecutaron operación contra un campamento de las FDS y un destacamento policial en Séguédine, en la región de Agadez, en el extremo noreste del país, donde habrían provocado importantes daños materiales, además de haberse apropiado de una serie de vehículos y una importante cantidad de armamento y municiones. Además de haber atentado contra varios tramos de un oleoducto de aproximadamente dos mil kilómetros hacia la República de Benín, crudo nigerino, una exportación vital para Niamey.

Desde el canal de televisión estatal de Níger, se acusó directamente al gobierno de Emmanuel Macron de estar detrás de este motín y el financiamiento no solo a los terroristas wahabitas, sino también del Movimiento Patriótico por la Libertad y la Justicia, que, sin duda, a partir de ahora tomará mayor preponderancia, intentando desestabilizar a toda la AES para el retorno de su influencia y el manejo de los recursos naturales, que es lo único que le interesa a París, mientras que Washington también tiene intereses estratégicos para posicionarse en el continente donde China le ha sacado mucha ventaja en el plano comercial, ya que varias naciones del continente, incluidas Chad, Níger y Malí, se han sumado a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI). Mientras Rusia lo está haciendo en el plano militar.

Mientras a este conflicto se acaba de agregar Argelia, una potencia regional, un jugador clave en la región, que se había mantenido en silencio, más allá de que la actual crisis de seguridad fuera contraproducente para sus propios intereses. Por lo que acaba de enviar cuatro aviones de combate Sukhoi-30 a Níger, tras el fallido motín. Argel ya había donado a Niamey cuatro helicópteros: dos de ataque Mi-24V y otros dos de transporte multipropósito Mi-171, todos de fabricación rusa, a principios del mes pasado. Este es un hecho altamente significativo, ya que Argelia, el aliado histórico de Moscú en el continente, envía por primera vez en los últimos 50 años armamento al exterior.

Por lo que se entiende, lo hace más allá de contener a los terroristas; intenta evitar que nuevamente Francia ingrese al Sahel, luego de ser expulsada en 2020, que a la vez incrementa sus relaciones con Marruecos, la principal hipótesis de conflicto de Argel, con quien ha clausurado relaciones en varias oportunidades, ahora desde 2021, a pesar de compartir una frontera de más de 1500 kilómetros. Rabat, el más servil de los estados del continente a las disposiciones de Washington, es el mayor comprador de armamento norteamericano del continente. Por lo que en este contexto estamos obligados a entender que la reciente operación en Niamey es algo más que un ensayo de golpe de Estado.

 

 


*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

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