A las primeras horas del sábado 19, mientras los riadíes recibían mensajes en sus celulares en que se les advertía que no abandonaran sus viviendas y se oían sonar las alarmas de ataque aéreo, potentes explosiones se escucharon en la capital del reino, sin que hasta ahora se conozca la magnitud de los daños y el número posible de bajas.
Al tiempo que, a 1300 kilómetros al suroeste de Riad, en la costa yemení del mar Rojo, se seguían sumando más desplazados a los 130 mil que, desde que a comienzos de mes, tras reactivarse la guerra entre la milicia yemení Ansarullah (Seguidores de Dios), conocida también como Houthies, que combate la presencia en su país de Arabia Saudita, articulada por sus agentes locales que se inscriben bajo el nombre de fantasía de Consejo Presidencial, y sus bandas armadas conocidas como las Fuerzas de Resistencia Nacional (Ver: Yemen, Reto a la Meca), los que en la última semana fueron expulsados de la ciudad puerto de Mokha y de las islas de Mayyum y otras más pequeñas, quedando dueños del cada vez más sensible estrecho de Bab al-Mandeb. Ver: Yemen, ¿ahora qué?
El vertiginoso avance de los rebeldes obligó a miles de familias del oeste de Yemen a escapar, prácticamente con lo puesto, muchas obligadas a abandonar o malvender a sus animales, buscando desde las planicies de la ribera oriental del mar Rojo alcanzar la ciudad de Taiz, en el suroeste del país, a unos 1.500 metros sobre el nivel del mar, la tercera más poblada de Yemen, con más de medio millón de habitantes. La que ya se prepara para que pronto sea sitiada por fuerzas hutíes, que van a intentar conquistarla. Lo que preanuncia la que sería una batalla clave en este nuevo capítulo de la guerra, que comenzó en 2015.
Con esta última cifra de desplazados, ya suman cerca de seis los millones que se encuentran en esa condición tras el comienzo de la guerra civil de 2014, que se agravó mucho más tras la invasión saudita en marzo del año siguiente, lo que desde entonces ha impedido que la única república de la península arábiga, con más de cuarenta millones de habitantes, consiga terminar con la anarquía y de una vez estabilizarse. La gobernación de la provincia de Taiz confirmó que organizaciones humanitarias han comenzado a asistir a las familias recién desplazadas, aunque se espera todavía la llegada de muchos más, ya que miles de civiles permanecen en las áreas de combate, que no han conseguido escapar.
La embestida hutí, que desbarató las endebles defensas establecidas por las bandas armadas al servicio del Consejo Presidencial, como la Resistencia Nacional, las Brigadas Gigantes, el Escudo Nacional y la Resistencia Tihami, que sumados representan una fuerza de unos cuarenta mil hombres que “defendían” la costa del mar Rojo, en buena medida consiguió esa victoria, ya que el sector anti-hutí, que funciona mucho mejor en lo mediático que en lo militar, ya que nunca pudieron articularse en un solo cuerpo, dependiendo de diferentes socios, entre otros Arabia Saudita, Israel y los Emiratos Árabes Unidos, que se acaban de retirar por sus fuertes controversias con los saudíes y en procura de mantener activas las milicias separatistas del sur yemení.
Esta falta de articulación militar también les ha imposibilitado definir sus estrategias en la batalla, lo que obviamente benefició al movimiento Ansarullah, que, además de contar con un mando unificado bajo la figura de su líder Abdul-al-Houthi, carga una extraordinaria historia de combates y resiliencia que, desde su fundación en 1994, además de las deficiencias de las fuerzas respaldadas por la ONU, en estos últimos años se convirtieron en una fuerza altamente profesionalizada, asistida indudablemente por Teherán, en lo que se refiere al uso de su tecnología de drones y misiles de bajo costo.
Ansarullah brega inicialmente en lo político por conseguir instalar un gobierno independiente de potencias extranjeras y equilibrando la preponderancia de las que hasta ahora han tenido las tribus sunitas frente a las chiíes, que son mayoría en el país.
