Rosa tiene 70 años. Su memoria guarda heridas que suelen pertenecer a ideas impropias. Nadie sabe si llegó a perdonar a la vida, pero ahí está. Hace tiempo que llegó desde Perú con las manos llenas de llagas y ansias quebradas en una valija desgarbada. Nunca le sobró nada, apenas unas lágrimas. Los pobres no suelen tener tiempo para llorar. La infancia quedó aplastada bajo las ruinas del tiempo. A veces, el olvido es un alivio. Un matrimonio desarmado por el alcohol y los golpes. El presente no la nombra.
Hace un año y medio, un fuego consumió lo poco que podía atesorar en una pieza humilde. Por entonces tenía una verdulería bien puesta en Gutiérrez y 12 de Octubre, Crucecita, Avellaneda. Problemas con el hijo – «cosas de familia» – y la crisis la llevaron a dejar ese local. Tal vez, ese fue su mejor momento en mucho tiempo, pero duró poco. Desde entonces pasaron muchas cosas. Siempre es así. Algo pasa y uno comprende que la vida no es predecible. Hoy alquila un local a pocas cuadras de aquel lugar. Continúa con su negocio. Quizá porque eso le recuerda quién es.
En ese espacio la existencia se aprieta junto a la angustia y a la incertidumbre. Allí también vive. No tiene baño ni agua corriente. Ante alguna necesidad tiene que caminar cuatro, cinco cuadras hasta la casa de la hija. Por las noches, una vecina la auxilia para cerrarle el portón. Solo se cierra de afuera. Ella queda «atrapada» adentro, hasta el otro día. Y el otro día es igual, o no tanto, al anterior. Su verdulería le deja no más de 50 mil pesos por día promedio. En un buen día puede llegar a recaudar 60 mil pesos. Así vive. Así vivió.
La verdad no está en los libros. Ni en las estadísticas. La ruta del trazado histórico suele empezar por el final. Las habladurías políticas están condenadas a describir relaciones de superestructura que se asemejan al chisme superficial, que día a día se trata de convertir en noticia, motivado por intenciones ideológicas demasiado abstractas para encontrar una razón real para ser verdaderas y propagadas por un aparato de propaganda que anula toda posibilidad de reconocimiento ético de la real concreto.
Los cuentitos de la buena fortuna, forjados sobre la apariencia del éxito, ya no empiezan por el «había una vez». No hay quien tenga intenciones de escuchar, de observar y ver. Se purifica el diagnóstico, pero en el barrio todo parece inhóspito. Rosa no es Doña Rosa. No puede guardar secretos. El barrio la conoce. No es la tierra como extensión geográfica. Es apenas una parcela de esperanza que se aferra a un haz de luz para que la mañana no sea tan fría. Rosa es el ruido que conduce hacia un futuro que pasó demasiado rápido cuando el pasado estaba roto y el presente no quiso, siquiera, recomponerlo.
La «gran» historia no es la nuestra. Es la ficción de una Nación imposible que se creó sin Patria. En el relato histórico el ausente es el Pueblo. ¿Rosa es parte de esa narrativa? ¿La Patria es el otro o somos nosotros? Rosa sobrevive como puede, cada tanto tiene permitido ser feliz. Eso es todo. La felicidad en cuotas y sin interés. No obstante, eso no parece ser demasiado real. El tiempo, ahora, resulta indiferente. Aun así, resulta una cruel ironía ver cómo Urquiza y Judas se burlan de nosotros. La frágil composición cientificista todavía no ve cómo a bárbaros y el pensamiento sarmientinizado aún pide que no se escatime sangre de gaucho. Mientras tanto, Rosa, como muchas, se llora por dentro, en silencio, con culpa por ser lo que la obligaron a ser.
Las pequeñas historias no arden en la hoguera de las vanidades: Peter Thiel, el nuevo Fukuyama, no hace colas en las ollas populares. La superestructura política no tiene interés en saber que, semana tras semana, en Parque Patricios, más y más familias concurren con cacerolas, tápers, a recibir una porción de guiso para «engañar al estómago». En los barrios, la mano que se tiende para levantar al caído no es la del mercado: es la del trabajador, la de la trabajadora. Es la mano firme del Movimiento Obrero que no es filmada por la cámara ansiosa de la publicidad mediática. No, en los barrios no se busca ser como Moria Casán, aunque tal vez se la quiera, así como tampoco nadie se desespera por un like.
De cierta manera, la dirigencia política no sabe bien qué hacer con el diagnóstico. Se aferra al relato sin comprender lo que ocurre en el territorio, aunque lo ve. El YO rige como mandato de un proceso que no termina por licuarse. La generación de esperanza se corporiza como una necesidad de sustento de la narrativa electoral. Es una piel que se deteriora al contacto con la luz del sol. No representa al interés nacional. La cuestión es poder anticipar qué va a pasar cuando la angustia ceda ante la bronca. Las organizaciones sociales, que en su momento sirvieron como dique territorial, comienzan a ver cómo las estructuras de contención se resquebrajan ante la ausencia de asistencia estatal.
También existen gobernadores inquietos: en el Norte, motivados por un grupo de empresarios y diputados nacionales, se reunieron con la por ahora vicepresidenta, Victoria Villarruel. La lectura no es lineal, pero no se aleja de una posibilidad real. El plan económico de los libertarios está agotado. La situación se asemeja a estar sentados sobre un polvorín. En este escenario, ven que al Gobierno se le puede dificultar llegar sin sobresaltos a las elecciones presidenciales de 2027. Buscan garantizar la institucionalidad si la frágil estructura oficial se hace añicos.
La última reunión entre Massa, Kicillof y Máximo Kirchner agitó las aguas políticas. No obstante, la tensión interna persiste. Si bien el encuentro fue recibido con más expectativa que beneplácito por gran parte del espectro político de esto que algunos se atreven a llamar peronismo o de lo que hicieron con él, la unidad por el momento está lejos. Esa mesa de tres dejó de lado al sindicalismo que, pese a quien le pese, resiste en la calle. Entre algunos dirigentes sindicales ven con preocupación la ceguera política, más allá de los gustos por tal o cual potencial candidato. Es que el problema no pasa por los nombres, sino por el programa que puedan representar.
El Papa Francisco decía que los pastores tienen que oler a ovejas. La dirigencia política ha desistido de presentar al peronismo como un Movimiento Nacional de Liberación. Por eso se ve sorprendida cuando el Pueblo manifiesta su argentinidad en rasgos simples. El nacionalismo popular se referencia como una emotividad épica al mismo tiempo que repele la artificialidad del discurso político que rechaza la autenticidad. Las derivaciones de estas expresiones están en plena ebullición. El primer reflejo se plasma en la uniformidad de las encuestas de opinión, donde se perfila el repudio a Milei. No obstante, no está menos generalizado el hecho de que la mayoría de los dirigentes de superestructura cuentan con una imagen negativa demasiado alta. Lo que permite proyectar que el malestar es generalizado.
Con paso lento, cansino, Rosa carga con su historia universal. No parece reprocharle nada a nadie. Aunque tampoco hay resignación en su mirada. ¿Qué es una vida? Cada uno ajusta la respuesta a su experiencia, sin demasiado tiempo para pensar ni pensarse. Pero en cada existencia se refleja el sentido de la Nación y de la Patria. Rosa no tiene más enemigos que los que le provee el sistema. Todos los días vuelve al origen. Está ahí, mientras una disputa entre sujetos superfluos decide su destino. Eso es lo que hay que cambiar. Vivir no puede costar vida.
*Por Gustavo Ramírez 