El fútbol argentino atraviesa por uno de los mejores ciclos en cuanto a los títulos logrados después de la frustración del Mundial Rusia 2018. Imposible olvidar el regreso y burlas de parte del periodismo. Aquella parodia del «Minuto de Silencio» en el estudio de «TyC» (**). Hoy parece que el problema de nuestro fútbol son los malos arbitrajes. La polémica en torno a la familia Tapia y la relación con el Club Barracas Central. En todo caso, eso es una parte.
En el camino, Claudio Tapia encontró, gracias a su habilidad para sumar, en extraña «sociedad» a Lionel Messi y todo el plantel detrás del genio del club Grandoli (Messi), su niñez (Rosario), con Lionel Scaloni y los suyos. La «task force»: Aimar, Samuel, Ayala, Placente, Mascherano. Entre los célebres.
El «Chiqui» Tapia, con todo el poder, que no digiere el gobierno de Javier Milei y tampoco los Medios hegemónicos: «Clarín», «Olé» y «La Nación», luego del papelón de sus propios periodistas a la vuelta de Rusia 2018. En todo el trayecto hubo un lado «oscuro» de la Luna. Desde la pandemia: la angustia, soledad, tristeza, frustraciones. Con finales trágicos.
Mientras todo eso ocurría, en el mismo tiempo un pibe de Aldosivi, Samuel Rebollo, 20 años, hace tres años se quitaba la vida, dejando una carta a sus padres: «Perdón por fracasar». Había quedado libre. Hubo conmoción en Mar del Plata, en medio de la «ola» triunfalista de nuestro fútbol. Chico salteño afectado psicológicamente. A raíz de la tragedia, Aldosivi contrató una psicóloga. El club del Puerto marplatense, afectado otra vez hace poco por la tragedia. El hijo del histórico dirigente José Moscuzza se mató trágicamente en la Ruta 2.
En pleno festejo por el fútbol argentino en «la cresta de la misma ola», se suicidaba el «Huevo» (Julio César) Toresani. Ex Unión, River, Colón, Boca, Independiente. Luego DT con suerte diversa. Separado, con problemas económicos, se quitó la vida en Santa Fe. Tenía 51 años.
En Mendoza, el «Morro» (Santiago) García, uruguayo, 30 años, goleador de Godoy Cruz, algo más de veinte goles en la temporada anterior a la «pandemia», bajo depresión, angustia, tristeza por no ver a su hijita en Montevideo. La niña con su madre. El popular «Morro» estaba separado de su esposa. El futbolista no pudo con la soledad en Mendoza. Viviendo en un hotel, al cabo se quitó la vida. Estado de desesperación. El fútbol que no se ve. García había intentado que Nacional de Montevideo se interesara por él. Quería estar cerca de su niña.
Otro pibe en Gimnasia y Esgrima La Plata, Rodrigo Rodríguez, apenas 19 años, tampoco «iba a quedar» —el club avisó que no le haría contrato— y estuvo a punto de suicidarse. Lo salvó el padre, que lo internó de urgencia en el Hospital de Gonnet. El pibe, jugador de la Reserva, tuvo la solidaridad de todas las divisiones. Pintaron una bandera al ingresar cada división a jugar: «Rodrigo estamos con vos». Dirigido a las dirigencias y los técnicos.
Entre 1988/2007 se suicidaron cinco arqueros en el fútbol argentino: Osvaldo Toriani, Tigre (1958/59), Independiente (1960/65), luego Ñuls y un paso por Colombia. En el ’64, el «Rojo» campeón Copa Libertadores, pleno apogeo, padeció la tragedia: en accidente doméstico murió su hijito, 4 años. Nunca más. Toriani se suicidó en 1988. Tenía 51 años.
Alberto Pedro Vivalda, promesa en el arco de River ’75; otros ciclos destacados: Racing, Chacarita, Platense en los ’80. En el ’94 vivió grave crisis matrimonial. No podía ver a sus hijos. Había estado en Colombia. Arquero de Millonarios de Bogotá. Gran pinta, apenas 39 años. Se arrojó debajo de un tren en la estación de Vicente López, en 1994. En Racing todavía lo lloran.
Asimismo, el joven Sergio Schulmeister, Huracán, antes San Miguel; con problemas de depresión. Uno de sus compañeros, el delantero Darío Gigena, lo pasaba a buscar por Boedo, donde vivía el guardavallas. Sergio había perdido el puesto.
Estaba triste. El «Topo» Gigena pasó a buscarlo una mañana para ir a entrenar. Estaba muerto. En febrero de 2003. Sergio tenía 26 años. La anterior tragedia ocurrió en 1967, cuando uno de los «jefes» de la «barrabrava» del «Globito» (Jorge «Tiburón» Romero) mató a golpes al adolescente Héctor Souto, hincha de Racing. De apenas 15 años.
Según el investigador periodístico Gustavo Grabia, profundo conocedor de todas «las barrabravas» del país, «el pibe Souto, sobrino de Roberto Perfumo —jugó esa tarde, ignorando la tragedia, Racing 4 Huracán 1—, sorprendido con una «sombrilla» de Racing en zona de Huracán». El juez Jorge Moras Mom, en sentencia condenatoria, instaló para siempre las «Barrabravas».
«La agresión que en el caso resultó seguida de muerte, a cargo de un grupo violento que ataca en manada y supone una organización criminal». Romero, obrero mecánico, «causó muerte por golpes y asfixia al pararse sobre el pecho del joven», recibió condena por «homicidio simple». Al drama de Schulmeister le siguió otro arquero.
Luis Ibarra, «1» de Tigre, en la primavera del ’98, casado con una joven boliviana que había sido «Miss Princesa» en su país. Dos hijos pequeños. Ibarra, más grande que ella. Pareja con conflicto. La mujer, 23 años, Yovana Rivero Vargas, tomó la decisión de irse a su país con los niños. Ibarra, más grande que ella en edad.
Ibarra recibió el llamado estando concentrado. Tigre disputaba instancias finales de la «Primera B Metropolitana». «Me voy», dijo ella. «Tengo los pasajes». El guardavallas pidió permiso al DT Alberto «Beto» Pascutti, histórico goleador en Victoria, y viajó «preso» de nervios: Villa Crespo a Martínez. Le pidió al encargado del edificio que tuviera a los niños de 2 y 3 años.
La discusión terminó en tragedia. Ella murió ahorcada y él se arrojó al vacío desde un octavo piso. Tragedia. Septiembre del ’98. El drama del Ascenso se trasladó tiempo después a San Martín de Burzaco. Mariano Gutiérrez, 29 años, se quitó la vida hace cerca de una década. Sólo se supo que vivía una gran depresión.
San Lorenzo, hace un cuarto de siglo, vivió también una tragedia. La promesa del club, Mirko Saric, 21 años, zurdo, elegante, jugador fino, 1,80 de estatura, de pronto vio apagarse su vida. Un desengaño sentimental acompañado por un mal momento deportivo —de ser la gran promesa al banco de suplentes— lo llevó a colgarse en su cuarto con una sábana enrollada (***).
El tema de la «salud mental» sigue siendo el «punto flojo» cuando mueren las ilusiones. En las pensiones cohabitan entre diez, quince pibes. Desde los doce o trece años. Sólo llega el 20%, según estudios conocidos. Los pibes, durante años, sueñan con la gloria. A veces inalcanzable.
No todos los clubes tienen «asistencia psicológica» en un sistema capitalista duro, difícil, mercados de pases millonarios, donde el lado oscuro de la Luna, generalmente, pasa de largo.
*Por José Luis Ponsico