El giro que ha tomado la guerra, por delegación de Arabia Saudita contra la resistencia yemení, ha puesto al reino frente a la realidad incontestable de la familia reinante, que ha preferido confiar en el apoyo norteamericano, tanto en lo comercial como en su defensa, tolerar la ocupación sionista de Palestina, convirtiéndose en la cuña que evitó la consagración de la unidad de las naciones árabes, mientras sus príncipes y herederos se ocuparon casi con exclusividad de los grandes negocios.
Es por esto que, en este contexto, cuando Donald Trump parece no oír los llamados cada vez más desesperados de Mohamed bin Salman, el príncipe heredero que en 2017 gobierna de facto y autocráticamente el país, Arabia Saudí parece estar inerte frente al avance de los hutíes, que no solo han golpeado refinerías, el oleoducto Este-Oeste, que le permitía a Riad sacar petróleo por el mar Rojo, ya que Ormuz se ha convertido en un pasaje intransitable, lo que parece que también va a suceder en cualquier momento con el estrecho de Bab al-Mandeb, desde donde amenazan los puertos sauditas del mar Rojo, como el de Abqaiq o el de Yanbu, sino que amenazan su propio territorio, como está sucediendo en poblaciones cercanas a la frontera e incluso la capital.
Una pinza temeraria
Frente al colapso de la costa este del mar Rojo, que lleva directamente al canal de Suez, Riad la única respuesta que ha tenido es reclamar ayuda de Washington y la de sus socios del Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca (Turquía y Pakistán), que hasta ahora se han demorado en excusas para no cumplir lo acordado apenas hace cincuenta días.
La importancia estratégica de Arabia Saudita, no solo por sus reservas petroleras, además de su ahora devastada influencia económica y política en la región y su ubicación geográfica, más cuando su rival más importante: Irán se encuentra absolutamente revalorizado después de derrotar a los Estados Unidos, al ente sionista y a todas las monarquías del golfo.
De todas formas, hasta este momento es prácticamente inconcebible que Washington y sus vasallos abandonen a los Saud, desde fines de la Segunda Guerra Mundial, una fuente inagotable de recursos. Por lo que Trump, en vista del remojón que le han dado en Ormuz y las elecciones de noviembre, no pueda operar directamente, sino que obligue a sus sicarios más próximos en la región, justamente los otros dos firmantes del Acuerdo de la Meca.
Aunque para ninguno de ellos les será sencillo. Pakistán está sumido en una profunda crisis económica y de seguridad, ya que no solo está en una guerra larvada con los talibanes afganos, la que se podría reactivar de inmediato, sino que también enfrenta a la insurgencia de Baluchistán, que busca independizarse de Islamabad, y los fundamentalistas de Tehrik-e-Talibán Pakistán, que sueñan con crear un emirato en su país, todo esto alentado y financiado desde India, siempre atenta a cualquier paso en falso de su enemigo más odiado.
Mientras que el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, tampoco la tiene fácil para embarcarse en una guerra de destino incierto, en vista de las elecciones presidenciales de su país pactadas para abril del 2028, que Erdogan, por medio de una hasta ahora muy difícil tramoya legal, pretende adelantar para poderse postular a un tercer mandato, lo que la Constitución turca hasta ahora impide.
Mientras que los hutíes cuentan con el respaldo de Irán, las milicias chiitas de Irak y las que han sobrevivido en Siria, lo que quede de Hamás y Hezbollah, además de suponer que en este contexto tanto Rusia como China tendrán algo que opinar. Pero el arma más poderosa con que cuentan tanto los hutíes como los iraníes es la
posibilidad, como nunca antes había sucedido, de practicar una pinza absolutamente temeraria, la de cerrar los estrechos de Ormuz y Bab al-Mandeb en simultáneo, una estrategia que solo podría sostener el Eje de la Resistencia con un largo período de combate y resiliencia.
*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.
*Por Guadi Calvo 